Las mejores firmas madridistas del planeta
Inicio
Opinión
El reino de la nada

El reino de la nada

Escrito por: Fred Gwynne28 julio, 2015
VALORA ESTE ARTÍCULO
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas

Dicen que nunca hay que encender tres cigarrillos con la misma cerilla. Es una superstición que yo, a pesar de que dejé de fumar hace veinte años, siempre cumplo. Parece ser que durante la Primera Guerra Mundial, en las trincheras, el enemigo veía el destello al dar fuego al primer cigarrillo, con el segundo apuntaba, y con el tercero disparaba. Por eso cuando el editor Sugrañes me acercó el mechero, a pesar de que ya había dado fuego a otros dos antes que a mí, a pesar de que sabía que yo era tan supersticioso como para llevar unos nuevos calcetines a cada una de sus reuniones, y a pesar de que toda la redacción conocía que no fumaba porque se lo recordaba día sí y día también cada vez que me pedían tabaco, lo interpreté como un mal fario y decidí soplar la llama y pedir siete deseos.

Estábamos en plena vorágine por la salida de Casillas y Sugrañes, acuciado por la falta de resultados económicos para sostener aquella locura digital, nos convocó a una reunión urgente en su diminuto despacho. Aunque había entrado varias veces en aquel cuchitril siempre me llamaba la atención lo maloliente del lugar; una mezcla de olor a tabaco, sudor y humedad que acababa por anestesiarte en pocos minutos. La decoración consistía en un ventilador al que se le había caído un aspa, un diploma de periodismo a distancia de CCC, media docena de ajados y amarillentos pósters del Marca de los '80, y cuatro o cinco trofeos de campeonatos de mus.

Sugrañes estaba muy serio, no paraba de secarse el sudor, atusarse la barba y aunque tragaba saliva continuamente, su voz sonaba ronca y cazallosa, como si hubiese estado de juerga y el anís todavía le taponase el gaznate. Habló de Casillas, de Ramos, de Raúl y de varios temas más a los que no presté mucha atención, por no decir ninguna, ya que estaba muy entretenido hurgándome la nariz. Yo esperaba cumplir mi cometido pero la reunión avanzaba y, posiblemente porque la tensión se podía cortar, nadie pidió nada. Ya casi había repartido todo el trabajo del nuevo número cuando me miro de arriba a abajo, como si me estuviera examinando, y dijo:

-Búscala, búscala hasta debajo de las piedras, todo el mundo habla de ella y necesitamos un buen reportaje. Búscala, no repares en gastos- me dijo, mientras metía la mano en el bolsillo y me tendía un billete de cinco euros.- Quiero ser la primera revista que saque su foto en portada.

-Buscar ¿qué? -dije sin entender nada y pensando que hablaba de alguna nueva bebida.

-¿Qué va a ser? ¡Si llevamos toda la reunión hablando de lo mismo! ¿Hay alguien en casa? -dijo mientras golpeaba con sus nudillos mi cabeza-. ¿Hay alguien en casa?-repitió. Entonces dio un largo suspiro, miró a todos los presentes como pidiendo compasión, arrugó el papel que tenía en la mano y, después de lanzarlo a la papelera, empezó a explicármelo lentamente.

-¡Un momento! ¡Un momento! -dije mientras sacaba mi móvil del bolsillo y pulsaba el botón de grabar-.Ahora.

Sugrañes dio otro suspiro, cabeceó varias veces y, a pesar de que tuvo que darme algún que otro tortazo cariñoso para que me centrase, continuó la explicación hasta que se le acabaron los suspiros y los insultos.

No me esperaba aquel trabajo y me emocioné soltando unas cuantas lagrimillas. De eso se solía encargar el departamento de investigación y no el encargado de mantenimiento. Yo, a pesar de que de vez en cuando entregaba algún artículo sobre mis calzoncillos (no me daba para más) y asistía a alguna reunión, me dedicaba casi a tiempo completo a mantenimiento, es decir, a mantenerme con vida dentro de aquella jauría y a llevarles los cafés correspondientes sin equivocarme. Por una vez alguien confiaba en mí para algo importante. Me sequé los mocos con el dorso de la mano, sequé la mano y los mocos que se habían quedado pegados a ella con el pantalón, y después de levantarme teatralmente rodeé la mesa, me acerqué hasta su silla y a la vez que le daba un abrazo de oso, le dije al oído:

-La tendrás, tendrás tu foto, no te fallaré, confía en mí.

redaccioperiodico2

Llegué a casa emocionado, y lo primero que hice fue vestirme como requería la ocasión. Vivir rodeado de periodistas me había enseñado a camuflarme mejor que Mortadelo, así que me puse mis sandalias, unos calcetines con franjas decoradas con la bandera de Japón, un vaquero lleno de flecos cortado por encima de las rodillas, mi camisa de flores y como complemento final anudé mi jersey de rombos naranjas al cuello.

Ya estaba, ya podía pasar por un turista cualquiera. Aquello me facilitaría la labor. Sería tan transparente en el verano de Madrid como la lista Forbes para Relaño.

Salí de casa y decidí, ya completamente metido en el papel y más Stanislavski que Marlon Brando, comprarme un palo para selfis en el chino e ir a un bar de la Puerta del Sol para tomarme una sangría y estrenarlo.

Sangría va, sangría viene, terminé por gastarme los cinco euros que me había asignado Sugrañes para la misión, y otros cincuenta y cinco que tuve que pagar con la tarjeta que distraídamente le había robado en aquel fraternal abrazo.

