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Road to Cardiff (VI): Honesty

Road to Cardiff (VI): Honesty

Escrito por: Jesús Bengoechea18 octubre, 2016
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Honesty is such a waste of energy, cantaba el inimitable Paul Simon, quien por cierto dentro de poco estará tocando en Cardiff. De ser cierto el verso del bardo neoyorquino, a los galeses se les escapa la energía a borbotones. Deberían mostrarse continuamente agotados, y como no es el caso voy a tener que dudar del aforismo de Simon, porque lo que no falta allí es la honestidad.

Hay-on-Wye, el pueblo de los libros, es una de las visitas obligadas para cualquiera que pase una temporada en territorio galés. A tres horas de coche al norte de Cardiff, más allá del parque natural de Brecon, alardea de la máxima densidad de librerías por metro cuadrado de la Europa pre-Brexit. Es un lugar pintoresco y encantador en el que, por supuesto, cualquier libro puede ser hallado, especialmente si a uno no le importa recurrir al económico patrón de la segunda mano, tan propio de las culturas anglosajonas y tan alejada de la fatuidad (admitámoslo) mediterránea, reacia por tradición a todo lo que no sea de estreno (libros, ropa, esposas en casos extremos). Cada librería de Hay-on-Wye es un paraíso para el amante de los libros y un suplicio para el alérgico a los ácaros que invariablemente habitan el polvo de las estanterías.

Mi librería favorita en Hay-on-Wye se llama, precisamente, Honesty Bookshop. La librería no existe como establecimiento comercial que forme parte de un inmueble. Consiste en cuatro o cinco grandes estanterías al aire libre, en medio de un jardín. Todos los libros a la venta, suponiendo que esto pueda llamarse venta, cuestan una libra, que el comprador se espera deposite en una hucha provista a tal efecto. Cuatro libros, cuatro libras, y en ese plan. Nadie, absolutamente nadie vigila. Nadie va a notarlo si no depositas el dinero, o si depositas menos dinero del que corresponde, y nadie va a perseguirte por ello. Los libros son de segunda mano y lo recaudado se destina a actividades caritativas.

honesty-bookshop

Comentaba hace poco la admirable existencia de esta librería con un amigo español, ambos en un pub y pintas en mano como es preceptivo. A propósito de esta consagración de la honestidad a la que propende la cultura galesa (aunque, para ser sinceros, la tendencia es extensible a la generalidad de los británicos), mi amigo me contó una historia.

-Iba yo en un autobús en dirección a Londres. Allí tenía que recoger al sobrino de mi mujer para traerlo a Cardiff a pasar el fin de semana en nuestra casa. De pronto, y me apuesto lo que quieras a que nunca has conocido a nadie a quien le haya pasado esto, una rueda del autobús pinchó.

-¿Pinchó?

-Como lo oyes. El conductor deslizó el vehículo hasta el arcén, paró el motor y muy educadamente informó de lo sucedido a través del altavoz interno. "Sólo nos resta esperar a que venga a rescatarnos un equipo de mecánicos, y mucho me temo que no tengo idea de cuánto pueden tardar en llegar, señoras y señores".

-Como faena no está nada mal.

-Sobre todo para mí- repuso mi amigo,- que tenía que estar en Londres a una hora muy determinada para poder recoger al niño de manos de los cuidadores de su internado. Iba con el tiempo justísimo. Pero resulta que tuvimos suerte. No habían transcurrido ni cinco minutos cuando el conductor echó de nuevo mano al altavoz. "Señoras y señores, estamos de enhorabuena. Otro autobús de la compañía, también con destino Londres aunque con una ruta ligeramente distinta, está llegando a este mismo punto del trayecto. Dispone de ocho plazas. Véanlo, aquí está, estacionando en la cuneta unos metros delante de nosotros. Esas ocho plazas, como es lógico, sólo pueden ser para personas que tengan que cambiar de autobús en Victoria y por tanto vayan con prisa, o para aquellos con alguna otra urgencia especial".

