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RFEF: Asistencia en carretera

RFEF: Asistencia en carretera

Escrito por: Jesús Bengoechea1 mayo, 2016
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Acostumbro a escuchar a quienes me dicen que mi forofismo me pierde con especial atención: precisamente porque conozco la magnitud de mi sesgo, me parece especialmente prudente atender a llamadas de atención de ese tipo, ya que no sería difícil que tuvieran algo de razón. Preocupado, suelo hacer un análisis riguroso de las cosas cuando alguien me habla de la inconveniencia, por ejemplo, de quejarse de los árbitros. Pero todavía nadie me ha convencido de que hago mal en quejarme ocasionalmente de ellos. Por ejemplo, estoy seguro de que no haré mal en quejarme de la trayectoria de expulsiones a favor que lleva el Barça, la última ayer mismo en el decisivo encuentro ante el Betis.

-Ya estamos. Quejarse de los colegiados es de equipo pequeño.

A nivel general, desde un prisma teórico, estoy de acuerdo con la validez de la afirmación. Sí. Quejarse de los árbitros es de equipo pequeño.

No obstante, considero que hay observaciones que, pese a ser globalmente atinadas, no constituyen verdades absolutas. Nada lo es, y cuánto menos esto. ¿Dónde está la frontera a partir de la cual quejarte de los árbitros pasa de ser un comportamiento de equipo pequeño a representar una legítima reacción ante un abuso flagrante? Porque sin duda dicha frontera ha de existir. Afirmar lo contrario (es decir, que quejarse de los arbitrajes siempre es de equipo pequeño y nunca manifestación de una lícita indignación) equivaldría a proclamar una suerte de patente de corso para la injusticia.

-Estáis como el Barça en los ochenta.

Pues a lo mejor un poco, pero con una diferencia fundamental, oiga: que el Barça de los ochenta no tenía ninguna razón y nosotros sí la tenemos.

Las cifras son escalofriantes. El Barça de los ochenta nunca habría podido esgrimir un arsenal estadístico como el que tenemos ahora para argumentar sus quejas. Yo soy más de sensaciones que de cifras, pero es que son números apabullantes. Ya han sido puestos en evidencia por mucha gente a lo largo de mucho tiempo. Permítaseme un simple apunte recopilatorio.

En el presente año, el Barcelona lleva 19 penaltis a favor y 1 en contra. Ha marcado 11 goles en fuera de juego. Si miras el aspecto disciplinario de esta temporada –aspecto que, a mi juicio y con ser escandaloso el resto, es el más sangrante de todos-, observas cómo el Barça sólo ha sufrido 1 expulsión por 5 del Madrid, habiendo sufrido los rivales del Madrid sólo 4 expulsiones por 9 los del Barça. Si extiendes retrospectivamente este análisis tienes que frotarte los ojos para creerlo. De 2003 para acá, el Barça ha sufrido 71 expulsiones, por 136 de sus rivales en los partidos contra ellos, lo que arroja un saldo a su favor de +65. En el mismo periodo histórico, el Real Madrid ha sufrido 110 expulsiones, por tan sólo 86 de sus rivales, lo que nos conduce a un saldo negativo de -24 (sí, al Madrid –equipo violento por antonomasia- le expulsan mucho más de lo que expulsan a los que juegan contra él). Son datos obtenidos gracias a esa estupenda cuenta de Twitter que responde al nombre de @maketolari.

Quejarse de los árbitros es de equipo pequeño, sí. Pasemos ahora de la epidermis del plano teórico a las vísceras de la praxis. ¿Denunciar datos como estos es de equipo pequeño?

La expulsión de Westermann ayer no es escandalosa en sí misma. Es técnicamente posible, desde un punto de vista arbitral, sacar una tarjeta amarilla por cada una de esas dos entradas. El problema es que forma parte de un patrón que se sigue con una contumacia mayúscula por parte del sistema (en 19 de 36 partidos de este año el Barça se ha visto beneficiado por un penalti y/o una expulsión). De lo cuantitativo a lo cualitativo, sólo cabe consignar hasta qué punto las expulsiones del rivales que ayudan al Barça tienen lugar a partir de jugadas que muy raramente, en otros campos, desembocan con un contrario fuera del partido. Al Madrid por ejemplo, en jugadas equivalentes, casi nunca le pasa. Gabi sólo necesita los primeros diez minutos de un derbi estándar contra el Madrid para hacer varias veces, y sin ver tarjeta, la entrada que finaliza con la primera amarilla de Westermann.

Lo mismo puede decirse de los fueras de juego. Si uno los analiza pormenorizadamente, quizá sólo unos pocos de esos 11 offsides que acabaron en gol sean muy claros, muy descarados, pero oiga, es que aunque los 11 fueran offside por muy poco… ¡siguen siendo 11! Y 11, por cierto, que se produjeron a partir de la obscena y ridícula denuncia de un presunto intento de condicionar a un linier para que favoreciese al Real Madrid en un Clásico.

Si el Barça gana esta Liga, felicitaré a mis amigos culés porque es muy jodido mirar a los ojos a un tío al que quieres y decirle que honestamente piensas, forofismos apartes, que gran parte de eso que celebra con tanta pasión (y las pasiones de los amigos se respetan) se fundamenta en razones que tienen menos que ver con el fútbol que con oscuros manejos burocráticos de las instituciones. Eso, por cierto, lo de que el Barça gane la Liga, y pese al extraordinario final de temporada del Madrid, tiene pinta de poder ocurrir con alta probabilidad. Aun así, vi al Barça arrastrarse de una manera tan lastimosa ante el Betis que no descarto sorpresas, como no descarto que el Atleti pinche. La diferencia es que el pinchazo del Barça ha de ser lo suficientemente aparatoso como para que no pueda salvarle ni su muy eficiente servicio de asistencia en carretera.

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