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El Real Madrid y el Metropolitano (2ª parte)

El Real Madrid y el Metropolitano (2ª parte)

Escrito por: Antonio Valderrama10 septiembre, 2018
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El episodio de 1923 y la negativa del Madrid a jugar en el Stadium Metropolitano marcó para siempre la naturaleza de la entidad. La ambición por elegir su propio destino quedó ligada a la praxis presidencial: en 1955 con la creación de la Copa de Europa, en los 60 a cuenta de la recaudación de la Quiniela, en los 70 con el empeño (vano) de construir un nuevo estadio enfrentándose a la oposición del régimen y más adelante, a finales de siglo, con el G14, desafío (también vano) al despotismo de la UEFA. No obstante la siguiente ocasión en la que este espíritu libre fue puesto a prueba ocurrió justo al terminar la Guerra Civil. La postguerra puso a prueba la resistencia del club a todos los niveles, desde el directivo al social. Como en 1923, el Madrid pudo haberse refundido con el otro gran club madrileño por cuestiones de supervivencia pero terminó apostando por su propia visión del futuro. La respuesta condicionó el posterior crecimiento del club, de la mano de Santiago Bernabéu, hasta alcanzar el liderazgo mundial no sólo deportivo sino también institucional: dos dimensiones que, en el Madrid, han ido siempre de la mano indisolublemente, determinando la una a la otra, para bien y para mal.

En 1939 el Madrid estaba “partido por el eje”, como dice el profesor Ángel Bahamonde en El Madrid en la Historia de España. Entre 1929 y 1936 el Madrid se había convertido en el primer club de España, con un equipo, por fin, ganador, colocándose a la altura de los tradicionales dominadores hasta entonces, vizcaínos y catalanes. Superando, de hecho, al Barcelona en cuanto a palmarés liguero, empatado con el Athletic de Bilbao a títulos en la gran competición estrenada en 1929 y superando por mucho al rival madrileño, sumido en una gran crisis. Este crecimiento fue posible por la construcción del Estadio de Chamartín y por la ambiciosa política de fichajes, combinada con un scouting modernísimo que de la mano de Pablo Hernández Coronado, el secretario técnico, estableció una forma empresarial de trabajar hasta entonces desconocida en el deporte profesional español.

La guerra había devastado Chamartín y sus instalaciones únicas en España, pero también el Stadium Metropolitano. El Athletic, rebautizado como Atlético tras la victoria de Franco y la españolización forzada del lenguaje deportivo (plagado de extranjerismos) estaba literalmente en la picota: sin jugadores, sin socios, sin estadio y sin historia por culpa de la desastrosa década y media que siguió a su decisión de instalarse en el Metropolitano en 1923. El Madrid, también enfrentado a “una especie de hora cero en abril de 1939: sin dinero, sin plantilla, sin directiva, sin socios, con el estadio seriamente dañado y bajo sospecha política”, había alcanzado en cambio un grado de identificación durante el período republicano tanto con la ciudad como con la popularidad masiva del fútbol en esos años que, sin embargo, le costaron el desdén, la desconfianza y la frialdad de los nuevos amos de España: el Madrid era el equipo de Madrid, la ciudad cuya resistencia había provocado en gran medida la prolongación sangrienta del golpe de Estado de julio del 36. Madrid era la ciudad sobre la que la atención mundial había estado centrada los tres últimos años, icono del antifascismo internacional y símbolo de la crueldad de la guerra; el Madrid era, en un sentido amplio, el equipo del pueblo, sobre todo del pueblo madrileño, de un pueblo que padeció un proceso de “redefinición” de la capitalidad a partir de 1939. Serrano Súñer, primer ministro de la Gobernación de Franco y su Cuñadísimo, propuso incluso trasladar a Sevilla o a Burgos la capital de España por la fidelidad que esas ciudades habían mostrado a los sublevados desde el inicio del golpe, en contraste con la agónica resistencia de Madrid. Bahamonde dice que la idea dominante en los primeros compases de la postguerra era “depurar y transformar Madrid en el símbolo del Estado” y cita al propio Serrano Súñer, quien en una reunión con el recién reconstituido ayuntamiento madrileño, en mayo del 39, les pedía “trabajar para acaba con la españolería trágica del Madrid decadente y castizo, aunque haya de desaparecer la Puerta del Sol y ese edificio de Gobernación que es caldo de cultivo de los peores gérmenes políticos”.

El País

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Parte de la depuración afectaba al fútbol, naturalmente. Fue habitual durante la guerra que algunas unidades de los cuerpos del ejército, tanto franquista como republicano, formaran equipos de fútbol y jugasen partidos amistosos de carácter benéfico y propagandístico: donación de lo recaudado a viudas y huérfanos de la guerra, etc. Uno de los más famosos en el lado franquista fue el Aviación Nacional, el equipo del Ejército del Aire. En palabras de Bahamonde “el Aviación Nacional se convirtió en instrumento de propaganda y en divisa deportiva del ejército vencedor. Fijó su residencia en Madrid a partir de abril de 1939 y en sectores de la cúpula militar prendió la idea de convertirlo en entidad permanente que disputase el Campeonato de Liga de Primera División y la Copa del Generalísimo”.

