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El viejo nuevo Bernabéu

El viejo nuevo Bernabéu

Escrito por: Antonio Valderrama1 septiembre, 2015
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Hace algo más de un año se anunció en loor de multitudes la nueva y definitiva remodelación del estadio Santiago Bernabéu. En enero de este año 2015, el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad de Madrid anuló la modificación del Plan General de Ordenación Urbana de Madrid aprobada en 2012, que permitía la posteriormente anunciada reforma del estadio. No obstante, esta no es la primera vez que el Madrid ve frenada su aspiración a habitar un hogar mejor. En 1973 fue el Padre de la Patria, Bernabéu, quien vio frustrado su empeño. Décadas más tarde, el único sucesor que se le aproxima en visión y ambición estratégica, Florentino Pérez, se topa con la misma piedra: las autoridades le vuelven a decir al Madrid que verdes las han segado.

La cosa es que, naturalmente, ambos casos sólo se parecen en lo nuclear: el Madrid no puede tener un estadio nuevo. Las circunstancias, claro, son por completo diferentes. Se ha dicho muchas veces que Florentino es el nuevo Bernabéu; cosa absurda, aunque lo más que podamos colegir es que el presidente Pérez tal vez se haya visto seducido en algún momento por tal sugestión y se haya recreado en ocasiones cultivándola. Bernabéu era un prócer, un pionero: veía caminos todavía por trazar, y los trazaba. Florentino, en cambio, semeja más al gestor-magnate: intuye posibilidades por explotar, y las explota. Santiago Bernabéu quería hacerse un estadio nuevo, pues sabía que el viejo ya era pequeño para la dimensión que estaba adquiriendo el fútbol en los años 70. Vislumbraba un futuro desarrollista donde los grandes clubes construirían su fortuna deportiva a lomos de las grandes inversiones, de la multiplicación de los ingresos atípicos y del acrecentamiento patrimonial: el Barcelona lo estaba haciendo, también el Atlético, y los estadios de gran capacidad empezaban a emerger en Europa.

Santiago Bernabéu en 1973

Florentino, en cambio, quiere terminar de pulir las potencialidades que tiene el actual Estadio Bernabéu, conociendo la dificultad y el extremo riesgo económico que supondría asumir el cambio de ubicación en los tiempos modernos. Que levantar un nuevo Bernabéu de 90 mil asientos en Valdebebas es, con el ladrillo más parado que un encofrador andaluz, poco menos que un suicidio a medio plazo.

El 8 de septiembre del año 1973, el Madrid presentó a propios y extraños el gran proyecto: un nuevo estadio en Fuencarral, junto al cruce de la variante de la carretera de Irún con la de Colmenar. El Estadio contaría con tres anillos cuyos accesos serían independientes entre sí: 120 mil localidades en total, con un graderío popular en el que 65 mil espectadores verían los partidos de pie. La por entonces proyectada estación de metro de Fuencarral estaría situada a kilómetro y medio del campo; rodeándolo, se ubicarían piscinas olímpicas, palacios de deportes, velódromos y aparcamientos con capacidad para acoger 8 mil automóviles.

Circundando al magno coliseo habría de todo: Bernabéu pensó en amplias parecelas ajardinadas, alamedas para el disfrute y relajo de socios y simpatizantes, pistas de tenis, prados habilitados para la acampada y hasta un zoológico. Todo ello redundaría en el beneficio comunitario que tendrían las nuevas instalaciones del Madrid. Se calculaba el coste total en unos mil millones de pesetas; estaría pagado, por supuesto, con lo que el club sacase por la venta de los terrenos en que se ubica el Santiago Bernabéu.

Una nota de prensa difundida meses antes por el Madrid explicaba así el proyecto:

“El ambicioso proyecto que está estudiando la Junta directiva comprende, como objetivo principal, la construcción de un nuevo estadio, empleando para ello las técnicas más avanzadas de la arquitectura moderna con toda clase de comodidades y confort, rodeado de un amplísimo aparcamiento y unas importantes instalaciones deportivas populares y sociales, con la posibilidad de añadir, en su día, una serie de recintos que permitan celebrar en España competiciones del más alto nivel internacional.”

El mismo texto institucional recalcaba el carácter rompedor de la empresa: “hemos querido ofrecer a Madrid el más bello conjunto arquitectónico de Europa y uno de los mejores estadios del mundo”.

En la Asamblea General de Socios del 8 de septiembre, los asistentes en pleno aclamaron el último milagro con el que el gran hacedor, don Santiago, pretendía asegurar el futuro de la entidad. El nuevo estadio fue diseñado por Félix Candela, célebre arquitecto español distinguido entonces por ser el responsable del Palacio de los Deportes que acogió los JJOO de México en 1968. Candela hizo fortuna en México con sus estructuras laminares, rasgo característico de su estilo arquitectónico. Había algo parecido a eso en la maqueta que el club exhibió en el Círculo de Bellas Artes, una vez presentado el proyecto: un vanguardista techo flotante sostenido por pilares y cables, que a simple vista recuerda a la factura de estadios modernos como el Stade de France de París, el Emirates de Londres o el Amsterdam Arena.

