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El reino de la nada 4 (¡Feliz año nuevo!)

El reino de la nada 4 (¡Feliz año nuevo!)

Escrito por: Fred Gwynne20 enero, 2016
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¡FELIZ AÑO NUEVO! ¡FELIZ AÑO NUEVO!

Aunque para mis compañeros de trabajo mi persona siempre había fluctuado entre la transparencia y la invisibilidad, cuando entré a la redacción felicitando el año nuevo con tanto amor como ímpetu, esperaba encontrarme otro recibimiento.

Después de cuatro meses en Brasil, y aunque sabía que mi antigua condición de periodista de mantenimiento solo me daba para lustrarles los zapatos, esperaba algo más, no sé, unos abrazos, algo de júbilo, espíritu navideño. Algo.

En su lugar, hicieron lo que siempre hacían: levantaron la mirada, me miraron y bajaron la mirada. Ni siquiera mi atuendo carnavalero brasileiro (qué mejor que aquel ceñido pantalón naranja y la camisa arco iris anudada a la cintura para la ocasión) sumado a las dos botellas de sidra El Gaitero que meneaba como si fuesen cantarinas maracas, consiguieron despertarles de su letargo.

Ya me disponía a abrir una de ellas para animar un poco el alicaído espíritu de mis antiguos compañeros, cuando vi que el despacho de mi editor tenía luz y hacia allí me encaminé, esperando que al menos este, por aquello de las bofetadas compartidas (él me las daba y yo las recibía) se acordase de mi persona, y también, por qué no decirlo, me encargase uno de aquellos trabajos que gracias a mi diligencia habían conseguido que nuestra afamada revista digital gozase de un prestigio tan justo como merecido.

Llegué a la puerta, dejé una botella de sidra en el suelo y comencé a descorchar la otra. Justo cuando noté que el tapón empezaba a deslizarse abrí la puerta de golpe y volví a gritar

¡FELIZ AÑO NUEVO, JEFE!

La sidra empezó a salir de la botella como si fuese un géiser, y aunque al ver la situación intenté rápidamente taparla con la mano, lo único que conseguí fue que el pegajoso líquido extendiese todavía más su radio de acción y acabase regando la mesa del despacho y de paso a los cinco asistentes de aquella ¿reunión? que no tenía ninguna pinta de festiva. Diez furiosos ojos se posaron en mi persona, entre ellos, los de un cabreado Sugrañes que, sin mediar palabra, se levantó de la mesa con tal brusquedad que volcó su silla, y en menos de un segundo se plantó a mi lado y me soltó tal bofetada que hizo que la botella se escurriese de mi mano, rebotase un par de veces en el suelo esparciendo el poco líquido que le quedaba en sus preciosos náuticos, y acabase hecha añicos en el suelo.

- ¿Qué haces aquí, gilipollas? –me dijo Sugrañes con esa voz cazallosa que tanto había echado de menos.

Yo para no perder la costumbre, y como siempre hacía cuando las palabras se quedaban nadando en mi cerebro y no acudían a mi boca, me desmayé de la mente y me oriné encima. Afortunadamente mis fluidos se confundieron con la sidra que chorreaba por mi cuerpo y nadie se dio cuenta de que el líquido que se concentraba en mis pies no era precisamente fermento de manzana.

- ¿Que qué haces aquí, gilipollas?

Comprobé que Sugrañes seguía tan cariñoso como siempre y empecé a balbucear.

- ¿Yo? Pues…pues Brabrasil, ya sabe usted, Brasil, me marché pero he vuelto para felilicitarles el año.

- ¡Pero si hoy es 18, estúpido! Es 18.

- ¿18? ¿Hoy? ¿De…de enero?

- No de gilipollas, 18 de gi-li-po-llas.

- Anda, ya sabes dónde están la escoba y la fregona. Limpia todo esto.

A mi, qué quieren que les diga, el tiempo siempre se me ha pasado volando. Volando voy, volando vengo, por el camino yo me entretengo. Entre el jet lag, la sangría y mi congénito despiste, me pasa lo que me pasa: que me lío, me pierdo y me pierden. Recuerdo perfectamente que la mañana del día de Nochevieja estaba en Río y cuando me quise dar cuenta mi morriña roncaba en un avión vía Madrid. Del aeropuerto a la Plaza Mayor para proveerme de sangría y de la Plaza Mayor a la Puerta del Sol para festejar la larga noche. A partir de ese momento tengo lagunas, lagos y mares. Creo que unos holandeses me drogaron (o me drogué yo solo, que para estas cosas soy muy apañao), unos alemanes me robaron (o les robé yo para pagar la droga de los holandeses) y unos punkis de los ochenta me acogieron en su seno gracias a las drogas y el dinero que generosamente me había proveído la nunca suficientemente ponderada Comunidad Europea.

