Las mejores firmas madridistas del planeta

Romanos 12-12

Escrito por: Nacho Faerna26 enero, 2018

A mí me gusta mucho leer la Biblia. Su lenguaje, a veces florido como el jardín del Edén, a veces árido como el desierto de Judea, me devuelve a mi infancia, al abrigo de la colcha en invierno en el cuarto compartido con Número Uno y Número Dos, que se empeñaban en que había que dormir todo el año con la ventana entreabierta. El frío imprime carácter, debían de pensar. En ese cuarto compartido se leía la Biblia, sí, (una edición en tapa blanda y dos volúmenes del Viejo y del Nuevo Testamento), pero también, como recordaba el primogénito en su último artículo, los libros de Guillermo y sus Proscritos, además de los de Sandokán y su temible tripulación de malayos y dayacos, las aventuras de los Cinco y los cuentos de Poe traducidos por Cortázar. Luego llegarían lecturas más sesudas, pero me temo que ninguna tan decisiva en nuestra educación sentimental, al menos en la mía, como esas que acabo de mencionar. Bueno, habría que añadir a la lista los tebeos de dos parejas inmortales: Mortadelo y Filemón y Astérix y Obélix.

En esa Biblia que leía de niño y sigo leyendo ahora está escrito que "el justo vive de la fe". Yo renuncié a la mía con mayúsculas hace mucho tiempo, pero me aferro (literalmente, pues de hierro ha de ser el puño) a la escrita con minúsculas porque en ello nos va la vida. Y donde digo la vida, léase la temporada. La fe, para los materialistas como yo, no es nunca ciega. Al contrario, es requisito indispensable que la bañe la luz de la Razón. El ateo no deposita su fe en el primer cantamañanas que se cruza en el camino. La nuestra es la fe que se tiene en la ciencia, en la honestidad de los amigos, en la crueldad inocente de los niños, en el Real Madrid. Confiamos (que eso, y no otra cosa, es tener fe) en aquello que nos ha demostrado con creces merecerlo. A veces, extraordinaria y excepcionalmente, la ciencia se equivoca, los niños son malvados a conciencia, los amigos nos engañan y el Madrid pierde. ¿Vamos por ello a renunciar a nuestra fe? Seríamos injustos, y necios, si lo hiciéramos.

En su Epístola a los romanos, Pablo, ese fariseo converso que se aplicó en su labor apostólica con la fe propia de los susodichos, dice "vivid alegres con la esperanza, pacientes en la tribulación". Algunos madridistas pierden la esperanza con asombrosa facilidad, y con ella la alegría. La paciencia, uno juraría que ni la conocen. Animar, que es lo que inexcusablemente nos corresponde a los aficionados (como ya expliqué hace un mes en mi anterior artículo) es muy fácil cuando se gana; el mérito está en hacerlo "en la tribulación". O sea, ahora. Esos madridistas melancólicos e impacientes demuestran tener muy poca fe en el equipo, en sus jugadores, en su entrenador. Sin embargo, sorprende lo que señaló Número Dos hace tan sólo unos días: les sobra la fe para creer que sus diagnósticos (y sobre todo sus regañinas) van a llegar a oídos de los jugadores, del entrenador, del presidente, y van a salvar al equipo. Adonde sí llegan es a las redes sociales, encuentran eco en la calle, se propagan por las gradas del Bernabéu (tan propensas al pito), y contaminan el ambiente, lo enrarecen, minando la moral de todos. Esa es la forma en que afectan, ahora sí, al equipo de sus amores.

¿Significa eso que no se puede opinar sobre lo que hace Zidane, que no se puede cuestionar el rendimiento de la plantilla? Claro que se puede. No es obligatorio, como también dije hace un mes, pero poder se puede. Y si se hace con conocimiento, argumentos y respeto, no sólo no le veo el problema; disfrutaré de los análisis, como es el caso de muchos artículos de compañeros de La Galerna. Lo que no entiendo es esa desagradable mezcla de arrogancia, condescendencia e iracundia de quienes reclaman, como enloquecidas reinas rojas, que rueden cabezas. Según demuestran a diario nuestros portanalistas, ya hay demasiados opinando destructivamente del equipo desde la prensa deportiva. ¿Qué necesidad hay de hacerles los coros? A menudo, los mismos que se quejan con más amargura del antimadridismo de la prensa son los que vuelcan más inquina en sus opiniones y exigencias dirigidas al presidente, la directiva y el cuerpo técnico. Me resulta incomprensible.

En el célebre discurso con el que inauguró su presidencia, John Fitzgerald Kennedy citó el versículo 12 del capítulo 12 (esa recurrencia de tan querido número tiene que ser una señal) de la Epístola a los romanos, el mismo que mencioné más arriba. Pero la frase por la que todo el mundo recuerda esa alocución del malogrado presidente americano es aquella que dice "no preguntéis lo que el país puede hacer por vosotros; preguntaos qué podéis hacer vosotros por el país". Ojalá el madridismo hiciera suya esa reflexión en estos momentos de tribulación. Quizá así todavía terminemos la temporada como en los tebeos de Astérix, comiendo jabalí en un festín en torno a la hoguera (con este bardo amordazado y maniatado para que no siga dándoles la plasta con la lira, no me importa), y no buscando a un calvo con abrigo en el Himalaya para correrlo a gorrazos, como el Súper en las aventuras de Mortadelo. Aprendamos de Guillermo Brown su recalcitrante optimismo, del Tigre de Mompracem la ausencia de piedad con el adversario, de los ingenuos Cinco la virtud de permanecer unidos, y de Poe la devoción eterna al objeto de nuestro amor, más allá de la muerte si fuera necesario. Estamos a tiempo. Con alegría en la esperanza. Y con paciencia.

Número Tres

Nacho Faerna, el tercero de los Faerna, es guionista y novelista. O sea, que le pagan por mentir, pero tuitea gratis en @nachofaerna y @galernafaerna. Se toma muy en serio sus placeres. El Madrid es uno de ellos.

11 comentarios en: Romanos 12-12

  1. "[L]es sobra la fe para creer que sus diagnósticos (y sobre todo sus regañinas) van a llegar a oídos de los jugadores, del entrenador, del presidente, y van a salvar al equipo. Adonde sí llegan es a las redes sociales, encuentran eco en la calle, se propagan por las gradas del Bernabéu (tan propensas al pito), y contaminan el ambiente, lo enrarecen, minando la moral de todos. Esa es la forma en que afectan, ahora sí, al equipo de sus amores".

    "[Y]a hay demasiados opinando destructivamente del equipo desde la prensa deportiva. ¿Qué necesidad hay de hacerles los coros?".

    Impecable, Número Tres.

  2. “Lo que no entiendo es esa desagradable mezcla de arrogancia, condescendencia e iracundia de quienes reclaman, como enloquecidas reinas rojas, que rueden cabezas.”
    Suscribo.
    LEALTAD Y PACIENCIA