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El reino de la nada 4 (¡Feliz año nuevo!)

El reino de la nada 4 (¡Feliz año nuevo!)

Escrito por: Fred Gwynne20 enero, 2016
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¡FELIZ AÑO NUEVO! ¡FELIZ AÑO NUEVO!

Aunque para mis compañeros de trabajo mi persona siempre había fluctuado entre la transparencia y la invisibilidad, cuando entré a la redacción felicitando el año nuevo con tanto amor como ímpetu, esperaba encontrarme otro recibimiento.

Después de cuatro meses en Brasil, y aunque sabía que mi antigua condición de periodista de mantenimiento solo me daba para lustrarles los zapatos, esperaba algo más, no sé, unos abrazos, algo de júbilo, espíritu navideño. Algo.

En su lugar, hicieron lo que siempre hacían: levantaron la mirada, me miraron y bajaron la mirada. Ni siquiera mi atuendo carnavalero brasileiro (qué mejor que aquel ceñido pantalón naranja y la camisa arco iris anudada a la cintura para la ocasión) sumado a las dos botellas de sidra El Gaitero que meneaba como si fuesen cantarinas maracas, consiguieron despertarles de su letargo.

Ya me disponía a abrir una de ellas para animar un poco el alicaído espíritu de mis antiguos compañeros, cuando vi que el despacho de mi editor tenía luz y hacia allí me encaminé, esperando que al menos este, por aquello de las bofetadas compartidas (él me las daba y yo las recibía) se acordase de mi persona, y también, por qué no decirlo, me encargase uno de aquellos trabajos que gracias a mi diligencia habían conseguido que nuestra afamada revista digital gozase de un prestigio tan justo como merecido.

Llegué a la puerta, dejé una botella de sidra en el suelo y comencé a descorchar la otra. Justo cuando noté que el tapón empezaba a deslizarse abrí la puerta de golpe y volví a gritar

¡FELIZ AÑO NUEVO, JEFE!

La sidra empezó a salir de la botella como si fuese un géiser, y aunque al ver la situación intenté rápidamente taparla con la mano, lo único que conseguí fue que el pegajoso líquido extendiese todavía más su radio de acción y acabase regando la mesa del despacho y de paso a los cinco asistentes de aquella ¿reunión? que no tenía ninguna pinta de festiva. Diez furiosos ojos se posaron en mi persona, entre ellos, los de un cabreado Sugrañes que, sin mediar palabra, se levantó de la mesa con tal brusquedad que volcó su silla, y en menos de un segundo se plantó a mi lado y me soltó tal bofetada que hizo que la botella se escurriese de mi mano, rebotase un par de veces en el suelo esparciendo el poco líquido que le quedaba en sus preciosos náuticos, y acabase hecha añicos en el suelo.

- ¿Qué haces aquí, gilipollas? –me dijo Sugrañes con esa voz cazallosa que tanto había echado de menos.

Yo para no perder la costumbre, y como siempre hacía cuando las palabras se quedaban nadando en mi cerebro y no acudían a mi boca, me desmayé de la mente y me oriné encima. Afortunadamente mis fluidos se confundieron con la sidra que chorreaba por mi cuerpo y nadie se dio cuenta de que el líquido que se concentraba en mis pies no era precisamente fermento de manzana.

- ¿Que qué haces aquí, gilipollas?

Comprobé que Sugrañes seguía tan cariñoso como siempre y empecé a balbucear.

- ¿Yo? Pues…pues Brabrasil, ya sabe usted, Brasil, me marché pero he vuelto para felilicitarles el año.

- ¡Pero si hoy es 18, estúpido! Es 18.

- ¿18? ¿Hoy? ¿De…de enero?

- No de gilipollas, 18 de gi-li-po-llas.

- Anda, ya sabes dónde están la escoba y la fregona. Limpia todo esto.

A mi, qué quieren que les diga, el tiempo siempre se me ha pasado volando. Volando voy, volando vengo, por el camino yo me entretengo. Entre el jet lag, la sangría y mi congénito despiste, me pasa lo que me pasa: que me lío, me pierdo y me pierden. Recuerdo perfectamente que la mañana del día de Nochevieja estaba en Río y cuando me quise dar cuenta mi morriña roncaba en un avión vía Madrid. Del aeropuerto a la Plaza Mayor para proveerme de sangría y de la Plaza Mayor a la Puerta del Sol para festejar la larga noche. A partir de ese momento tengo lagunas, lagos y mares. Creo que unos holandeses me drogaron (o me drogué yo solo, que para estas cosas soy muy apañao), unos alemanes me robaron (o les robé yo para pagar la droga de los holandeses) y unos punkis de los ochenta me acogieron en su seno gracias a las drogas y el dinero que generosamente me había proveído la nunca suficientemente ponderada Comunidad Europea.

Y después de esto la oscuridad. Apenas alguna imagen de una furgoneta, el mar, un peluquero, bares, una cresta verde de la que todavía me quedan restos del tinte y sangría, mucha sangría. Vamos, la nada. La nada más absoluta. Hasta hoy. Hasta esta vieja fregona y este cubo que forman parte de mi familia más cercana y entrañable.

Esperé pacientemente a que terminase la reunión y cuando vi que Sugrañes se quedaba solo en el despacho, entré y comencé a recoger los cristales y a fregar el suelo. Tardé cerca de veinte minutos en terminar el trabajo y cuando lo hice le pregunté:

- Jefe, ¿Quiere que limpie también los baños?