La reescritura de la identidad de la capital del nuevo Estado surgido de la guerra comprendía significar Madrid con un equipo que compendiase el espíritu y los valores de los vencedores: el fútbol como industria de masas siempre ha sido un vehículo estupendo para estos afanes propagandísticos. Como era natural, se propuso la fusión del Aviación  Nacional con los dos equipos más señeros de Madrid: el Aviación era una buena oportunidad tanto económica como, esencialmente, política para dos clubes en quiebra, de renacer y ganarse el favor de los nuevos amos del país. El Madrid, a pesar de tener Chamartín hecho una ruina, a su último presidente electo en la cárcel y a su último presidente de facto esperando un juicio sumarísimo que terminaría con sus huesos en un paredón de ejecución, ya había celebrado su célebre Junta de Salvación en abril del 39. En ella se había resuelto la restauración prioritaria del estadio y se había elegido a un presidente que no tenía nada de nuevo: Adolfo Meléndez Jiménez, a la sazón general del Ejército vencedor, quien ya ocupó la presidencia 20 años antes y que junto a Florentino Pérez sigue siendo el único presidente del Madrid que ha repetido cargo en etapas no consecutivas. 300 mil pesetas concedidas a través del marqués de Bolarque iban a servir para lo que el hijo de Meléndez calificaba de prioritario: “la restauración del campo de Chamartín”. “Hacer un buen conjunto vendrá luego. El dinero no es de goma. La seguridad e independencia que se tiene al ser dueño del terreno de juego, sin necesidad de tutelas ni favores, permitirá al Madrid F.C. seguir siendo el de siempre, un club señor”. El Atlético había conservado intacta gran parte de su plantilla pero carecía de un lugar donde jugar y de dinero pero, sobre todo, de patrimonio propio. Sobre el Madrid pendía la sospecha de haber colaborado con el enemigo por haber mantenido su actividad durante el asedio de Madrid, a pesar de miembros de la nueva junta como Bernabéu o el propio Meléndez sirvieron en el ejército de Franco: “ninguno de ellos estaba en la órbita de Falange ni presentaban una hoja de servicios relevante a la causa de Franco, haciendo la salvedad del general Meléndez” dice Bahamonde; tanto Hernández Coronado como el jefe de la secretaría del Madrid entre el 36 y el 39, Carlos Alonso (quienes encarnaron al Madrid dirigiendo la incautación en agosto de 1936 y manteniendo el principio de legimitidad del club durante la guerra), tuvieron que declarar en el proceso general de “depuración de responsabilidades políticas” que siguió al fin de la guerra.

el real madrid y el metropolitano (primera parte)

El Madrid tenía otra cosa, además, que no tenía el Atlético y que invitó a sus dirigentes a declinar la fusión e integración en el nuevo equipo del régimen: una plaza en Primera División. El Atlético, todavía Athletic, había descendido en 1936, año en el que, además, había perdido de manera significativa un gran porcentaje de su masa social, continuando su caída en picado desde la profesionalización del fútbol español. El Aviación Nacional exigió al Madrid que la fusión conllevase el cambio de nombre del club resultante, que debía presumir de nomenclatura militar, y vestir su color, el azul mahón. Hernández Coronado, el hombre que había sujetado al Madrid sobre sus hombros en los tres años largos de la guerra, volvió a imponer el criterio de la independencia a costa de la regeneración deportiva: en el primer verano después de la guerra el Madrid decidió que seguiría su propio camino.

El Atlético asumió entonces los términos del Aviación (excepto en lo de la ropa) y se convirtió en el Club Atlético Aviación, el equipo más rico de la postguerra gracias al padrinazgo de la potente arma del Aire. Quedó constituido en septiembre de 1939 bajo la presidencia del comandante del Ejército del Aire Francisco Vives, dos meses antes del inicio del primer campeonato nacional de Liga desde junio de 1936. A esa Liga el Madrid se presentó con jugadores retirados, semiprofesionales y amigos que le estaban haciendo un favor a Hernández Coronado y a Bernabéu. La primera influencia positiva que recibió el Atlético de sus nuevos mentores militares fue una plaza en Primera División, la del Oviedo, que según parece había pedido una moratoria a las autoridades debido al estado de ruina de su estadio. La plaza, adjudicada en primera instancia al Osasuna como homenaje a la lealtad de Pamplona para con los sublevados, fue luego repartida con el Atlético Aviación en una eliminatoria a partido único en Valencia que ganaron los madrileños. Desde entonces, según Bahamonde, “este equipo dispuso de un conjunto de privilegios, desde las subvenciones del ministro general Yagüe hasta el derecho preferencial a fichar a cualquier jugador que sirviera en el Ejército del Aire”. El Aviación ganó la primera Liga de la postguerra y la segunda, y otras dos más antes de que el Madrid no volviese a levantar una en 1954. En 1941 el Ejército compró el Stadium Metropolitano a la Sociedad, cediéndolos para su explotación al Patronato de Huérfanos del Aire, quien se lo alquiló al Atlético entre 1943 y 1950. Ese año el club, ya sin el Aviación en el nombre, accedió a su propiedad por primera vez en su Historia, lo que le serviría para más adelante, en palabras de Alfredo Relaño, venderlo y “obtener el empujón definitivo” para la construcción del Calderón.

