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Road to Cardiff (IX): Gareth

Road to Cardiff (IX): Gareth

Escrito por: Jesús Bengoechea28 enero, 2017
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Andaba, como el conjunto del madridismo, mohíno con la eliminación copera ante el Celta y decidí darme un homenaje acudiendo por segunda vez a la representación del musical Sunny afternoon, con música de Ray Davies, que en su gira por el Reino Unido para en estos días en Cardiff. Volví a disfrutar con la música de los Kinks y la estupenda puesta en escena del espectáculo. Bien es cierto que en el fondo de mi alma permanecía un sustrato de disgusto por la caída ante los gallegos en la competición del KO, que el disfrute de la obra no había logrado paliar del todo. A la salida me acerqué a un empleado del teatro para que me indicara dónde se encontraba el baño.

El inglés que habla la gente de Cardiff es frecuentemente neutro y se les entiende muy bien. Sin embargo, no faltan quienes en su día emigraron a la capital desde zonas rurales del norte o el oeste, y la forma en que hablan la lengua de Chesterton se parece bien poco a la que con toda probabilidad caracterizó a Chesterton. Son personas, en su mayoría de cierta edad, que provienen de zonas de habla predominantemente galesa (al contrario de lo que sucede en el propio Cardiff, donde pocos dominan con fluidez esa lengua ignota y fascinante) y cuyo acento en inglés resulta casi impenetrable.

Pronto comprendí que el empleado al que había pedido ayuda para que me indicara dónde estaba el baño era uno de estos hombres del campo llegados a la capital años atrás en busca de alguna estabilidad económica. Era un viejito completamente calvo con una expresión suave en sus ojos pálidamente azules.

-Suba por (...) en dirección a (...) pero girando a la (...) justo antes de alcanzar el (...).

-Very kind of you, thanks so much- repliqué, aprovechando otra consulta por parte de otro espectador para girarme disimuladamente en dirección contraria a la indicada por la amable mano del empleado.

-No le he entendido una palabra- comuniqué a mi mujer al llegar junto a ella.- Nos sentamos aquí, esperamos a que llegue el taxi que has llamado y ya iré cuando estemos en casa. Puedo esperar.

Así que me aposenté junto a ella en una silla del vestíbulo y proseguimos comentando la obra. Al cabo de menos de un minuto, noté una discretísima pero insoslayable presencia a mi espalda.

-Sorry, sir- dijo el viejito, luciendo una sonrisa desarmante.- Tengo la sensación de que no ha entendido bien mis (...). Le indicaba que el baño está subiendo en dirección al (...) justo enfrente del (...).

-¿Mmm? Oh, sí, sí. Comprendido. Ahora mismo voy para allá.

-Perfect, sir. Espero no haberle (...). Es solo que no me lo perdonaría si por un (...) se queda usted sin poder (...).

-Es usted extremadamente amable. Acudiré en cuanto pueda, muchas gracias.

El viejito, solícito y sonriente, se giró para desaparecer de mi vista y yo proseguí mi charla sobre la obra con mi mujer, justo hasta el momento en que ella, al cabo de pocos minutos, me indicó con una mirada plena de sorna que observase a mi espalda.

-Lamento mucho (...), señor. El teatro va a cerrar y (...) son los baños, que mis compañeros, me consta, están a punto de (...). Me dolería enormemente que no pudiera usted (...) como es debido por culpa de un desafortunado (...).

Decidí rendirme. Pertenezco a esa raza de personas poco combativas y aversoras del conflicto. Me puse en pie haciendo gala de mi mejor sentido diplomático, le di las gracias y me encaminé escaleras arriba en la dirección que su mano (ya que no sus enigmáticas palabras) indicaba inequívocamente. Desconté que más arriba, mientras rumiaba con alguna desazón mi derrota ante el viejito (y de fondo, todavía, la derrota ante el Celta), hallaría sin duda signos que me llevarían hasta el baño donde habría de cumplir con su voluntad (la del viejito, no la del Celta ni desde luego la mía). La determinación de aquel senecto ciudadano galés me había hecho morder el polvo. Me sentía un poco como Danilo, desarmado ante la pujanza del rival, merced a la cual un casi involuntario toque de balón en forma de pregunta por mi parte había terminado dando con el balón en el fondo de la portería de mi propio orgullo.

Encontré en efecto el baño por mis propios medios y, al tiempo que desalojaba el contenido de mi vejiga, vaciaba también mi alma de rencores. El viejito me había derrotado, sí, pero lo había hecho en mi beneficio, como en ese mismo instante podía constatar  merced al alivio que la micción me procuraba. Medité frente a la taza del impoluto retrete del teatro que solo me restaba dar gracias a Dios por haber dado con mis huesos en un lugar del mundo en el cual tus semejantes se desviven por tu bienestar, hasta el punto en que les corroe el pavor de que no llegues a tiempo de mear cuando sin duda tanto lo necesitas.

No hay, pensé mientras me lavaba las manos, otro lugar en el mundo -o al menos otro lugar que yo conozca, y conozco otras culturas de legendaria hospitalidad- donde pueda sucederte esto. En Cardiff confluyen las tradicionales buenas maneras británicas (pero en Londres o Manchester nadie te va a perseguir hasta asegurarse de que orinas) con la llaneza y el atrevimiento de las culturas (ay) celtas, y solo el milagro que constituye el subconjunto de ambas cosas puede a su vez obrar el milagro referido. Hay que tener muy buena educación (entendiendo por tal lo que debe entenderse, es decir, un afán por hacer la vida agradable a los demás) pero también mucho desparpajo para obrar como lo había hecho el viejito. Sí, nos había eliminado el Celta, pero siempre nos quedará la música de los Kinks y yo vivo en Cardiff, un lugar lleno de gente así.

Bajé raudo las escaleras, deseando volver a encontrármelo. Allí seguía, dando indicaciones a otros espectadores. Asumí que no iba a entender su respuesta antes de acercarme a él para darle las gracias como definitivamente merecía, pero que esa mínima contrariedad no debía frenarme, puesto que era de justicia.

-Gracias por insistir y hacerme comprender que lo necesitaba más de lo que yo creía- declaré, solemne.

De su respuesta, como había previsto, no entendí más que su sonora carcajada. Se enredó en un ininteligible batiburrillo sonoro de rara musicalidad, tras al cual, en ausencia de una réplica que pudiera servir de tal a su mensaje, le pregunté su nombre. Me respondió y le entendí perfectamente. ¿Cómo no entenderle? El inconveniente en este caso consistía en la incredulidad que su nombre me producía. Era demasiado hermoso para ser verdad.

Y el hecho es que, en otras circunstancias, el nombre jamás me habría extrañado. Constituye -de igual forma que Jones es el apellido más quintaesencialmente galés- uno de los nombres más tradicionales de la región. He conocido ya varios que lo llevan. En el caso que nos ocupa, quedó depositado en mis oídos como una clave de consuelo y esperanza, como un imprevisto mensaje de optimismo.

Salimos a la calle bajo una lluvia gentil. El taxi nos esperaba y nos dirigimos a él mientras yo canturreaba Everybody's gonna be happy y el nombre del viejito, unido indisolublemente a cierta fecha de comienzos del próximo junio, operaba en mi espíritu una misión salvífica.

Editor de La Galerna (@lagalerna_). @jesusbengoechea

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