-Y tú te pediste una de aquellas ocho plazas, claro.

-En efecto. Yo era uno de esos casos que aparejaba urgencia. Dos señoras mayores, en riesgo de perder su conexión en Victoria, se postularon también como candidatas. Y ahora viene lo increíble.

-¿A qué te refieres?

-Nadie más lo hizo. Nadie más se postuló.

-¿Cómo?

-Pensarías que una lucha de codos y excusas se dirimió en aquel pasillo de autobús. "No, oiga, es que yo tengo que estar puntualísimo en Londres porque..." "Mire, señora, no sé cuál será su historia, pero yo voy allí a ver a un primo que está enfermo y además yo me puse en la fila de salida antes que usted". Nada de eso. Tú me hablas del Honesty Bookshop. Ese autobús podía haber sido bautizado como Honesty Bus. Nadie intentó aprovecharse de la circunstancia. Aquellos que viajaban sin prisas, o sea, casi todos, aceptaron como innegociable, como parte de la pequeña tribulación del día, el tener que esperar sabe Dios cuánto tiempo hasta que llegaran los mecánicos y repararan la rueda. "Señoras y señores, hay cinco plazas más. Nadie quiere aprovecharlas?" Ambos conductores tuvieron que unir esfuerzos, insistiendo para encontrar a los otros cinco afortunados. Nadie se sentía merecedor de un asiento en el autobús salvador. ¿Se te ocurre un mejor ejemplo de civismo?

Ya he hablado en esta serie de mi taxista favorito, Denis. Es galés y madridista hasta el tuétano. Cada vez que pido un taxi por teléfono, habitualmente para ir a la estación de tren, aparece Denis, a quien solo una cosa entretiene más que charlar conmigo sobre el Real Madrid: charlar conmigo sobre el Barcelona. En otros términos, eso sí. Sus ojillos azules se rasgan aún más en el retrovisor central cuando despelleja a los jugadores culés. Ayer mismo me dijo, mientras me conducía al tren que había de conducirme al avión que había de llevarme a Madrid:

-Ese equipo, el Barcelona, es una desgracia, señor. Son profesionales del teatro. Son buenos futbolistas, no lo niego, pero su tendencia a fingir agresiones por parte de los rivales me parece asquerosa. Sólo piensan en intentar engañar al árbitro. Esas actitudes deberían penalizarse. Eso no es fair-play. Deberían ser sancionados sin disputar competiciones europeas hasta que enmienden su conducta.

-¿Cuál le parece el más tramposo de todos ellos, Denis?- inquirí.

-Difícil decir, señor- dudó Denis. La ya asentada confianza conmigo no logra apearme del tratamiento de sir.- Jordi Alba tiene vídeos de YouTube de hora y media solo con sus fingimientos. Y Neymar, claro, otro maestro de la interpretación. Aquí no nos gustan nada esas cosas, señor. Nos repelen. Todavía recuerdo con repugnancia esa foto de Busquets que dio la vuelta al mundo: el tipo tirado en el suelo con las manos en la cara, fingiendo haber sido agredido, y asomando un ojo entre los dedos para ver si el árbitro expulsaba a su rival o no. Qué asco, por amor de Dios.

En algún punto anterior de esta serie sobre Cardiff he llegado a expresar mi deseo de que el tres de junio la ciudad se estremezca con el espectáculo en directo de una final de Champions Madrid-Barça. Pero me lo he pensado mejor, y si me lo he pensado mejor no es por miedo. El Barça es el sujeto que se lleva el libro sin depositar la libra en la hucha. El Barça es el tipo o el grupo de tipos que acosa al conductor del autobús hasta hacer valer sus invenciones y granjearse una plaza en el vehículo que viene al rescate.

Hay quien merece no jugar según qué, y mucho menos según dónde.