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Una discutible gestión de Solari

Una discutible gestión de Solari

Escrito por: Athos Dumas6 marzo, 2019
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Me levanté ayer por la mañana con sensaciones extrañas. Ya venía tocado por los dos clásicos de la semana anterior. En el primero, el equipo lo dio todo y la pólvora mojada nos precipitó al abismo del 0-3. Y en el segundo, tras repetir equipo nuestro testarudo entrenador, al Barcelona le bastó tirar de oficio para ganarnos como un día más en la oficina. Ni siquiera jugando bien ni dando exhibiciones, lo que resulta más humillante.

Durante todo el día de ayer, no llegué a sentir ese típico hormigueo de día de Champions, ni siquiera pude concentrarme en el partido. En el paseo que hice desde la calle Guadalquivir, justo delante del colegio Maravillas, hasta el estadio, iba despistado escuchando noticias sobre política - no me gusta la política- hasta que recibí por WhatsApp la alineación ante el Ajax. Lo que me temía: en nueve días, Solari sacaba por cuarta vez seguida prácticamente el mismo equipo, en el que repetían jugadores que ya el pasado sábado habían dado preocupantes síntomas de agotamiento o de saturación, en definitiva, de falta total de frescura: Carvajal, Modric, Casemiro, Kroos o Benzema. Hasta el propio Vinicius Jr, pese a sus 18 años, había estado desaparecido la última media hora de partido, ante la total comodidad de la defensa blaugrana.

Solari quería por lo tanto “morir” con los suyos, los mismos que ya habían sufrido de lo lindo para derrotar al Levante en un pésimo y agotador partido. Sus descartes, Isco y Mariano, eran toda una declaración de intenciones. Si el partido se ponía feo, tiraría por arriba tan sólo de Bale y de Asensio. Odriozola directamente no había sido convocado la noche anterior, en una decisión cuanto menos discutible ya que Carvajal nunca ha tenido un físico para aguantar a pleno rendimiento tantas batallas, y tan duras, en tan corto lapso.

El caso es que en el minuto 18, el Ajax ya había remontado el 1-2 de la ida, y posteriormente entre los minutos 28 y 34 ya habíamos perdido a nuestros dos extremos por lesión. Dos cambios antes del descanso, teniendo que meter en el once a dos jugadores absolutamente fuera de forma y faltos de confianza. Claro que el resto del banquillo era eminentemente defensivo o al menos de contención, con Vallejo, Valverde y Marcelo, además de un Ceballos más apto para el control que para propiciar remontadas.

Esta vez el VAR, al contrario que en Ámsterdam, no se decantó por los nuestros. Y el mínimo atisbo de heroicidad, tras el 1-3 y con todavía 25 minutos por delante, apenas nos duró, con el golpe franco de Schöne, que ni el propio lanzador sabe cómo pudo entrar, sin barrera delante y superando los dos metros de altura de un Courtois absolutamente mal colocado bajo palos. El 1-4 en el minuto 72, con tres goles por meter, se antojaba más difícil que construir un iglú en el desierto de Kalahari en verano.

Todo el estadio contemplaba el hundimiento de un equipo que nos ha hecho inmensamente felices siendo más de 1.000 días seguidos Campeones de Europa (y casi los mismos días, llevamos más de 800 ya, como Campeones del Mundo), totalmente fundido, sin fuerzas y sin ideas, apenas sujetado por el amor propio del gran Luka Modric y por las energías derrochadas por Reguilón, los restos del naufragio de un equipo que ya es patrimonio de las bellas páginas escritas en el fútbol del viejo continente.

Todavía éramos muchos los que seguíamos animando a un héroe moribundo, con más fe que nuestro propio entrenador, que tenía calentando en la banda a Fede Valverde durante veinte minutos (disponiendo de un estilete ofensivo como Marcelo como último cartucho). El milagro no podía ser, pero aún quedábamos en Chamartín más de 70.000, y no entendíamos que hasta el minuto 87 no saliese un último refresco; que además fue por otro centrocampista que llevaba sin pilas desde el pasado sábado. Qué más daba un 1-4 que un 1-5 cuando desde el minuto 72 habíamos desperdiciado una última bala de casi 25 minutos de duración.

Era un final surrealista como colofón a un ciclo surrealista (bello como las obras de Dalí, de Magritte, de André Breton, bello y tantas veces incomprensible, sin estilo, sin esquema, sin criterio, pero inmensamente bello) que empezó en febrero de 2016 ante la Roma de Salah y que acabó – porque ahora ya sí que terminó - en una tarde noche ucraniana, de primavera, con una chilena imposible de Gareth Bale surcando los cielos de Kiev.

Ahora entiendo lo de mis malas vibraciones ayer por la mañana. Me vino a la mente, no sé por qué motivo, una antigua eliminatoria también contra un equipo holandés, el PSV Eindhoven, allá por 1988, ante el mejor momento de la Quinta del Buitre. La noche más triste que recuerdo de todo mi pasado como aficionado madridista. Un 0-0 en Eindhoven que nos impidió llegar a la final de Copa de Europa. Los demonios holandeses de nuevo, aunque es justo reconocer que este Ajax, a diferencia de aquel rácano PSV, sí que mereció ganarnos la eliminatoria.

Mis lagrimas - reales - y mi respeto y agradecimiento eterno a este maravilloso ciclo de un equipo ya legendario, que fue sellado tras una muy discutible, a mi juicio, gestión de la plantilla por parte de nuestro primer entrenador, de quien no dudo que en todo momento quiso lo mejor para el equipo.