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R. Madrid y Manchester United: una historia de caballeros

R. Madrid y Manchester United: una historia de caballeros

Escrito por: Antonio Valderrama26 diciembre, 2015
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El Madrid y el Manchester son dos nombres poderosos. En el imaginario colectivo de la gente, evocan la aristocracia del fútbol, el gran salón donde todos quieren bailar. No hace falta precisar, cuando se dice “el Manchester”, que uno se está refiriendo al United. Por lo menos. Últimamente el City se ha colado en las conversaciones de la gente como una rareza, algo exótico que de a poco se va haciendo natural, sobre todo en la cabeza de los más jóvenes. Yo pertenezco a la generación de los dos mil, esa que quedó marcada como un toro de lidia por la divisa del 2-3 del Madrid en Old Trafford, el año de la Octava. El Real no visitaba Manchester desde 1968, a la sazón. Ambas instituciones habían vivido alejadas durante décadas, como mirándose de reojo: dos gigantes admirándose en la sombra. A partir de entonces llegaron más eliminatorias: los cuartos de final de la Copa de Europa del año 2003, y los octavos de final del año 2013, una década más tarde. Entre medias, el traspaso de Beckham; el fichaje de Van Nistelrooy y la traumática venta de Cristiano Ronaldo, operaciones que emponzoñaron la relación, sobre todo por parte de sir Alex Ferguson.

El mítico mánager escocés, que no parece tener nada de tonto, conoce la antigua herencia socialista del United, cuya masa social estuvo conformada en sus orígenes por orgullosos trabajadores y sindicalistas de las fábricas del Lancashire y del Chesire. Aunque el moderno titán de la mercadotecnia tiene poco que ver con aquello, Sir Alex gustó durante un tiempo de azuzar la raigambre proletaria de su afición agitando el espantajo de Franco cada vez que mentaba al Madrid.

Pero no siempre fue así. Real Madrid y Manchester United comparten una historia íntima, no demasiado conocida; una mutua caballerosidad preñada de gestos desinteresados, de altruismo y cordialidad que germinó alrededor de los paterfamilias de ambos clubes, las figuras nucleares de sus leyendas. Santiago Bernabéu y Alexander Matthew Busby establecieron entre Madrid y Manchester lazos sagrados de hospitalidad y agradecimiento que trascendieron la mera simpatía entre clubes, ya que durante la década posterior al accidente aéreo de Munich en el que el United perdió a los famosos Busby Babes, el Madrid ayudó y no poco a la reconstrucción del equipo británico.

Lo que terminó siendo una relación de hospitalidad y colaboración, empezó fraguándose con algo tan espontáneo y natural como la admiración. Matt Busby admiraba al Madrid, y contemplaba su juego como una concepción avanzada del balompié que había de ser imitada, o al menos, emulada, en las Islas. En marzo de 1941, durante la II Guerra Mundial, la Luftwaffe destruyó la fábrica de municiones de Trafford Park, en Manchester, con un terrible bombardeo aéreo. El ataque alemán derruyó también la mitad de las instalaciones del Manchester United, el equipo de la clase obrera de la muy obrera e industrial ciudad del norte de Inglaterra. Cuatro años después, acabada la guerra mundial, Busby llegó a la ciudad desde Londres dispuesto a levantar la sociedad tanto deportiva como estructuralmente. En 10 años abrió la puerta del equipo senior a muchos jóvenes talentos. Al final, su política recogió los frutos: el United ganó la liga de 1956 con una plantilla cuya edad media no superaba los 20 años de edad.

Sir Matt Busby

En 1957 se disputaba la segunda edición de la Copa de Europa, un torneo nuevo que había nacido fuera del paraguas de la UEFA, promovido por L´Equipe y algunos próceres del fútbol continental, como Santiago Bernabéu. En Manchester había quien desconfiaba de aquello, y no veía la gracia de jugar un torneo que no contaba con la cobertura del gran órgano del balompié europeo y que estaba apadrinado por un periódico francés. Busby no lo veía así. Intuyó desde el principio el potencial ilimitado de esa competición: era el vehículo perfecto para la expansión internacional de los clubes, un campo vasto de crecimiento económico y social. Se empeñó en que su flamante equipo de pipiolos la jugara, como le correspondía por derecho tras ganar la Football League inglesa, y así fue.

Y sus Busby Babes llegaron hasta las semifinales. Allí se encontraron con el Madrid, el equipo que había ganado la primera edición de la Copa de Europa. La plantilla del Real era antagónica a la del lampiño United: una cohorte de veteranos y extraordinarios futbolistas, cuajados en la alta competición, que se sabían todos los trucos. En Madrid jugaba desde hacía cuatro años el mayor fenómeno del fútbol mundial, Alfredo Di Stéfano, a quien en Inglaterra llamaban, traduciendo el mote, Blow Arrow. Con aquel argentino jugaban Puskás, otro prodigio al que los ingleses conocía bien. Puskás metió 2 de los 6 goles con los que Hungría arrolló a Inglaterra en Wembley, en 1953, en la que fue primera derrota de los Three Lions en su mítica fortaleza londinense. El Madrid ganó, no sin aprietos, al Manchester en aquel cruce: 3-1 y 2-2. En Gran Bretaña se hizo famoso también el tercero de los mosqueteros de aquel Madrid, Gento, a quien empezaron a apodar The Motorcycle por su increíble velocidad. Busby reconoció que aquellos jugadores de blanco hacían otra cosa distinta al juego rudo y directo tradicional al que estaban acostumbrados en Inglaterra. Admiró profundamente el estilo pausado y dominador del Madrid, práctico y elegante, y el potosí de talento que albergaba aquella escuadra que terminó ganando aquella segunda Copa de Europa a la Fiorentina.

Pero Busby soñaba con poder vencerles un día, con sus muchachos. Su equipo era joven. Tenía tiempo para educarlos convenientemente para derrotar a aquellos gigantes. Inglaterra era una charca muy pequeña para el grupo de talentos que él tenía entre manos.

Al año siguiente, el Manchester, un equipo fabuloso, no tuvo problemas en regresar al penúltimo estadio de la competición. En cuartos de final vencieron al Estrella Roja, confirmando la extraordinaria progresión de un equipo a quien en Europa se veía como capaz de triunfar sobre el poderoso Real Madrid de Di Stéfano. De Belgrado volvieron en avión a Manchester. Pararon en Munich, a repostar. Al despegar, el avión se cayó. Murieron ocho de los futbolistas de la plantilla, y el propio Busby sufrió heridas severas. El equipo más prometedor de Europa quedó segado abruptamente. Tuvieron que completar la primera plantilla con gente de las categorías inferiores, y el propio entrenador del equipo de reservas dirigió al equipo en las semifinales contra el Milan mientras que Busby se recuperaba en el hospital. Perdieron, naturalmente. El Madrid venció al Milan en la final, ganando su tercera Copa de Europa consecutiva.