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Una Liga higiénica

Una Liga higiénica

Escrito por: Athos Dumas18 julio, 2020
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Adoro la Copa de Europa. Desde hace más de 45 años. Quizás desde aquella remontada contra el Derby County allá por 1975, en la que mi ídolo Santillana mandó a la lona a unos ingleses furibundos con un carnero en su escudo. He contado en esta revista que asistí en persona a las siete victorias de Copa de Europa desde la Séptima en Amsterdam. También que lloré de pena y de rabia en París en 1981 cuando el “Madrid de los García” cayó ante el Liverpool de Clemence y Alan Kennedy.

Y deseo como todo madridista que la Decimocuarta caiga pronto, a poder ser el próximo mes de agosto en Lisboa. Que no se haga esperar tanto como la Séptima, ni siquiera como la Décima, por la que suspiramos 12 años entre 2002 y 2014. Pero esta liga es muy especial. Esta Trigésimo Cuarta liga. Ha sido tan peculiar en todos los sentidos… Sobre todo, tras la temporada catastrófica 2018-2019, el año del post cristianismo, donde la única buena noticia fue la que vivimos la primera semana de marzo de 2019, con un equipo en depresión y casi derruido, cuando se produjo “el retorno del Rey Zizou”, 9 meses después de su salida tras conquistar la 13ª en Kiev.

La 34, que es también la línea de autobús de la EMT madrileña que va de Las Águilas a Cibeles. Paradójicamente, la liga menos celebrada masivamente por los madrileños madridistas, sin público en Valdebebas, sin concentraciones en las plazas y avenidas, sin apenas cohetes o bocinas, ni de coches ni en las terrazas.

Muy deseada por quien suscribe, por alguien que osó dudar de Zidane y sus poderes mágicos una calurosa noche de agosto de 2019, cuando en un simple amistoso jugado en Nueva Jersey, nuestros vecinos capitalinos nos acribillaron por 7-3. Pido perdón humildemente por haber dudado de los míos, de una generación irrepetible que venía de ganar 3 Copas de Europa seguidas, y que parecía haberlo dado ya todo para el club y para la historia.

Zidane, como siempre, nos engañó a los que mostramos poca fe. Él había vuelto por algún motivo, por supuesto que no por dinero ni por gloria. Sabía algo que los demás ignorábamos. Que su columna vertebral básica (Ramos-Varane-Modric-Casemiro-Kroos-Benzema) aún podía exprimir su calidad indiscutible, que Courtois no iba a ser el de la anterior temporada, ya sin la sombra de Keylor Navas, sino un guardameta top, que Carvajal y Marcelo podían ser de nuevo los de tantas tardes de gloria, que los jóvenes Valverde, Rodrygo y Vinícius iban a dar sin dudar un paso al frente considerable, que Mendy se iba a convertir en un valladar inexpugnable para todos los extremos derechos rivales. Y que Militao, Isco, Lucas, Asensio, Nacho, aportarían en su momento sus valiosos granitos de arena por el bien del equipo.

Me imagino que Zidane también esperaría algo más de Bale y de James, y sobre todo de una apuesta personal como fue el fichaje de Luka Jovic. Pero incluso los iluminados pueden tener alguna ligera sombra en sus inmaculadas trayectorias.

La 34 ha sido muy deseada, lo dijo Florentino Pérez en al acto de celebración junto a la Presidenta de la Comunidad y al Alcalde de Madrid. Y, si me apuran, todavía más deseada desde que se reanudó la competición, paralizada desde mediados de marzo por la horrible pandemia padecida.
Recordemos que la Liga parecía ganada el 1 de marzo, tras la victoria contundente (2-0) ante el máximo rival. Y que una semana después, tras un pésimo partido en Heliópolis, con la peor prestación de toda la era Zidane, los madridistas caímos por el precipicio –dada nuestra nueva falta de fe– y ya pensábamos que la liga volaría, una vez más, hacia la Ciudad Condal.