Y después de esto la oscuridad. Apenas alguna imagen de una furgoneta, el mar, un peluquero, bares, una cresta verde de la que todavía me quedan restos del tinte y sangría, mucha sangría. Vamos, la nada. La nada más absoluta. Hasta hoy. Hasta esta vieja fregona y este cubo que forman parte de mi familia más cercana y entrañable.

Esperé pacientemente a que terminase la reunión y cuando vi que Sugrañes se quedaba solo en el despacho, entré y comencé a recoger los cristales y a fregar el suelo. Tardé cerca de veinte minutos en terminar el trabajo y cuando lo hice le pregunté:

- Jefe, ¿Quiere que limpie también los baños?

- No, siéntate –dijo sonriendo mientras señalaba la silla que estaba a su lado.

Hice lo que me mandó, noté cómo la humedad de la sidra (o lo que fuese aquella mezcla que llevaba encima) se pegaba silenciosamente al escay de la silla y le devolví la sonrisa poniendo mi mejor y más lastimosa cara.

- ¿Cómo te ha ido? ¿Encontraste trabajo de periodista?

- No exactamente, pero me apañé bien. El primer mes lo pasé dando tumbos (Ay, la cachaça) pero el segundo encontré trabajo en una churrasquería y en mi tiempo libre hice algo de freelance. Ya sabe, seguir a famosos, meterme en líos, fracasar. Vamos lo de siempre.

Sugrañes me miró como si me estuviese tasando, vaciló unos segundos antes de hablar como si quisiera ordenar sus ideas y después de ponerme amistosamente la mano en el hombro me dijo:

- Ya que has vuelto tengo un trabajito para ti. Algo especial. Muy de tu estilo. Ya, ya sé que anteriormente me has fallado, pero si hay alguien que puede hacerlo eres tú. Además, si te soy sincero, no pierdo nada. No pienso pagarte…

A mí aquellas palabras me sonaron a gloria. A lo de no cobrar ya estaba acostumbrado. Normalmente me daba alguna propina de vez en cuando y yo, con tal de sentirme dentro de aquella familia, ya me daba por satisfecho. Por alguna razón inexplicable Sugrañes seguía confiando en mí. A veces me planteaba si no éramos un poco Quijote y Sancho, si no nos desdoblábamos, si a pesar de nuestras inmensas diferencias no teníamos el mismo desconocido padre. Resumiendo, a veces me planteaba si el cencerro que tenía en su cabeza todavía sonaba más fuerte que el mío.

- Escúchame atentamente. Vamos a dar un bombazo. Y tú lo vas a conseguir. Lo primero que tienes que hacer es…y luego…que sea de raza…entonces…corres a su lado…fotos y vídeo…y no olvides que…

A mí, que cualquier explicación de más de una frase se me antojaba una montaña inaccesible, aquella disertación (o lo que fuese) de Sugrañes me pilló divagando entre napolitanas. No había desayunado, y aunque intentaba prestarle atención, lo único que escuchaba eran los ruidos de mis tripas.

- ...con mucho cuidado... jardinero... coche... la urbanización... y el perro... ya sabes, lo de siempre. Pero piensa que a quien madruga Dios le ayuda... maletero... porque más vale prevenir...

Lo mejor de las napolitanas es mojarlas en Cola Cao. Hay quien en su ignorancia las prefiere con café con leche, pero yo prefiero untarlas en Cola Cao. Es más, hay gente que es capaz de cambiarlas por magdalenas. ¡Por magdalenas! ¡Estamos tontos o qué! Yo estoy convencido de que Proust comía magdalenas porque no tenía napolitanas a mano. Si yo fuese escritor, por los cojones iba a dedicar siete libros a hablar de magdalenas. ¿Acaso no había napolitanas? ¿Acaso siendo francés no tenía cruasanes a mano? Además si untas una napo...

- ...Y eso es todo. ¿Has entendido? ¿Alguna duda?

- ...litana en el Cola Cao absorbe lo justo y necesario. No como las putas magdalenas, que lo chupan todo y se desmenu...

- ¿Qué si me has entendido, imbécil?

