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Yonkis de Europa

Yonkis de Europa

Escrito por: Antonio Valderrama9 febrero, 2018
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Sólo el Madrid es capaz de salvar la temporada ganando la Copa de Europa como sólo un superhéroe puede salvar una semana rescatando el mundo de la destrucción. Es una de las contradicciones sobre las que se ha forjado la identidad moderna del club. Muchos adversarios no pueden explicárselo y lo achacan a algún tipo de pacto con el demonio: son precisamente en temporadas tóxicas como la presente cuando alrededor del club, sobre todo en la mente de los rivales, crece como una hidra de muchas cabezas la idea maligna de que estos cabrones van a volver a hacerlo otra vez. La idea emociona a los hinchas, naturalmente, porque la esencia del mito madridista es la Copa de Europa y porque no hay nada más grande en el fútbol que ella. No obstante el otro día el preclaro Hughes acertó cuando dijo en su crónica para ABC del Madrid-Leganés de Copa que “el club se ha acostumbrado no solo a un juego defectuoso por norma, sino a regalarle al Barcelona Ligas y Copas. Lo que tardaron años en conseguir los Gento, los ye-yé o la Quinta lo van a dilapidar 20 años de dejadez y un simplismo obsesivo con la Champions, las noches mágicas y el «volverá a reír la primavera». A veces parece que las Copas de Europa no coronan, sino que maquillan.”

No deja de ser una droga. El madridismo está enganchado a la Copa de Europa como los personajes de Trainspotting a la heroína. Elige una vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Pero nadie elige una Liga. Desde la Séptima la adicción ha cobrado también la fuerza del fetichismo, de un tipo de desviación sexual. El florentinismo ha sublimado la Copa de Europa y esa es la carne de su mensaje ecuménico. También es verdad que resulta más complicado imaginarse la evangelización del mundo a base de Ligas y Copas, pero en lo que escribía Hughes subyace una verdad: mantener la hegemonía doméstica es la base que permite aspirar al dominio internacional y el florentinismo también parece haber envuelto al club y a la nación en un velo perfumado a través del cual no se atisban siquiera las competiciones españolas. Casi se diría que se las desprecia.

Se ha llegado a escribir poco más o menos que ganar Ligas es de pobres. Coyunturalmente el Madrid de Florentino se ha encontrado por el camino con el Barcelona de Messi y con la Real Federación Española de Fútbol de Ángel María Villar. Nunca se sabrá hasta qué punto ha influido esta circunstancia en que club y afición hayan vuelto la espalda a la competición nacional y cuánto de ello es debido a la inercia que atraviesa la institución como una corriente eléctrica. La Copa ya ni cuenta. Es un estorbo, una molestia, nadie se la toma en serio, y sólo Mourinho y Ancelotti, desde que tengo memoria, estimaron oportuno competirla hasta el final. El italiano sólo el primer año.

el Madrid de Florentino se ha encontrado con el Barcelona de Messi y con la RFEF de Ángel María Villar. Nunca se sabrá hasta qué punto ha influido esta circunstancia en que club y afición hayan vuelto la espalda a la competición nacional.

Es como si se pusiera en la cabeza de todos el botón en off cuando lo doméstico se empina y una voz omnisciente dijera no pasa nada, subimos al Everest, cuando se ha despeñado todo el mundo al pie del Teide. Algún día alguien habrá de tomarse en serio la tarea de ganar un par de ligas seguidas o tres y de llegar habitualmente siquiera a semifinales de Copa, igual que desde 2009 se decidió que era inadmisible que el mejor equipo de la Historia diese pena cada año en octavos de final de la Copa de Europa y desde entonces el Madrid no se baja de semifinales. Las dos ligas calderonianas, vistas con la lejanía del tiempo, parecen una cosa exótica, una extravagancia que compró el abuelo en un viaje a algún sitio raro y que se dejó en una esquina del salón, cogiendo polvo.

