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Solo en casa

Solo en casa

Escrito por: Van Cleef21 marzo, 2020
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Otro día más sin salir de casa. La rutina adquiere un carácter de extrema pesadez. Es una rutina espesa, casi tangible. He barrido y fregado lo que ya estaba recién barrido y fregado. Pero algo hay que hacer para pasar el tiempo. Me acerco hasta la despensa y hasta el frigorífico para comprobar los víveres. Los dos están a rebosar. Hasta tengo un armario apoyado contra la puerta de este último para que no se abra por la presión de los alimentos. Luego compruebo cómo van las reservas de papel higiénico. Van bien. Conseguí hacerme con ciento cuarenta rollos en el supermercado antes de mi enclaustramiento. Y de momento solo he gastado medio. Creo que sentí mucho pánico y mucho miedo en el momento de comprarlos; y pensé que debido a ese miedo me harían falta todos ellos...

Hablando de miedo, anoche me pegué una sesión doble de cine de terror de calidad: "Lavalántula" y "El ataque del tiburón de cinco cabezas". Ya había pasado un miedo atroz cuando vi "El ataque del tiburón de dos cabezas"; y después con "El ataque del tiburón de tres cabezas". Cuantas más cabezas, más terror, sin ninguna duda. El pobre Spielberg se quedó muy corto con su tiburón. Igual que con el escueto título de su película. Lo suyo habría sido: "El ataque del tiburón de una cabeza", por ser el primero de la serie. Y ahora que lo pienso, ¿cómo será de terrorífica cuando la estrenen "El ataque del tiburón de veintiocho cabezas"? Con tantas cabezas, tendrá que ser un tiburón prácticamente circular, con cada cabeza tirando en dirección contraria a las demás. ¿Podrá atacar así adecuadamente...?

Creo que esta forzada cuarentena me está haciendo desvariar.

Por hacer algo nuevo, me miro en el espejo. Pero no hay gran cosa que ver. Una cara más bien desagradable. Afortunadamente, llevo puesta una camiseta del Real Madrid. Y la gente que la lleva puesta siempre resulta mucho más atractiva. Voy a asomarme otra vez a la ventana con la camiseta puesta a ver si me ve la estupenda vecina de enfrente...

No hay señal de la vecina. Pero contemplo la calle. ¡Ay, la calle! ¡Cómo añoro caminar por ella! Y ahora se ve tan vacía y tan triste... Incluso el árbol de la esquina, en el que suelen mear los perritos, se ve como más mustio. ¡Tendré que telefonear al Ayuntamiento para que alguien se encargue de regarlo en condiciones!

La calle me ha recordado uno de esos lugares tan frecuentados que suele albergar. Así que, voy a ir dando un relajado paseo por la casa hasta llegar al mueble-bar.

Ojalá hubiera en este mueble-bar un servil camarero presto a atenderme. Incluso le pediría prestado a "Lou" a Sánchez Palomares... Pero no me queda más remedio que servirme yo mismo.

—Hola, Yomismo.

—Hola, Yomismo. ¿Vas a tomar lo "yomismo" de siempre?

—Jejeje. ¡Qué bien me conoces!

—Aquí tienes.

—Gracias. ¿Te importa que me lleve la copa a dar una vuelta?

—Como si estuvieras en tu casa.

Me acerco otra vez a la ventana. Ni rastro de la vecina. Por la calle camina una solitaria figura. Lo hace con paso rápido y mirando hacia todos los lados; como si tratase de no ser interceptado por la policía. Lleva puesta una camiseta del Barcelona, el muy insensato. Porque hay que ser muy insensato para caminar estos días por la calle...

Por la calle camina una solitaria figura. Lo hace con paso rápido y mirando hacia todos los lados; como si tratase de no ser interceptado por la policía. Lleva puesta una camiseta del Barcelona, el muy insensato...

Aunque tal vez tenga poderosas razones para hacerlo. Quizás va a atender a algún anciano familiar. O a comprar alimentos o medicinas. O a trabajar. También puede que tenga que ir a la peluquería...

El solitario culé ha levantado la cabeza y me ha visto. Le saludo con el cubata en la mano y me devuelve el saludo sonriendo. Se ha producido una extraña simbiosis entre los dos. Seguramente él también se asoma con frecuencia a la ventana cuando no anda deambulando por ahí. Y tal vez un día sea él quien me vea a mí caminando por la calle rumbo a algún incierto y permitido lugar de destino. Es curioso comprobar la cantidad de cosas en común que llegan a tener personas supuestamente tan distintas entre sí...

Ahora me siento en el sofá y pongo la tele. Coronavirus. Cambio de canal. Coronavirus. Cambio de canal. Más Coronavirus. Lo intento con otro canal. ¡Una película! Es de Steven Soderbergh. Se titula... "Contagio". Cambio de canal. ¡Otra película! ¡Y actúa Dustin Hoffman! Se titula... "Estallido". Cambio de canal. Otra película. Título: "Virus". Agarro el televisor y vuelvo a ir con él hasta la ventana, pero no para contemplar el panorama...

Ya sin televisor, llevo un rato caminando por el pasillo con las manos a la espalda, por hacer algo de ejercicio y reflexionar un poco acerca de la vida. De la buena o de la mala suerte de cada uno de nosotros en ella. Por ejemplo, la última vez que he ido a la ventana, sí que estaba la vecina de enfrente. Y no sé qué tal impresión le habrá causado ver lo que hice con la tele...