El grito de Sugrañes me sacó de mis alimenticias diatribas y como lo único que había oído era algo de un perro, lancé una pregunta como quien lanza un salvavidas:

- ¿Y lo del perro?

- ¿Cómo que lo del perro?

- Sí, el perro, ¿que qué hago con él?

- Pero vamos a ver, membrillo. ¿Tú me has escuchado algo?

- A ver, escuchar, escuchar, sí le he escuchado, pero igual es que estoy un poco desentrenado y se me pierden los detalles.

- ¿No tenías móvil? –me dijo Sugrañes después de un largo suspiro-. Pues sácalo y graba la conversación. No será la primera vez que lo haces.

Obedecí. Y después de unos minutos interminables y el consabido abrazo a mi protector salí de aquel despacho henchido de amor propio y con el firme propósito de no volver a fallar. Lo primero que hice fue ir a una cafetería a tomarme un buen Cola Cao provisto de media docena de napolitanas. Con el estómago lleno y el espíritu en paz escuché la grabación una y otra vez hasta que el plan de Sugrañes entró en mi cabeza como el cuchillo en la mantequilla.

Pagué el desayuno y después de coger un par de metros y un taxi llegué al Centro de Protección de animales. Con las prisas y la ilusión había olvidado quitarme mi oloroso traje brasileiro y en un primer momento un misericordioso funcionario insistió en que me podían acoger durante unos días y darme de comer ("la comida de perros no es tan mala como parece y además tiene muchas vitaminas", me dijo convencido de sus propiedades) pero yo decliné su invitación amablemente. Como seguía sin dejarme pasar a ver los animales, me vi, a pesar de las advertencias de Sugrañes, obligado a contarle nuestro descabellado plan. Según lo iba haciendo noté su incredulidad y, aunque se le escapó alguna contenida carcajada, terminó por atender mis súplicas.

- ¿Y el perro tiene que ser de raza? -me preguntó.

- Sí, es muy importante. Para ganarme la confianza de Zidane son vitales todos los detalles. Necesito que piense que soy un vecino más.

- Bueno, si te soy sincero, más de la mitad de los perros que entran son de raza. La gente los compra como regalo cuando son una preciosa bolita de algodón y luego, cuando se dan cuenta de que crecen y cagan y mean, los abandonan en cualquier esquina. Hay mucho malnacido que merecería acabar en alguna de nuestras jaulas. ¿Tienes alguna preferencia?

- A ser posible que sea un pastor alemán. Zidane tiene dos y eso creo que facilitará las cosas.

- Acompáñame.

Enfilamos un recto pasillo y al final de este, después de traspasar una enorme puerta metálica, entramos en una larga nave llena de jaulas que nos recibió con cientos de ladridos. Las había de varios tamaños y algunas contenían un solo perro y otras hasta media docena.

- Allí, al final, creo que tengo uno que te va a gustar. Es de pura raza, está limpio, es tranquilo y apenas ladra.

Yo seguía detrás del funcionario, caminando despreocupado entre cientos de jaulas y maquinando mi siguiente paso del plan, cuando una mirada llamó mi atención.

- ¿Y este? -dije señalando una de las jaulas.

- ¿Ese? Ese no creo que dure mucho con nosotros. Lo han recogido hoy mismo y no creo que tardemos en sacrificarlo. Tiene sarna, pulgas, golpes, un ojo más pallá que pacá y más años que Matusalén. Además lanza unos bocaos que...

- Me lo quedo.

- ¡Pero si es un ratonero! ¿No decías que querías un perro de raza?

- Este me valdrá. Me lo quedo –repetí convencido de mi elección.

Cuando salí de la perrera con aquel desecho a mi lado me di cuenta de que, aunque había cometido una equivocación, no estaba arrepentido. Aquella mirada me resultaba tan familiar como la que veía todos los días en uno de los múltiples espejos en los que me reflejaba cada mañana. No podía abandonarlo (él nunca lo haría) así que a lo hecho, pecho. El tema sería más difícil pero no imposible. Además, cuanto más miraba a mi perro, más me convencía de que era de raza. De la mía, para ser más exactos.

Perro-viejo

Según íbamos caminando pensé que tenía que ponerle un nombre. Pasaron varios por mi cabeza hasta que me acordé de uno de los libros que más había marcado mi azarosa vida. No es que yo fuese de mucho leer, pero Los Cinco en la isla de Kirrin había formado parte de mi exquisita (a la vez que inexistente) educación, convirtiéndome (a pesar de que nunca he probado el pastel de jengibre) en el hombre de provecho que soy hoy en día. O sea que la elección era clara: se llamaría Timoteo. Tim para los amigos.