Llegué al Bernabéu al amanecer, tambaleante, y empecé a caminar a su alrededor muy despacio, fijándome en todos los detalles en los que podía fijarme. Tenía que encontrarla costase lo que costase. No podía fracasar. Sabía que estaba allí, lo que no sabía es cómo era. Me había hecho una idea pero todo eran conjeturas.

Una pareja muy joven se besaba apoyada en una pared del Estadio. Al pasar a su lado pararon de besarse, me miraron, sonrieron y continuaron a lo suyo. Tuve la impresión (aquella sonrisa les delataba) de que el sitio que habían elegido no era casual; pensé que estarían lejos, en otra esquina de la ciudad, en El Retiro, o en La Latina, o en algún pequeño parque, cuando decidieron que el mejor sitio para besarse de todo Madrid era el Bernabéu y hacia él se encaminaron, como quien va hacia una máquina de Pepsi-Cola en una isla desierta.

El encargo me gustaba. Era difícil pero me gustaba, así que seguí caminando como Terence Hill por el desierto, dando dos pasos hacia delante, uno hacía atrás y dos laterales. Vi varias que podían encajar con lo que perseguía pero por una u otra razón tuve que descartarlas. Tardé más de media hora en dar la vuelta completa y cuando me di cuenta me encontraba en el punto inicial, unos metros más atrás de donde estaba aquella pareja de jóvenes que seguía, totalmente ajena a mi presencia, besándose con tal fruición que me dio la impresión de que se metían la lengua por la boca y la sacaban por los oídos.

No quería molestarles, y mucho menos romper aquel encanto que les envolvía, pero algo, posiblemente aquella sonrisa cómplice que me habían dedicado, me indujo a hacerlo.

Me acerqué lentamente a su lado y carraspeé como uno carraspea cuando detesta molestar pero tiene que hacerlo. Como no me oyeron, posiblemente porque tenían taponados los oídos por la lengua, tuve que volver a carraspear pero esta vez como una moto sin tubo de escape. Al oírme dejaron de besarse, se separaron y me miraron con una mezcla de curiosidad y enojo.

-Perdón por la intromisión -dije, pensando que sí, que era un asqueroso entrometido y que aquella palabra era en aquel momento la palabra más entrometida del mundo-. Lamento molestar pero creo que vosotros podríais ayudarme. Estoy buscando la puerta trasera y no hay forma de dar con ella. He dado la vuelta completa al estadio y no la encuentro.

-¿La puerta trasera? ¿Qué puerta trasera? -dijo ella alzando la ceja de una forma que me resultó familiar.

-La del Bernabéu, la puerta trasera del Bernabéu, la puerta por la que ha salido Casillas. Tiene que estar por aquí, todo el mundo habla de ella, o sea que no creo que esté muy lejos. Tengo que fotografiarla, es un encargo- dije engolando un poco la palabra y con cierto orgullo en mi voz.

En aquel momento, justo cuando había dicho la palabra "encargo", dejándola caer como quien deja caer una diplomatura, me di cuenta de que había errado el tiro. Noté en sus caras, y en la carcajada que soltaron al unísono mientras se contraían como un acordeón, que no tenían ni idea de lo que les hablaba.

-Lo siento - dijo ella conteniendo la risa-, me temo que esa puerta no existe. Alguien te ha tomado el pelo.

Iba a contestar que estaban equivocados, que mi editor (además de unos náuticos de lujo) tenía fuentes de toda confianza, y que no me iba a mandar hasta el Bernabéu para buscar algo inexistente. Pero al ver cómo seguían mirándome y, lo que es peor, al ver cómo, aunque lo intentaban, no podían parar de reír, me despedí de ellos dándoles la mano y deseándoles una buena vida y una feliz prole.

Seguí a lo mío, a caminar. Cuando consideré que ya había avanzado un trecho suficiente, miré de reojo a la pareja, saqué del bolsillo los dos relojes que les había mangado y después de comprobar que por ninguno de los dos me darían ni la hora, los tiré a una papelera maldiciendo mi mala suerte y a toda su descendencia.

Ya se me habían pasado los efluvios de la sangría y empecé mi segunda vuelta al Estadio. Después de caminar unos cincuenta metros sin resultados, me paré. Algo se me estaba escapando, algún detalle tonto convertía la puerta en invisible. Intenté recapacitar. A veces cinco minutos de cabeza valen por media hora de piernas. Intenté recordar las sabias palabras de Sugrañes, pero como normalmente era incapaz de recordar cuando me había tomado la última sangría, saqué mi móvil y me dispuse a escuchar toda la conversación que uno, siendo consciente de su propia estupidez, había grabado.

“A ver tontolaba, escucha bien y piensa. Piensa que siempre que algún jugador de élite (y cuando digo de élite me refiero a aquellos que juegan en un gran equipo y tienen dos docenas de Rolls para rociar de Clive Christian y quemar sin contemplaciones) abandona su Club por la puerta trasera, tiene que hacerlo por una puerta desvencijada, con las bisagras oxidadas, el color raído y tan pequeña que obliga a todos los que salen por ella a agachar un poco la cabeza para darse cuenta de su propia pequeñez. No lo olvides, busca una puerta pe-que-ña, tan pequeña como tu cerebro.”

Paré la grabación y reflexioné. Había visto puertas y más puertas pero ninguna tan pequeña como para que un jugador se tuviese que agachar para pasar por ella, así que  volví a pulsar el play.

“Ahora bien, esto solo vale si hablamos de un equipo normal. Si hablamos del Madrid la puerta tiene que ser mucho peor. Teniendo en cuenta que el Real Madrid es el club más grande, su puerta trasera tiene que ser la más pequeña. La puerta trase