Hasta entonces, había mucho equilibrio entre los dos candidatos al título, ambos dejándose puntos en escenarios inesperados –el Barça en Granada o en Pamplona, el Madrid en Mallorca o en el Ciutat de Valencia–, pero no hay que olvidar que los arbitrajes o el VAR o una mezcla de ambos factores habían sustraído a los merengues una decena de puntos por errores francamente graves, véanse los penaltis no pitados a favor en Villarreal (Vinícius), contra el Betis en casa (mano de Feddal), en Mallorca (Brahim), en el Camp Nou (dos clarísimos hechos a Varane), en el Ciutat (otros dos). El Madrid no había hecho grandes exhibiciones futbolísticas, pero con arbitrajes o acciones de VAR normales, se podía haber ido al confinamiento tranquilamente con una ventaja considerable e insalvable para el FC Barcelona. Ello no significa una queja, sino una constatación de la realidad, una continuación del sino marcado desde 2004, tras la traición de Laporta al candidato Gerardo González, que fue la antesala del Villarato más anti madridista de la historia.

Durante dos meses de incertidumbre por si volvía a reanudarse o no la competición, tuvimos que leer y escuchar sandeces como aquella de que “había que proclamar campeón al Barcelona” sí o sí, en un momento en el que, francamente, la prioridad de todo bien nacido era el tratar de salir lo mejor posible de la ignominiosa pandemia. Cuando por fin se dio vía libre a la celebración de las once últimas jornadas, el deseo de conquistar la 34 crecía día a día.

No podía ser que un Barcelona en permanente descomposición pudiese arrebatarnos, por errores previos de video arbitraje o por errores propios como la debacle ante el Betis, una liga que no debía ser de ninguna manera para ellos.

La historia reciente de las diez victorias seguidas del post confinamiento la tenemos todos muy fresca en la memoria. El triunfo de la fe, de la mentalidad, de la motivación, de los egos aparcados, de las ganas de ganar, llevó en volandas al equipo que, esta vez sí, creyó más que el equipo rival. Y curiosamente, la tendencia vídeo arbitral, el criterio, en definitiva, sí que mutó durante las semanas de estado de alarma. Ya no es que al Madrid le regalasen lances a favor o penalizasen a sus contrarios indebidamente, es que las decisiones justas –y comprobadas una y otra vez por VAR– fueron las que predominaron: el gol de Kroos ante el Eibar, el gol anulado a Rodrigo Moreno del Valencia, las tres decisiones (penalti a Vinícius, gol anulado a Mikel Merino y gol legal de Benzema tras controlar con el hombro) ante la Real Sociedad, la no falta de Carvajal previa al gol de Vinícius al Mallorca, el penalti a Marcelo ante el Athletic (y el pisotón involuntario de Ramos a Raúl García), el penalti del Getafe a Carvajal o el del Alavés a Mendy, jugadas todas ellas que fueron revisadas y concedidas a favor del Madrid. Aplicando estrictamente la justicia, pero sin regalar nada, simplemente no quitando, como sí que ocurría antes del parón por la pandemia.

Curiosamente, la única decisión que nos pudo favorecer injustamente (el dudosísimo penalti a Ramos ante el Villarreal, señalado por el mismo Hernández Hernández que no vio los penaltis a Varane en Barcelona o los dos que cometió el Levante), y que nos hubiese costado quizás el empate, fue en la jornada en la que el Osasuna asaltaba el Camp Nou y alejaba toda sombra de polémica que siempre se quiere agitar (recuerden diversas declaraciones sancionables como las de Rodrigo Moreno, Muniaín o el presidente Bartomeu) cuando está por medio el Real Madrid.
¿Fue milagroso este cambio de tendencia? Algo debió de ocurrir porque lo que pasó antes y después del parón fue como la noche y el día, como el norte y el sur, como el abismo y la cima. Ojalá que no volvamos nunca a los oscuros tiempos de los “penalbas”, los cero penaltis pitados contra el Barça en 78 jornadas o las cero expulsiones de Luis Suárez en liga. Que no nos quiten, y que no nos den. No es mucho pedir, aunque hasta hace poco parecía un deseo quimérico.

El deseo de conquistar la 34 crecía en la misma medida que la inmundicia procedente de las tertulias, de las portadas barcelonistas, de la cacería sin piedad contra el Madrid, en un ejercicio abracadabrante de perseguir y blasfemar contra los aciertos, entre oleadas de bilis y tsunamis de envidia, ambos manjares predilectos del anti madridismo más clásico y rancio.

Ganar la liga 34 era pues una tarea tan necesaria e higiénica, tan noble y tan superior por una parte por poder premiar al alumno que se esfuerza denodadamente por lograr su objetivo, y po