El tema del perro ya estaba zanjado. Ahora tenía que preparar el siguiente paso. Según la información de mi editor, Zidane, los días que el Castilla jugaba en casa, tenía la costumbre de salir a correr alrededor de un par de lagos de su urbanización. Lo hacía a primerísima hora, normalmente acompañado de sus dos perros, y después del ejercicio se marchaba para Valdebebas. De momento, como entrenador del primer equipo parece que seguía teniendo la misma costumbre y allí estaríamos nosotros para comprobarlo y hacer nuestro trabajo.

Yo según repasaba el plan no pude evitar sonreír. Correr al lado de Zidane iba a ser una experiencia maravillosa. No es que estuviese especialmente entrenado para la ocasión, es más, no estaba entrenado en absoluto, pero había corrido tantas veces en mi vida (normalmente con gente poco amistosa detrás de mí) que esperaba estar a la altura del desafío.

Acaricié a Timoteo, esquivé un par de bocados (todavía estábamos conociéndonos) y, después de tumbarme en un banco a disfrutar de aquel inusual sol invernal, me quedé dormido. Unos segundos antes de hacerlo noté como mi nuevo amigo saltaba a mi lado, ponía su cabeza en mi pierna y empezaba a roncar. Estaba claro, éramos almas gemelas.

El día siguiente, después de quitarme unas cuantas pulgas que Timoteo había tenido a bien compartir conmigo, lo pasé buscando información sobre mi objetivo en Internet: “La Finca es un búnker con seguridad privada los 365 días del año, tres garitas de entrada con guardia, control de todas las visitas, cámaras, infrarrojos, detectores de movimiento, patrullas 24 horas, un doble perímetro...”

Urbanización La Finca

Afortunadamente todas aquellas medidas no me amedrentaron lo más mínimo, ya que yo contaba con un importantísimo elemento sorpresa: el cuñado de Sugrañes. Este tenía un amigo que trabajaba de jardinero y el editor había conseguido averiguar dónde vivía y la matrícula de su coche.

Nuestra misión (Timoteo ya era parte fundamental del equipo y de mi familia) era ir a la casa del jardinero, buscar su coche, meternos sigilosamente en su maletero antes de que fuese a trabajar, salir de la misma manera dentro de La Finca, buscar a Zidane, ponernos a correr a su lado, intimar un poco, hacerle unas cuantas preguntas de vecino a vecino, sacarle unas fotos de forma disimulada y ganar el Pulitzer. Pan comido.

El jardinero vivía en Vicálvaro. Hacia allí nos encaminamos mi fiel escudero y yo con los ánimos propios de un comando de las Navy Seals dispuestos a cumplir nuestra misión.

La experiencia es un grado y, como desgraciadamente la vida me había llevado por los tenebrosos caminos del latrocinio, llegar a su casa, colarme en el garaje, abrir el maletero de su coche y meternos dentro fue pan comido. El problema fue lo del papel Albal. Había leído en internet que La Finca contaba con infrarrojos, y con mi particular lógica pensé que si había conseguido burlar la vigilancia de un montón de alarmas en los hipermercados forrando mi mochila con aluminio, el truco podría funcionar igualmente con nosotros. En un primer momento pensé revestir el maletero pero al final opté por envolvernos a nosotros mismos. Yo estaba por la labor pero Timoteo no tanto. Entre que no paraba de moverse y los tariscos que me lanzaba estuve a punto de desistir, pero al final, después de casi media hora de lucha infructuosa, conseguí forrarle el rabo. No era mucho, pero menos da una piedra y el tiempo ya apremiaba. Forrarme a mí mismo fue mucho más sencillo. Dejé una pequeña rendija en los ojos, abrí un agujero en la boca y otro en la nariz para poder respirar, y una vez transformado en el hombre de hojalata de El mago de Oz (el embudo en la cabeza lo llevaba de serie) me acurruqué en el maletero bien pegado a Timoteo. Pocos minutos más tarde el coche se puso en marcha y aunque intenté evitarlo, entre el traqueteo, el calor de mi incómoda envoltura y el madrugón que nos habíamos pegado, me quedé dormido.

