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Victoriano

Victoriano

Escrito por: Manuel Matamoros30 octubre, 2016
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A resultas de la actuación del CTA en relación con el gol en fuera de juego del Barcelona en Valencia, me ha venido a la memoria el artículo que hace justo tres años escribí para Zoom News sobre las huellas que en la cara del presidente del Comité Técnico de Árbitros dejó su carrera profesional como «el hombre de Villar» a lo largo de veinticinco años. Aquí lo tenéis, porque tres años después la vida sigue igual.

Una noche de tantas mientras en el comedor de una pensión modesta perdida en vaya usted a saber qué cabeza de partido, apuraba, retraído, la sopa de fideos el espectro de Willy Loman podría haberse adueñado de sus pensamientos.

Tenemos la convicción, sin embargo, de que jamás ese temor perturbó el alma de este viajante de mayonesas preparadas. De un vistazo su cara nos revela que, si alguien citara en su presencia el nombre del autor de Muerte de un viajante, preguntaría en qué equipo de la Premier juega ese tal Arthur Miller.

"No me gusta su cara", opuso Abraham Lincoln a la proposición que le hacían de incorporar un nuevo secretario a su gobierno. Y respondiendo a la objeción obvia, simplista, de que uno no tiene culpa de su cara, el primer presidente republicano parió la feliz expresión de una idea concluyente: «A partir de los cuarenta, cada hombre es responsable de su cara».

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Cuando dejó de pisar los terrenos de juego, Victoriano Sánchez Arminio había cumplido cuarenta y siete.  Su actuación más relevante tuvo lugar unos días antes de cumplir cuarenta. Terminó de esta manera de esculpir su cara. Fue linier en el trío arbitral de Lamo Castillo, que regaló a Brasil el partido frente a la Unión Soviética celebrado en el Sánchez Pizjuán, en el Mundial de España 82.

En el marcador Brasil ganó 2-1 a los del Este. El once rojo se impuso sobre el terreno de juego, pero el corrupto João Havelange, presidente de la FIFA, había hecho la alineación arbitral. El arbitraje que doblegó a los soviéticos fue unánimemente declarado indigno de una Copa del Mundo. Setenta mil espectadores, puestos en pie, vitorearon a los dos equipos y despidieron con una estruendosa pitada al trío arbitral. Anulando un gol de Shengelia, con el marcador empatado, a menos de cinco minutos del final, Victoriano había dado muestras de saber ser obediente al mando.

Ángel María Villar, apreció esta virtud en el cántabro. En 1989, pocos meses después de su elección como presidente de la RFEF, Victoriano se retiró del arbitraje. Villar modificó el sistema de designación para incluir a Sánchez Arminio en el trío que elegía árbitro para cada partido. Desde entonces ha estado al servicio de su nuevo patrón.

No se ocupa ya directamente de las designaciones. Pero, para cuidarse de las situaciones delicadas, sigue presidiendo el comité federativo de designación en la competición profesional. En 1993 fue "digitalmente" nombrado presidente del Comité Técnico de Árbitros. Desde hace veinte años, el doble de los que duró su carrera de árbitro internacional, se esmera en la función de perpetuar la influencia de la cadena de mando en el estamento arbitral. De reproducir los designios de su padrino en las funciones de selección, formación y promoción. En estrecha colaboración con Díaz Vega, también "digitalmente" designado, como corresponde a los honorables miembros del CTA, maneja el tinglado de las calificaciones, los ascensos, descensos e internacionalidades.

El único árbitro español que apuntaba maneras, Mateu Lahoz, entendió bien el mensaje. En algún momento encontró su camino de Damasco y en un Sevilla–Barcelona hizo pública su conversión al villarismo. Con tintes de escándalo, inmediatamente mitigado por la obediente prensa del Régimen. Desde entonces, es el Apóstol de los gentiles. Prospera.

Pero si uno de los suyos se equivoca, a pesar de todas las señales y mensajes implícitos, están allí para llegar a levantarle la mano en una reunión privada. Le ocurrió a Paradas Romero, que tuvo que abandonar el arbitraje por no liquidar a Mourinho de las semifinales de Copa con el Barcelona, como hubiera pretextado su tercera expulsión. ¿O para qué, sino por sus antecedentes, que ya había expulsado al portugués dos veces, se habían ocupado ellos de designarle para arbitrar un partido basura entre el Madrid y el Rayo Vallecano?

Manifestar a los medios que los problemas familiares atribulan a uno de los suyos, y es bueno darle una temporada de descanso, puede ser otra de las acciones «técnicas» que corresponde ejecutar a un buen capo di regime. No toca cuando el atribulado está en la línea de la empresa. Así si Muñiz Fernández no sanciona ni con falta la agresión —más bien materia de Código Penal— de David Navarro a Cristiano Ronaldo en el campo del Levante. O si anula al Sevilla un gol en el Nou Camp por una infracción incógnita que todavía deben estar averiguando los siete sabios de Sión. La infracción, digo, que no la causa de anularlo, por todo lo expuesto bastante obvia. Pero si Képler Leverán Lima Ferreira, alias Pepe, le engaña en un penalti en Altabix, o como se denomine ahora el estadio del Elche, se impone llamar públicamente al desviado a la vuelta a la oración en familia. No vaya a ser que las huestes arbitrales, confundidas, entiendan que ha cambiado el recado.

Acertaron, sin embargo, Undiano Mallenco y su linier. Los dos únicos seres humanos que no vieron el penalti de Mascherano a Cristiano Ronaldo en el Camp Nou. Decisión por omisión que, en un instante, alterará en seis puntos la clasificación de Liga. Como su obediencia al mando les acarrea la unánime repulsa de la crítica, hay que cuidar que la mesnada expectante no vaya a colegir que, cuando toca cárcel, se olvidan de ocuparse de los suyos. Es decisivo dirigir las acciones contra la frustración del delantero portugués, acudiendo a la impostada dignidad de la autoridad ofendida. El mensaje nuevamente no se dirige a la afición, que no es absolutamente imbécil, sino a los subalternos de «la cosa suya».

Tras semejante despliegue de artificio, uno esperaría descubrir el rostro inteligente de un depurado cínico. El Ian Richardson que interpreta a Francis Urquhart en House of cards. Pero no. Su cara más bien evoca a Luca Brassi, aprendiendo torpemente las palabras que quiere dedicar a Vito Corleone por haberle invitado a la boda de su hija. El machaca agradecido al Padrino por la inesperada deferencia de acogerle en su casa, rebosante de prebostes, un día tan señalado. Nos habla, sobre todo, de que, como a João Havelange y Ángel María Villar, a este antiguo viajante de comida basura es seguro que hoy no le encoje el alma el fantasma de Willy Loman. Ninguno de los tres corre el riesgo de no poder pagar la hipoteca.

Manuel Matamoros
Abogado. Colaborador de ZoomNews y tertuliano en diversos medios de comunicación. Madridista.