Llaman al timbre. El telefonillo me anuncia que es el cartero, que me trae una carta certificada. ¡Qué bien! ¿Será de alguna admiradora? Abro la puerta y el enmascarillado cartero me entrega la carta sujeta con unas tenazas y estirando el brazo al máximo. Firmo el recibo y, después de desinfectarlo, el cartero se lo guarda y se marcha. La carta es una multa de tráfico. Pero ha sido bonito tener un contacto visual tan cercano con un ser humano...

Me aburro. Sigo paseando por toda la casa. Al pasar nuevamente por el pasillo, me fijo en que hay un pequeño cuadro colgado de la pared. Siempre ha estado ahí, pero nunca le había prestado demasiada atención. Es un bodegón. Unas manzanas, unas uvas, un trozo de queso y una perdiz muerta. Está firmado por un tal "Dionisio". Resulta que tengo un "Dionisio" auténtico en mi casa y hasta ahora no me había percatado de ello...

Hay un pequeño cuadro colgado de la pared. Es un bodegón. Está firmado por un tal "Dionisio". Resulta que tengo un "Dionisio" auténtico en mi casa y hasta ahora no me había percatado de ello

Voy a practicar un poco con el saxofón. Parece que se me da de escándalo y yo no lo sabía. Porque ayer, a eso de las ocho de la tarde, lo agarré y me puse a improvisar un solo apoyado en la ventana, por ver si lograba impresionar a la vecina. Y me quedé muy sorprendido cuando todo el vecindario se puso a aplaudir. Estuvieron como un minuto aplaudiendo, mientras yo, totalmente abrumado, les mostraba mi agradecimiento con inclinaciones de cabeza y reverencias. Parece que de algo me han servido las clases de saxofón por Internet...

Ahora voy a leer un rato. Mi biblioteca es casi infinita. Un solitario libro electrónico colocado en medio de una repisa de un armario. Y gracias a él, tengo acceso inmediato a cualquier libro posible que haya sido editado. Pero no quiero leer cualquier libro. Me gustaría leer el mejor libro del mundo. ¿Cual será? ¿El Quijote? ¿La Biblia? ¿Alguno de Shakespeare? ¿Alguno de Valdano? ¿Se puede realmente saber cuál es el mejor libro del mundo?

Parece ser que hay más de 146 millones de libros publicados en la actualidad. Ni el más ávido lector podría acercarse a esa cantidad de lectura en toda su vida. Y para estar seguro de cuál es el mejor libro, todos los habitantes de la Tierra tendrían que leer esos más de 146 millones y después hacerse un ranking en función de los más votados por cada uno de esos habitantes. Demasiado complicado. Pero creo que estoy desvariando otra vez. Y ya van...

Al final me he decidido por un libro de reflexiones de Belén Esteban. No está mal; ya voy por la segunda página y aún no me he dormido. Voy a seguir leyéndolo...

¡Con gusto habría mandado el libro a hacer compañía al televisor! Pero con los libros electrónicos no puedes hacer eso, porque te quedas sin todo lo demás... Me he conformado con borrar el archivo y asunto solucionado. Aunque ahora me apetecería mucho salir a dar una vuelta por la calle y respirar aire puro para despejar la cabeza. ¿Pero con qué excusa lo podría hacer? ¡Ojalá no hubiera comprado tanta comida! ¡Ni tantas medicinas! ¡Y Ojalá no me hubiera rapado el pelo al cero!

—¿A dónde va usted?

—A la peluquería.

—Jajajajaja... Queda detenido.

Pero ¡un momento! Me acabo de acordar de que dispongo de una vieja nevera averiada en alguna parte. Sí. Aquí está. Vacía y polvorienta. Demasiado vacía. Voy a colocar un tomate en el centro y un huevo en la huevera, para darle verosimilitud a la cosa. Ahora le hago una foto con el móvil a todo el conjunto y listo.

Ahora me apetecería mucho salir a dar una vuelta por la calle y respirar aire puro para despejar la cabeza. ¿Pero con qué excusa lo podría hacer? ¡Ojalá no hubiera comprado tanta comida! ¡Ni tantas medicinas! ¡Y Ojalá no me hubiera rapado el pelo al cero!

Ya estoy en la calle. Es magnífico volver a caminar por ella. Y toda para mí solo. Aunque no del todo, porque veo a dos personas a lo lejos caminando hacia mí. Vaya; son dos policías. No hay problema. Tengo una buena coartada...

—Buenos días. ¿A dónde se dirige usted?

—Voy al supermercado. Tengo que comprar alimentos.

—¿Puede demostrar que necesita alimentos?

—Sí. Vean esta foto de mi nevera. No pensarán ustedes que puede uno subsistir mucho tiempo con un huevo y un tomate, ¿verdad?

Los dos polis observan detenidamente la foto y comentan entre ellos.

—¿Tú qué opinas? ¿Qué te parece?

—A mí me parece el viejo truco de la foto a la nevera vieja y averiada.

—Sí. A mí también me lo parece. Y con el típico par de alimentos para disimular.

¡Mierda! ¡Estos polis son buenos! ¿Cómo demonios lo han sabido...?

—¿Qué? —me dicen con guasa— ¿Se le ha ido la luz en casa?

—¿La luz? No. ¿Por qué iba la luz a...? ¡Ostras! ¡La luz!

—Efectivamente. No se ve ninguna luz en esta nevera abierta. Y no solo eso. Ha sido usted tan capullo que en la foto se ve hasta el cable desconectado...

—Glup... Estooo...

—Queda usted detenido.

Bueno. Ahora tengo que irme. Ya les seguiré contando.