Me desperté sobresaltado, y lo primero que hice fue taparme la nariz. Tim, mi pobre Tim, encerrado en aquel cubículo y acostumbrado como estaba al aire libre, a los jardines y a la libertad del esfínter, no había aguantado más y se había visto obligado a obsequiar al jardinero dejándole un poco de abono. Abrí un poco el maletero para poder respirar y después de mirar la hora me di cuenta de que íbamos a llegar tarde a la carrera. Aquella inoportuna siesta del gorrino estaba a punto de mandar al traste nuestra misión. Me quité el papel Albal dentro del coche y, después de comprobar que no había moros en la costa, salí del coche con el impoluto chándal del Real Madrid que me había regalado Benítez.

El coche estaba aparcado en un pequeño parking al lado de unos cobertizos. No tenía ni idea de dónde me encontraba, pero empezamos a correr con el trote cansino de los millonarios en busca de Monsieur Zizou.

Después de dar unas cuantas vueltas a aquella enorme urbanización vimos el lago donde según nuestro editor solía hacer footing. Era un enorme lago rodeado de una frondosa vegetación, con unos preciosos robles a lo largo de todo su perímetro y unas cuidadas pistas, donde a esas horas de la mañana había un par de personas caminando. Como no veíamos a Zidane por ninguna parte nos sentamos en un banco a esperar tranquilamente. Durante diez minutos no vimos a nadie. Estábamos a punto de claudicar cuando su figura apareció a lo lejos con sus dos perros. Al verlo nos levantamos de golpe y empezamos a trotar lentamente esperando a que llegase a nuestra altura. Cuando lo hizo nos pusimos a su lado e intentamos seguir su ritmo. Y aunque pueda parecer increíble, ya que Zidane iba mucho más rápido de lo esperado, lo conseguimos. Lo conseguimos como dos jabatos. Eso sí, durante unos 25 metros hasta que el tirón que me dio en la espalda, el flato, el ahogo y la angustiosa idea de morir allí mismo de un infarto, hicieron que me parase, me tumbase cuan largo era en el suelo y sufriese una especie de síncope del que Timoteo intentó recuperarme lamiéndome repetidamente la cara.

Afortunadamente para mis propósitos y para mi salud, Zidane, al verme en el suelo, se paró y se acercó hasta donde estaba.

- ¿Se encuentra bien?

Yo intenté hablar pero los jadeos me impidieron hacerlo. Era como uno de esos peces a los que sacas del agua y dan angustiosas bocanadas buscando el aire que les falta.

- ¿Quiere que avise a un médico?

- Noooo…nooooo, tranquilo –dije con voz cavernosa. Es… es… estoy bien. Solo necesito unos minutos.

Zidane me cogió las piernas y las levantó. -Respire tranquilamente, tómese su tiempo, parece un simple mareo por el esfuerzo –me dijo con esa voz suya tan característica-. Yo le hice caso y poco a poco fui recuperando el resuello. Cuando noté que había recobrado algo de mis fuerzas conseguí darme la vuelta y ponerme con cierta dificultad a cuatro patas. En esta ridícula posición estuve un par de minutos hasta que después de pasar cierta vergüenza (Tim entendió aquella postura como una invitación al fornicio e intentó allí mismo tener descendencia) logré ponerme en pie.

Gracias vecino -le dije todavía con cierto tembleque en mi voz-. Estoy empezando a preparar la San Silvestre y todavía ando un poco flojo.

- ¿Pero la San Silvestre no acaba de celebrarse?

- Sí, por eso, prefiero prepararla con tiempo. Soy un profesional –dije señalándome el escudo del chándal y guiñándole un ojo.

- No le había visto por aquí...

- Es que soy nuevo. Acabo de comprar la urbanización. Mi nombre es Marcos Botín, pero puede llamarme Don Botín. De los Botín de toda la vida. Cántabro de pura cepa. Como Gento. Y hablando de Gento, ¿cómo van esos chavales?

- Bien, todo bien, si me disculpa ando un poco tarde.

Zidane me estrechó la mano, hizo una especie de reverencia y después de darse la vuelta empezó a correr. Sus perros le siguieron, y Tim que estaba despatarrado a mi lado, se levantó de golpe y salió corriendo detrás de ellos. Yo como amaba mucho mi vida, ni lo intenté. Justo en ese momento me acordé de que no le había sacado ninguna foto y rápidamente saqué mi móvil del bolsillo e hice unas cuantas antes de que aquella imponente figura desapareciese de mi vista detrás de unos árboles.