- No, siéntate –dijo sonriendo mientras señalaba la silla que estaba a su lado.

Hice lo que me mandó, noté cómo la humedad de la sidra (o lo que fuese aquella mezcla que llevaba encima) se pegaba silenciosamente al escay de la silla y le devolví la sonrisa poniendo mi mejor y más lastimosa cara.

- ¿Cómo te ha ido? ¿Encontraste trabajo de periodista?

- No exactamente, pero me apañé bien. El primer mes lo pasé dando tumbos (Ay, la cachaça) pero el segundo encontré trabajo en una churrasquería y en mi tiempo libre hice algo de freelance. Ya sabe, seguir a famosos, meterme en líos, fracasar. Vamos lo de siempre.

Sugrañes me miró como si me estuviese tasando, vaciló unos segundos antes de hablar como si quisiera ordenar sus ideas y después de ponerme amistosamente la mano en el hombro me dijo:

- Ya que has vuelto tengo un trabajito para ti. Algo especial. Muy de tu estilo. Ya, ya sé que anteriormente me has fallado, pero si hay alguien que puede hacerlo eres tú. Además, si te soy sincero, no pierdo nada. No pienso pagarte…

A mí aquellas palabras me sonaron a gloria. A lo de no cobrar ya estaba acostumbrado. Normalmente me daba alguna propina de vez en cuando y yo, con tal de sentirme dentro de aquella familia, ya me daba por satisfecho. Por alguna razón inexplicable Sugrañes seguía confiando en mí. A veces me planteaba si no éramos un poco Quijote y Sancho, si no nos desdoblábamos, si a pesar de nuestras inmensas diferencias no teníamos el mismo desconocido padre. Resumiendo, a veces me planteaba si el cencerro que tenía en su cabeza todavía sonaba más fuerte que el mío.

- Escúchame atentamente. Vamos a dar un bombazo. Y tú lo vas a conseguir. Lo primero que tienes que hacer es…y luego…que sea de raza…entonces…corres a su lado…fotos y vídeo…y no olvides que…

A mí, que cualquier explicación de más de una frase se me antojaba una montaña inaccesible, aquella disertación (o lo que fuese) de Sugrañes me pilló divagando entre napolitanas. No había desayunado, y aunque intentaba prestarle atención, lo único que escuchaba eran los ruidos de mis tripas.

- ...con mucho cuidado... jardinero... coche... la urbanización... y el perro... ya sabes, lo de siempre. Pero piensa que a quien madruga Dios le ayuda... maletero... porque más vale prevenir...

Lo mejor de las napolitanas es mojarlas en Cola Cao. Hay quien en su ignorancia las prefiere con café con leche, pero yo prefiero untarlas en Cola Cao. Es más, hay gente que es capaz de cambiarlas por magdalenas. ¡Por magdalenas! ¡Estamos tontos o qué! Yo estoy convencido de que Proust comía magdalenas porque no tenía napolitanas a mano. Si yo fuese escritor, por los cojones iba a dedicar siete libros a hablar de magdalenas. ¿Acaso no había napolitanas? ¿Acaso siendo francés no tenía cruasanes a mano? Además si untas una napo...

- ...Y eso es todo. ¿Has entendido? ¿Alguna duda?

- ...litana en el Cola Cao absorbe lo justo y necesario. No como las putas magdalenas, que lo chupan todo y se desmenu...

- ¿Qué si me has entendido, imbécil?

El grito de Sugrañes me sacó de mis alimenticias diatribas y como lo único que había oído era algo de un perro, lancé una pregunta como quien lanza un salvavidas:

- ¿Y lo del perro?

- ¿Cómo que lo del perro?

- Sí, el perro, ¿que qué hago con él?

- Pero vamos a ver, membrillo. ¿Tú me has escuchado algo?

- A ver, escuchar, escuchar, sí le he escuchado, pero igual es que estoy un poco desentrenado y se me pierden los detalles.

- ¿No tenías móvil? –me dijo Sugrañes después de un largo suspiro-. Pues sácalo y graba la conversación. No será la primera vez que lo haces.

Obedecí. Y después de unos minutos interminables y el consabido abrazo a mi protector salí de aquel despacho henchido de amor propio y con el firme propósito de no volver a fallar. Lo primero que hice fue ir a una cafetería a tomarme un buen Cola Cao provisto de media docena de napolitanas. Con el estómago lleno y el espíritu en paz escuché la grabación una y otra vez hasta que el plan de Sugrañes entró en mi cabeza como el cuchillo en la mantequilla.

Pagué el desayuno y después de coger un par de metros y un taxi llegué al Centro de Protección de animales. Con las prisas y la ilusión había olvidado quitarme mi oloroso traje brasileiro y en un primer momento un misericordioso funcionario insistió en que me podían acoger durante unos días y darme de comer ("la comida de perros no es tan mala como parece y además tiene muchas vitaminas", me dijo convencido de sus propiedades) pero yo decliné su invitación amablemente. Como seguía sin dejarme pasar a ver los animales, me vi, a pesar de las advertencias de Sugrañes, obligado a contarle nuestro descabellado plan. Según lo iba haciendo noté su incredulidad y, aunque se le escapó alguna contenida carcajada, terminó por atender mis súplicas.

- ¿Y el perro tiene que ser de raza? -me preguntó.

- Sí, es