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Aquel partido ante Osasuna

Aquel partido ante Osasuna

Escrito por: Antonino De Mora7 enero, 2016
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El 20 de septiembre de 2004, tras únicamente veintidós días al frente del equipo, José Antonio Camacho dimitía como entrenador del Real Madrid tras reconocer que era imposible hacerse con las riendas de una plantilla malcriada y desatada. Por aquel entonces, con dieciocho años y todo el madridismo del mundo supurando por mis poros, yo vivía el fútbol de una manera, si cabe, más apasionada que ahora. Recuerdo perfectamente cuánto me dolió aquella salida por el cariño que siempre le he profesado a Camacho, por el respeto y admiración que todavía le tengo, por sus antecedentes en el club y por la cercanía geográfica de nuestros municipios natales.

Como decía, mi orgullo estaba tocado en esos días de crispación y tensión, tras un año en blanco y un inicio de temporada pésimo. Una plantilla, no hace mucho campeona de Europa, se tambaleaba de estadio en estadio adormilando a aficiones rivales y sonrojando a la propia. Nosotros, mientras tanto y desde la distancia, teníamos que merendarnos media docena de escándalos deportivos y extradeportivos en los noticieros nacionales durante cada comida y cada cena, en la cafetería de la facultad o en las tarde de café con los amigos.

camacho

Osasuna era el primer rival del Madrid tras la marcha de Camacho. Recuerdo que los medios habían calentado a una ya de por sí bastante encendida afición que, harta de los caprichos de sus estrellas, esperaba aquel partido para tomar venganza y recriminar a sus jugadores la falta absoluta de decencia, profesionalidad y masculinidad que venían demostrando hacía ya muchos meses. Parecía claro que, por una vez, los madridistas teníamos claro quiénes eran los culpables: esa docena de jugadores a los que venía grande la camiseta que vestían.

Nunca se me olvidará el estruendo en el Bernabéu desde que se comenzó a cantar el nombre de los titulares hasta que la pelota perforó por primera vez la red ajena. Una pitada como pocas veces he presenciado en ese campo castigaba a los once jugadores de blanco que, ahora sí, parecían querer dejarse la piel ante los ojos de un García Remón que se había colado por ahí. Recuerdo perfectamente cómo disfruté de aquello, lo orgulloso que me sentía de esa afición que no es tan blanda como la pintan ni tan insulsa como a veces podamos creer. Por una vez parecía que el castigo estaba resultando. Aunque la correctiva duró poco, excesivamente poco.

El gol de Beckham en el 61 cambió todo. Casi una hora de reprimendas después, el enfado de la grada cesó y el perdón entre afición y jugadores parecía haberse firmado. Yo no daba crédito a lo que estaba presenciando. “¿Ya?” me preguntaba, “¿Ya se ha olvidado todo?”. Y sí, parecía que sí. El Bernabéu despidió entre aplausos a una plantilla que había ganado uno a cero a un club que peleaba por no descender y el enojo cesó para siempre. O al menos eso parecía. No se volvió a escuchar un pito hasta la siguiente derrota y no hubo voces críticas contra esa plantilla al día siguiente en los bares. Sí las hubo contra el presidente, también contra el director técnico o el nuevo entrenador, pero nada contra los jugadores.

Aquel día entendí el porqué de muchos males del Real Madrid. Comencé a comprender por qué el club más grande de la historia vive en convulsión permanente, o cuál es una de las razones por las que, de los setenta y siete entrenadores que ha tenido el club, únicamente siete han aguantado más de dos años. Entendí que juntar a veintidós jóvenes al borde del analfabetismo, endiosarlos y cubrirlos de oro y diamantes sin exigirle responsabilidad alguna, es uno de los principales males de una institución que ya de por sí tiene que lidiar con muchos enemigos deportivos, mediáticos o políticos.

Hoy, más de diez años después, un entrenador que ni me gustaba, ni me gusta ni me gustará, abandona el club de sus amores por culpa de una plantilla encaprichada con echarlo. Benítez no tiene más culpa que Florentino, pero ni este ni aquel son el problema de un Madrid del que se han adueñado diez o doce críos consentidos y arropados por una parte de la prensa deportiva decidida a dañar a toda costa al club.

Estoy seguro de que el próximo partido la afición recordará a Benítez con pitos hacia sus jugadores y que, seguramente también, los silbidos quedarán como aquel día borrados con un gol de alguna de sus estrellas. Pero el tumor no se ha extirpado con Rafa aunque a este le viniese muy grande entrenar al Real Madrid; el mal sigue metido en las cabezas ensanchadas de unos jóvenes que no entienden, en la mayoría de los casos, que vestir esa camiseta no es sinónimo únicamente de dinero, mujeres y coches deportivos; que es mucho más que eso. Esperemos que el próximo entrenador consiga hacerles comprender, por las duras o por las maduras, que vestir la camiseta del Real Madrid significa morir o matar por el Real Madrid. Vestir la camiseta del mejor equipo de la historia significa, te guste o no, dejarte la piel por el equipo más grande de la historia siempre y en todo lugar. Seas quien seas, vengas de donde vengas, juegues donde juegues o te llames como te llames.

Antes de nacer yo ya era del Real Madrid. Y habiendo visto jugar a Raúl, Ronaldo, Figo, Zidane, Cristiano y compañía, no entiendo cómo puede haber gente que no lo sea. Es, parafraseando a un grande, "como renunciar voluntariamente a la felicidad".