Mientras tanto el Barcelona recorta a menos de nueve la diferencia en Ligas con el Madrid y alarga hasta más allá de la década la ventaja en Copas. El Madrid, que no para de autopsicoanalizarse cada tres temporadas, abunda en su adicción enfermiza de la Copa de Europa. No es que sea un problema ganarlas: es una droga que no hace daño, pero el fenómeno es curioso. Me recuerda a uno de los ludópatas de Dostoyevski que creen a ciegas en poder recuperar lo perdido en la ruleta apostando todavía más fuerte. El caso es que al Madrid le sale bien, por eso su estudio no le corresponde a las universidades sino a los chamanes y a los expertos en casos paranormales. Todos los problemas del mundo, todos los años, se confía en arreglarlos conquistando Troya otra vez; cualquiera diría que si en los 32 año de sequía el Madrid llenó el vacío facturando Ligas como ahora las gana el enemigo, en la era de Messi y el monipodio federativo se ha propuesto lo contrario. El Madrid de Florentino es un rey que vive en el palacio más grande, brillante y lujoso del mundo, que sólo piensa en ampliarlo con dependencias más fastuosas y caras, pero que vive amargado por tener que llegar a él a través de unas calles sin asfaltar que cuando llueve se enfangan y últimamente está lloviendo mucho.

Todo lo que comunica el Madrid, cualquier mensaje institucional, desde una cuña publicitaria en RMTV hasta la página web, exuda fascinación y ansiedad por la Copa de Europa. No dudo de que la situación contagia a los jugadores. El gol de Zidane en Glasgow se usa hasta para llevarle comida y ropa vieja a los niños pobres de Nigeria. Sin embargo sólo los frikis recuerdan el gol de Ramos en Bilbao cuando la Liga de Capello o la volea de Benzema en El Sadar para sacar uno de los partidos más difíciles de la Liga de Mourinho. Muchos no se acordarán ya ni del cabezazo de Morata en Villarreal a cinco minutos del final, en abril del año pasado. Me han llegado hasta a llamar lila por querer ganar un Mundialito. La Copa de Europa es la obsesión que levanta a los muertos en febrero en tanto que la Liga sólo sirve para dar disgustos. Hay poca ganancia. Una mala Liga puede destruir la carrera de cualquiera en el Madrid, pero una Copa de Europa le asegura un lugar no sólo en la Historia del club sino en la del fútbol. Es algo involuntario e irracional, absolutamente humano. Algunos jugadores lo han verbalizado, como Marcelo este año, y yo ya soy muy viejo para culparlos, como tampoco me creo que tiren Ligas y Copas porque les da la gana. A nadie le gusta perder y menos a un madridista.

Al Madrid lo rige un presidencialismo paternalista desde Bernabéu y así será para siempre pues las estructuras del club están acomodadas a cierta manera de hacer las cosas. Nunca he visto que a Florentino se le ilumine la cara hablando de ganar una Liga aunque tampoco me he tomado jamás un whisky con él. Las Ligas se sufren un año y se ganan en un día, para olvidarlas al siguiente. Ni siquiera hay celebraciones con el trofeo en el campo y todo es frío y desastrado. A Cibeles se llega a las 3 de la mañana, como muy temprano; al otro lado del río hay un enano diabólico que te obliga a rondar los cien puntos y a alcanzar una perfección de autómata año tras año, y así más de diez. Ahora viene el PSG y como hace dos febreros todo es o gloria o muerte. Se pone una fe taumatúrgica en la resurrección espiritual del equipo una vez suena en la noche de Madrid el himno de la Copa de Europa y es verdad que de heroicidades está tejido el paño madridista pero precisamente por que no se dan siempre: si fuera todos los años seríamos el Celtic en la liga escocesa. Es lo más bello y épico que uno puede imaginar pero a veces se siente envidia por la plácida funcionarialidad doméstica con que se despachan en Munich o Turín. Protomillenial como soy de los videojuegos aprendí que las vidas extra también se acaban.