Zizou

Dos días después estaba sentado plácidamente en la Puerta del Sol tomando mi Shangri-La del mediodía. Desgraciadamente estaba solo ya que Timoteo no había vuelto a aparecer. Por un lado me daba pena, pero por otro pensaba que siendo como era, un alma libre y desvergonzada, quizás en aquella lujosa urbanización sentase la cabeza y encontrase un hogar donde formar una familia y tener muchos perritos y perritas.

Había terminado el reportaje y se lo había mandado a Sugrañes esa misma mañana. Lamentablemente, y como los acontecimientos no se habían desarrollado como yo esperaba, había tenido que inventarme todas las preguntas y las respuestas de la entrevista a Zidane. Lo de las preguntas fue fácil, al fin y al cabo, eran las mismas que pensaba hacerle, pero lo de las respuestas fue más complicado. Tenían que ser lo suficientemente congruentes como para que Sugrañes no se diese cuenta de mi engaño y a la vez lo suficientemente impactantes como para que publicase el reportaje cuanto antes y quedase satisfecho de mi trabajo. Creo que al final lo había conseguido. Eran respuestas sensatas y dignas de una revista tan afamada como la nuestra. No es por echarme flores, pero para ser una entrevista inventada la había clavado. Sugrañes iba a estar orgulloso de mí. No me podía permitir un nuevo fracaso y esperaba que con aquel reportaje al menos pudiese devolverle una pequeña parte de toda la confianza que siempre había depositado en mí.

Justo en aquel momento sonó el teléfono y vi que precisamente era Sugrañes el que llamaba.

- Hola, jefe.

- Vamos a ver, membrillo –dijo Sugrañes como bienvenida-. Estoy leyendo tu entrevista. ¿Estás seguro de que Zidane te ha dicho que piensa jugar como delantero centro?

- Sí...

- ¿Y que en el mercado de invierno van a fichar a Roberto Carlos, Pirri y Redondo?

- Sí... también...

- ¿Y que Guti se va a presentar a presidente?

- Sí...

- Ya...

- ...

- ¿Ya?

- Sí, que ya te puedes ir buscando otro trabajo. Esa entrevista te la has inventado. Se ve a la legua.

- ¿Y las fotos? ¿Eh? ¿Y las fotos? ¿Qué me dice de las fotos? ¿Una entrevista falsa con fotos de Zidane haciendo footing?

- ¡Pero qué fotos de Zidane! Si lo único que me has mandado son unas fotos en las que se ve un puto perro con el rabo de aluminio.

- Ya...

- ¿Cómo que ya? ¿Qué cojones es eso de ya?

- Que sí, que ya lo sé. Pero si se fija bien se ve a Zidane a lo lejos. Es más, si entorna un poco los ojos pue...

- Ni Zidane, ni leches, no se ve nada. Na-da. Ya puedes ir mandándome unas fotos buenas y una entrevista decente o date por despedido.

- No se preocupe, jefe. Me pongo a ello.

- A ver si es verdad.

Sugrañes colgó el teléfono y yo me derrumbé. Ya había huido una vez y no tenía ganas de volver a pasar por el mismo vergonzoso trance. Además, ya me había cansado de Brasil. Necesitaba cambiar. Necesitaba algo nuevo. Por otra parte ni tenía fotos de Zidane ni tenía ninguna entrevista, o sea que estaba hecho un lío. No sabía qué hacer así que de momento pedí otra sangría.

Llevaba dos horas cavilando y estaba a punto de quedarme dormido al sol cuando un pequeño reflejo me dio en los ojos. Miré en su dirección y vi asombrado lo que lo había producido. Estaba justo en medio de la plaza y venía caminando hacia mí meneando su plateado rabo. Llegó hasta donde yo estaba, se tumbó a mi lado, apoyó su cabeza en mis zapatos y cerró los ojos. Emocionado me puse a acariciarlo. El sol seguía brillando en su cola y cientos de destellos iluminaban mi cara. En aquel momento supe que daba igual lo que hiciera. La primavera se acercaba, Sugrañes terminaría perdonándome y Timoteo roncaba a mis pies. Era feliz.

Soy un hombre hecho a mí mismo. El problema es que me sobraron algunas piezas. SOL O CONTIGO. Persigo playas.

2 comentarios en: El reino de la nada 4 (¡Feliz año nuevo!)

  1. Buenos días y bienvenido otra vez con el reportero mas dicharachero, hace falta mucho sentido del
    humor para aguantar estos tiempos de tribulación, donde hasta nuestro icono Raúl se pasa al lado
    oscuro de la fuerza. ¡ Que tiempos señor!.
    Saludos blancos, castellanos y comuneros

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