Félix Candela Bernabéu

Candela había luchado en la Guerra por la República, destacándose como capitán en el Cuerpo de Ingenieros. Tras ser internado en un campo del concentración francés, acabada la contienda, marchó a México, donde, exiliado, desarrolló casi toda su obra.

¿Quién iba a comprar los terrenos de La Castellana? Pues William Zeckendorf, descrito por las crónicas de la época como un financiero norteamericano. Este hombre, miembro de una de las sagas de constructores más importantes de Nueva York, murió a finales de 2014. En 1986, el New York Times lo motejó como el desarrollador urbanístico más activo de Manhattan. Era hijo de William Zeckendorf senior, uno de los muñidores del skyline neoyorquino. Estos personajes, precursores de Boardwalk Empire, se presentaron en junio de 1973 ante la puerta de Santiago Bernabéu con un proyecto para aprovechar el solar del estadio y una jugosa oferta: alrededor de cuatro mil millones de pesetas.

La oferta de Zeckendorf, quien venía con un grupo de inversores japoneses y americanos, incluía el diseño majestuoso de lo que iba a ser el rascacielos más alto de Europa hasta la fecha: la Torre de Plata, también conocida como Torre Blanca: una torre, también diseñada por Candela, que tendría 70 pisos y mediría 248 metros de altura. Un mamut hecho con materiales traslúcidos y en una dinámica en espiral. Algo desconocido en España hasta la fecha, que estaría rodeado por más de cinco hectáreas de verde: un parque inmenso en el corazón urbano de Madrid, con piscinas públicas, pistas de hielo, espacios de juego para los niños y un hotel con terrazas interiores hacia la arbolada. La cuestión circulatoria se resolvería con varios pasos subterráneos y túneles que desviarían el tráfico desde La Castellana hacia Padre Damián y las calles adyacentes. Una obra que cambiaría la faz de aquella parte de Madrid, engullida completamente por las fauces de la gran ciudad.

El País

Bernabéu estaba tranquilo: la idea era brillante, contaba con un respaldo financiero sólido y ofrecía soluciones. Llevaba madurándose desde 1972. En septiembre de 1973, cuando se presentó, era un proyecto vigoroso que sólo necesitaba el trámite legal pertinente: la recalificación de los terrenos sobre los que se asentaba el Bernabéu. Considerados como zona deportiva, habían de ser jurídicamente validados como zona edificable. Para eso se necesitaba la aprobación del Ayuntamiento: primero del Pleno, luego de la Comisión del Área Metropolitana, luego del Consejo de Estado y finalmente del Consejo de Ministros. Nada que no le hubieran concedido ya, hacía muy poco tiempo, al Fútbol Club Barcelona y al Club Atlético de Madrid. Pero en Madrid era alcalde Carlos Arias Navarro, El Carnicerito de Málaga, conocido así por su esforzado desempeño en la represión civil que continuó a la inmediata caída de Málaga en manos del Ejército sublevado en el año de 1937. Arias Navarro no era lo que los americanos llamarían un hombre con visión; cuenta Julián García Candau en su biografía de Bernabéu que al ser elegido alcalde de Madrid, su mujer comentó alborozada a los periodistas que los madrileños iban a tener un nuevo regidor muy aficionado a la música, ya que cada mañana al afeitarse cantaba Palmero sube a la palma. El caso es que Arias Navarro se negó desde un primer momento, calificando la hipotética aprobación del proyecto del Madrid como un crimen urbanístico.

Se desató entonces una tormenta mediática muy perjudicial para el Club. Después de un año larvándose, en junio de 1973 el proyecto saltaba a la palestra y hasta septiembre se sucedieron las declaraciones. El órgano mediático oficial del régimen, Arriba, vertió acusaciones contra Bernabéu y la junta directiva que en los años 40 compraron los terrenos de La Castellana: se dijo que el Madrid había expropiado vilmente aquellos metros cuadrados, y se difundieron rumores difamatorios acerca de la manera en que el club edificó el Estadio de Chamartín. Se argumentó que el rascacielos que iba a construirse en La Castellana colapsaría el tráfico; que los vecinos no podrían vivir en paz, dada la afluencia de gente que atraería el hotel y el parque, y que otro mazacote de cemento y hormigó en Madrid, tras la calamidad estética obrada hacía poco con la Torre de Valencia al final de la calle Alcalá, destrozaría la impronta paisajística de Madrid. A pesar de todo, el ataque más rotundo fue el que lanzó desde la muy prestigiosa tribuna de ABC el juez catalán Luis Pascual Estevill, quien deslizó insinuaciones sobre el destino de una parte muy sustanciosa del dinero que Zeckendorf iba a desembolsar en la obra: Bernabéu tuvo que calmar a Luis De Carlos, quien iba a querellarse contra Estevill (“a mí nadie me llama ladrón”) porque tenía pensado agotar el último de los recursos con que disponía: Arias Navarro, “terco como una mula” según Juan Carlos I, no cedía, y la agitación mediática amenazaba con tumbar el proyecto.