El Madrid, sin embargo, volvió a echarse al monte como en 1923. Mientras el Metropolitano crecía hasta alcanzar los 40 mil espectadores y el Atlético Aviación acumulaba títulos junto a Barcelona y Athletic de Bilbao, el Madrid reformó su ya obsoleto Chamartín planeando un salto adelante definitivo. Se movería con habilidad, asumiendo riesgos y la amenaza de expropiación de los terrenos de Chamartín, compitiendo contra los equipos de las burguesías vascocatalanas y militar, aupándose sobre su masa social, compuesta en gran medida por la misma y amplia franja de población que se acercó al club entre 1925 y 1936. La apuesta resultó de nuevo ganadora porque el fútbol recuperó muy pronto el interés masivo del público español del que ya gozaba en la década de los 30. En 1942 el Madrid volvió a los 6 mil socios de 1936, y en 1944 contaba ya con 9 mil. Sumido en una depresión deportiva que estuvo a punto de llevarlo a la Segunda División, el club elaboró desde 1943 una estrategia de crecimiento y expansión semejante en sus principios a la que le dio la primacía del fútbol nacional desde 1930: un campo a la altura de las expectativas generadas por la industria futbolística y una gestión empresarial del club. Esta vez el éxito de la planificación no le dio la hegemonía nacional sino algo aún mejor: el liderazgo europeo en la década de los 50. Bernabéu, el hombre en torno al que giró la vida del Madrid a partir de entonces, no hacía más que aplicar lo aprendido por él mismo en la etapa anterior a la guerra en la que perteneció al a junta directiva del club. “Más que significar una hora cero para el Real Madrid, retomó la trayectoria histórica del club, interrumpida por la Guerra Civil, para adecuarla a las realidades del presente”.

Antonio Valderrama
Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

8 comentarios en: El Real Madrid y el Metropolitano (2ª parte)

  1. De todos los artículos de Historia (con mayúsculas), éste es el que más me ha gustado, por su profundidad. Felicidades al autor, eso lo primero.

    Me ha sorprendido de verdad el hecho comentado de que el Madrid sin título Real, también era el equipo con mejor proyección en la época de la República. Conocía el enjuague del Atlético Aviación, pero desconocía que el RM fuera "sospechoso" por parte de los franquistas más fanáticos. Qué lejos está de la habitual asociación del RM con el "fascismo" por parte de los antiespañoles y sus lacayos antimadridistas de provincias (entiéndase Atleti, Sevilla, Valencia, etc.)

    Animo al autor a continuar con esta magnífica labor, y me permito sugerirle, que ya que ha mencionado de pasada el terrible periodo 1936-39, si pudiera ampliar las vicisitudes de nuestro equipo en aquellos años.

    Saludos

  2. Excelente artículo. Muy ilustrativo.
    Veo que lo de "solos, contra todo y contra todos" nos viene de lejos.
    Me resulta especialmente llamativo que el Real Madrid consiguiese incrementar su masa social en los aciagos años de la posguerra, bastante antes de volver a ser grande.

  3. Y yo pregunto¿este articulo se lo publicarian en marca y as?Si es asi,yo lo publicaria sr.Valderrama,por que aqui,en la galerna,tiene menos repercusion.
    Saludos desde mi GRAN CANARIA Y HALA MADRID.-

  4. Cuando publicó la primera parte le pregunté si habría segunda parte. Entiendo que no puede responder a todo el mundo, pero en este caso, dado que tampoco comenta demasiada gente sus artículos, y que no era hablar por hablar... me hubiera gustado que me respondiera.

    Fuera de esto, la segundap arte me ha gustado no sé si tanto o más aún que la primera parte.

    Un saludo.

    1. Buenos días, Tanis. Acabo de ver los comentarios tanto de éste como de la primera parte. Siento no haberle contestado. No obstante no suelo hacerlo nunca.

      Ruego me disculpe y le agradezco tanto la lectura como su interés.

      Un saludo,
      Antonio.

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