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Portadas o calzoncillos

Portadas o calzoncillos

Escrito por: Fred Gwynne23 junio, 2015
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Hoy me he levantado con la duda de escribir sobre portadas o calzoncillos. En un principio pueden parecer dos temas un tanto dispares, sin ninguna relación, casi antagónicos, pero una vez que los juntas, los sacudes y mezclas cariñosamente, esa duda mañanera se convierte en una duda muy razonable.

Si algo me enorgullece de escribir en La Galerna, es que por fin he conseguido tener el mismo estatus que la mayoría de los periodistas de los medios que aparecen en nuestro todavía poco reconocido Portanálisis.

Eliminado el factor de la información (de la cual, a la vista de sus portadas y exclusivas, parece que carecen tanto ellos como yo), me queda el otro factor, el de la opinión, y ahí sí, ahí ya compito con ellos de tú a tú. Tengo el estatus de opinador, amateur eso sí, pero opinador al fin y al cabo. Con su rincón al viento, su cruce de dedos y sus periódicas confesiones.

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Como ya sabréis, aparte de mis supersticiones, no tengo absolutamente ninguna información que daros. Ninguna. Esto me va a abocar a sufrir un longuísimo verano ya que, como mis contactos con la planta noble y el sótano del Bernabéu no existen, me voy a ver obligado a deciros alguna que otra mentira que alegre vuestra abstinencia del balón. Puedo deciros, animado por este estío que siempre es proclive a inscribir jugadores como si fueran gotas de sudor, que el Madrid entre lo que queda de mes, y pongamos los dos siguientes, va a fichar a todos los jugadores de todas la ligas de todos los países de todos los hemisferios, sin menoscabo de que al día siguiente de anunciar su fichaje les aparezca una hernia, una ouija, unos náuticos, una autopista, o una revisión de ficha sin haber jugado ni un minuto. Es más, no solo puedo anunciar su fichaje por el Real Madrid, sino que gracias a un dogma del tipo Santísima Trinidad (Dios y el padre Suances perdonen mi atrevimiento), el mismo jugador, según la hipóstasis que consulte, puede haber fichado por el Madrid, el PSG y el Barça el mismo día. Lo de los panes y los peces aquí se queda corto. ¡Milagro, milagro!

No, sinceramente no valgo para esto. Yo soy más de confesar mis oscuras supersticiones por muy inconfesables que sean. Soy más de hablar de cruzar los dedos, de calzoncillos de la suerte o de calcetines mágicos, que de portadas. Aunque pasar de portadas  a calzoncillos tampoco es tan difícil. Si lo piensas bien, confiar en la veracidad de una portada deportiva o pensar que tus calcetines van a solucionar un partido es simplemente una cuestión de fe. Los medios deportivos aciertan una portada de vez en cuando y el Madrid mete un gol justo cuando me cambio de calcetines. Todo son conjuros, supuestos, ensalmos y deseos. A veces funcionan y a veces no.

Haces la portada, cruzas los dedos y rezas para que ese fichaje se produzca. En el fondo hacer una portada no es más que otra superstición. Es como ponerte los mismos calzoncillos con los que el Madrid ganó aquel partido tan importante y esperar a que se repita el resultado.

Ya veis que escribir de portadas o de calzoncillos es prácticamente lo mismo. Mi duda era tan razonable como mis conjuros.

A lo que íbamos, al calzoncillo. La primera de las siete inconfesables.

El calzoncillo se convirtió en mágico en Lisboa. Quisieron las hadas que cuando se aproximaba el minuto noventa de la Décima, ante la desesperación extrema que sufría (estaba arañando el techo), y una vez agotados casi todos mis sortilegios, corriese a mi habitación y me cambiase completamente de ropa. De arriba abajo, incluyendo naturalmente los calzoncillos. Como bien sabéis todos el milagro se produjo y en aquel mismo momento aquella ropa paso a ser la oficial de la temporada. Una vez terminados los lloros, me desvestí, y al hacerlo me di cuenta de que con las correspondientes urgencias por el resultado me había puesto el calzoncillo del revés.

Fue una señal. Aquello fue una señal. Supe que en aquella prenda estaba la suerte concentrada. Aquel ridículo calzoncillo (permitidme que me ahorre los detalles de su cómico diseño) se convirtió en la esencia de la vida. Pasó de patito feo a cisne, de cenicienta a princesa, de poste a gol.

Partido a partido use la misma equipación de la Décima y desgraciadamente, como en el bolero, “se nos rompió el amor”. A cada fallo, a cada partido perdido o empatado, me fui quitando prendas oficiales. La camiseta de manga corta con la lagartija de Formentera, la de manga larga con Coco, el chándal azul, los calcetines marengos y las zapatillas con gotas de reseca pintura. Una detrás de otra. Como si fuese una de esas partidas de cartas en las que cada vez que pierdes una mano te quitas una prenda y acabas la noche en pelotas.

Tenía varios comodines antes de llegar al centro del universo y poco a poco me fui quedando sin ellos. Cuando le tocó al calzoncillo me negué. No lo hice. No me lo quité. Aguanté como pude y coloqué encima otras ropas que, engañado por las urgencias, me parecieron milagrosas. El problema vino cuando pasé mentalmente de las urgencias por las victorias a las urgencias higiénicas. No, no había lavado el calzoncillo. Entendedme. Comprendedme. Poneos en mi lugar y pensad en todo lo que nos estábamos jugando. No, ni hablar, no se podía lavar. No sin acabar con sus poderes, y yo, como el Che, hasta que aquel calzoncillo no se tuviese de pie, caminase solo y el Madrid ganase un título, no pensaba lavarlo.

Aquí, antes de que mi reputación se vaya por el sumidero, (si a estas alturas del relato me queda algo de reputación…) quiero dejar bien claro que yo soy una persona muy pulcra. Me ducho todas las mañanas, me cambio de muda a diario y uso colonia a pesar de que mi mujer siempre me dice que huelo a limpio. Sí, definitivamente soy un monstruo limpio al que sus supersticiones y las urgencias de la temporada le obligaban a ponerse una y otra vez el mismo calzoncillo cada vez que jugaba el Madrid.

Y sí, sí, aquí mucha risita nerviosa, mucho cachondeo, pero a todos vosotros os dicen que el Madrid va a ganar la Undécima si no os cambiáis de calzones, de slip, de bragas o de tanga, y os veo usando la misma prenda  hasta la primavera del año que viene. Guarros sí, a mucha honra, pero con la Undécima en las vitrinas.

El caso es que un aciago día, después del desastre contra el Atlético, el dolor causó mella en mi energía y me decidí a lavarlos. Y no, no os equivoquéis, no lo hice por higiene. Lo hice, como no podía ser de otra forma, por superstición. Pensé que con ese hechizo, con ese blanco y purificador detergente, recuperaría su innato poder. Está claro que me equivoqué. Me equivoqué totalmente.

Hoy tengo la prenda limpita y reluciente en el armario. Apartada. Con la duda de si usarla o seguir, como era (y es) mi propósito, sin supersticiones. Ahí esta, mirándome, retándome. Cuando llegue el momento, cuando empiece la liga sabré si soy capaz de enfrentarme a ella.

En el fondo no es más que otra portada esperando tener suerte.

 

 

 

Soy un hombre hecho a mí mismo. El problema es que me sobraron algunas piezas. SOL O CONTIGO. Persigo playas.