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Un caballero

Un caballero

Escrito por: John Falstaff8 febrero, 2017
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Vamos a ver. Un caballero que se precie, aunque sea de Vigo, no miente. Un caballero no utiliza la táctica del calamar para escurrir el bulto ni la técnica del ventilador para disimular su propia pestilencia. Un caballero cumple con su responsabilidad y no pone en peligro la vida de los ciudadanos a los que representa y que le pagan el sueldo para que, entre otras cosas, garantice la seguridad de las instalaciones públicas. Un caballero, cuando se equivoca, asume gallardamente su error, pide disculpas por él y trata de subsanarlo de la mejor manera posible. Un caballero no aprovecha que la demagogia pasa por el Real Madrid para buscar un chivo en el que expiar sus propias y evidentes culpas. Un caballero no saca pecho cobardemente en la radio presumiendo de sus propias fechorías y echándole la culpa al empedrado de Concha Espina.

Un caballero que se precie, aunque sea alcalde, no se comporta como un cínico de manual ni como un demagogo de la cabeza a los pies, de arriba abajo y del derecho y del revés. Un caballero no se desenvuelve como un desahogado, como un sinvergüenza edición especial y numerada, con su correspondiente certificado de calidad y con denominación de origen. Un caballero no se conduce como un tonto en dos idiomas ni como un lerdo de siete leguas. Un caballero no permite que la mala conciencia y el afán de notoriedad le ensopen el cerebro y le hagan perder la dignidad. Un caballero tiene cierto sentido del pudor y de la justicia y se muerde la lengua cien veces antes de proferir una iniquidad. Un caballero sabe que la absoluta falta de escrúpulos y la desvergüenza desaforada convierten al hombre en un ser despreciable. Un caballero se guarda muy bien de traspasar los límites de la honorabilidad y de la decencia.

Un caballero que se precie, aunque pertenezca a la dudosa especie de los políticos, es consciente de que la injuria y la difamación son armas tan poderosas como abyectas, y por eso mismo se cuida muy mucho de emplearlas. Un caballero no procede como un vendedor de crecepelo, y no es tan fatuo y vanidoso como para pensar que sus congéneres van a comulgar con las groseras ruedas de molino que pretende hacerles pasar por verdades incontestables. Un caballero conoce el significado de palabras como honradez, hombría, respeto, decoro, integridad, rectitud o nobleza. Un caballero está siempre a la altura que exigen las circunstancias, y bajo ningún concepto se rebaja a arrastrarse por un lodazal de mentiras y falsas acusaciones. Un caballero no ignora que entre un reptil y un ser humano existe una enorme distancia en la evolución de las especies que no conviene recorrer en sentido contrario.

Un caballero que se precie, aunque se llame Abel, no permite que a su lado Caín parezca un ejemplo de probidad.

 

En el prosaico mundo real me llaman Eduardo Ruiz, pero comprenderán ustedes que con ese nombre no se va a ninguna parte, así que sigan llamándome Falstaff si tienen a bien. Por lo demás, soy un hombre recto, cabal y circunspecto. O sea, un coñazo. Y ahora, si me disculpan, tengo otras cosas que hacer.

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