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Platón, Piqué, el amor y un idiota (yo)

Platón, Piqué, el amor y un idiota (yo)

Escrito por: John Falstaff7 octubre, 2017
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Tiene dicho el incomparable Mario de las Heras que en La Galerna a veces nos reunimos para hablar del amor como en el Banquete de Platón, y si él lo dice así será. Aunque yo tengo la sensación de que hasta ahora había entendido mal lo del banquete, seguramente porque siempre intento estar al Platón y a las tajadas, y al final ni lo uno ni las otras. El caso es que en esas tenidas sobre el amor se habla un poco de todo, y de la misma manera que de cuando en cuando me permiten perpetrar aquí unas líneas mal cosidas, también me dejan meter baza de forma ocasional en esas elevadas tertulias sobre el amor. Bien es verdad que sospecho que tal generosidad se debe a que acostumbro a tener la boca y la copa llenas, lo que no deja de ser una feliz coincidencia, puesto que si lo segundo me empuja a dar rienda suelta a mi natural tendencia a la imbecilidad, lo primero me impide demostrarla con demasiada fredcuencia. O acaso no se trate de platónicos banquetes sino de la más prosaica pero igualmente divertida (a mi costa) cena de los idiotas, vaya usted a saber.

Sea como fuere, en una de esas veladas recientemente hemos debatido con profusión sobre nuestro amor a Piqué, que en mi caso es como el propio Piqué: grande y sincero. Porque quien tan trabajosamente alumbra este texto siente por Piqué un amor impetuoso, efusivo, desaforado. En las raras ocasiones en que Piqué aparece en algún medio de comunicación, uno siente el impulso irrefrenable de correr a abrazarle y a llenarle de besos y achuchones. Más de una vez mis hijos me han sorprendido de pie, abrazado a la televisión, con los ojos cerrados y el moflete aplastado contra la barba de Piqué; situación que, debo admitir, no siempre resulta del todo compatible con el decoro que se supone debe acompañar a la figura paterna. Pero, aun siendo posible que la contemplación de su padre abrazando con arrobo un aparato de televisión provoque un trauma infantil en mi descendencia, no es ésa la consecuencia más infeliz de mi fogoso proceder: lo peor es que el estado de trance que me invade nada más aparecer la imagen de Piqué cursa con un arrebato de pasión que nubla mi naturalmente modorro entendimiento, y me impide aprovechar las enseñanzas que, con sabiduría y fertilidad inagotables, manan de su boca.

Porque seamos claros: Piqué no es sólo un apuesto central de imponente presencia en el terreno de juego, sino que también -y sobre todo- es el arquetipo de la sensatez, la coherencia, la probidad y el buen juicio. Nada escapa a su discernimiento y así, con singular agudeza y penetración, tan pronto arroja un día la luz de la verdad sobre los oscuros negocios que se urden en el palco del Bernabéu, como al siguiente tiende puentes con la afición española dedicándole simpáticas peinetas en un gesto de bello simbolismo, o apacigua los exaltados ánimos del barcelonismo con inaudita capacidad profética y dos simples, lenitivas y definitivas palabras: se queda. Convendrán conmigo, por tanto, que es una lástima que mi rendido amor por su figura, bien que perfectamente justificado, me prive de tan docto magisterio. Así que como uno, aunque se sepa tonto, aspira a serlo cada día un poco menos, he tomado la determinación de disciplinar mis ardorosas pulsiones piquetianas con el severo cilicio de la privación de su imagen. Desde hace unos días he apagado mi aparato de televisión: aunque raramente aparezca en él Piqué, no conviene correr riesgos sino evitar que la belleza apolínea de sus rasgos vuelva mi magín impermeable a la profundidad de sus reflexiones. Desde hace unos días y por lo que a mí respecta, Piqué se sirve sólo en forma escrita. Estricta dieta, sí, pero necesaria.

Debo decir, y que me perdone Xavi Hernández por mi falta de humildad, que tal decisión no ha podido ser más providencial. Y es que Piqué lleva varias semanas sentando cátedra sobre la llamada cuestión catalana, y la no menos importante cuestión de su presencia en la selección. Pero, ay, si mi sacrificada abstinencia es oportuna, también lo es infructuosa. Y así, aun cuando he tenido ocasión de analizar con cierto sosiego sus numerosas y originales enseñanzas, no he conseguido llegar a conclusión alguna. Porque parece que a Piqué no le parece mal la independencia de Cataluña a pesar de que él no es independentista ni deja de serlo. Del mismo modo, ha votado muy sonriente en un referéndum (o así) mientras afirmaba que España, con la que tal referéndum pretende terminar, es un país de la hostia. Y me ha parecido oírle insinuar que él es la semilla germinal de las Naciones Unidas de Cataluña cuando asegura que sus hijos son colombianos y libaneses y catalanes y españoles (no sé si me dejo alguna nacionalidad real o inventada), y seguramente por eso le parece de perlas jugar con la selección española y al mismo tiempo defender la presencia de la selección catalana en las competiciones de la FIFA. Ha subrayado que un independentista puede jugar en la selección española (algo que, sospecho, ya sabían tanto Del Bosque como Lopetegui), al tiempo que ha advertido que no es su caso pero sin despejar la duda de si deja de serlo.

O sea, que la postura de Piqué sobre Cataluña es una y la contraria, quiere y detesta a España al mismo tiempo, es independentista y no lo es, y tiene un compromiso indudable con la selección española mientras le dedica peinetas al himno. Total, que he acabado más confuso de lo que estaba al principio. Uno, víctima de su propia pequeñez, podría pensar que a Piqué lo mismo le da Juana que su hermana, y que es capaz de decir una cosa y la contraria con un desparpajo sin igual, de forma que puede ser independentista los lunes, dependentista los martes y botarate a tiempo completo. Incluso analizando su trayectoria, podría llegarse a sospechar que Piqué es un caradura que nos toma a todos por idiotas (en mi caso con razón, ya digo) y que pretende ponerle una vela a Dios y otra al diablo mientras cobra religiosamente de ambos.

Pero no seré yo quien aventure tales conclusiones, que serían sin duda equivocadas, a la manera del fruto podrido de mi seca sesera; del mismo modo que no se creó la miel para la boca del asno, no se creó a Piqué para la poca sal de mi mollera. ¡Qué culpa tendrá él de que yo sea incapaz de comprender su pasmosa capacidad para maridar de un escupit..., perdón, de un plumazo, posturas tan antitéticas, a cuyo lado la cuadratura del círculo parece un juego de niños! La exégesis -¡qué digo, la hermenéutica!- de la doctrina piquetiana, cuya hermosura y hondura es sólo comparable a la de quien le presta su nombre, requiere de una perspicacia y lucidez que quedan muy lejos de mis limitadas entendederas. Así que la conclusión es tan dura como incontestable: pese a mi vehemente amor por el presidente in pectore del Barcelona, sigo necesitando ayuda para recibir la luz salvífica de su sabiduría.

Así que voy a llamar a Iniesta. Y a encender la tele, a ver si vuelve a salir Piqué. No sólo del Platón y las tajadas vive el hombre.