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París bien vale un Clásico

París bien vale un Clásico

Escrito por: Amiguete Barney15 marzo, 2020
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París, la Ciudad de la Luz, la Ville lumière, la ciudad del amor y de la moda. De lo clásico, pero también de la vanguardia. La urbe que alberga la Torre Eiffel y el Arco de Triunfo, el Louvre, el Sacré Coeur, los Campos Elíseos y una Notre Dame en plena reconstrucción. La ciudad de Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Monet y Degas, la que acogió los mejores talentos de fuera, como Picasso, Buñuel, Hemingway o Stravinski. El escenario de Moulin Rouge, Al final de la escapada, Charada, El último tango, Los 400 golpes o la genialidad de Woody Allen en una larga medianoche idealizando el pasado. Las calles de Irma, la Dulce, de esa Amelie Poulain dedicada a hacer felices a las personas, o el cobijo de Quasimodo. El lugar que me acogió durante unos días y donde disfruté el Clásico del Bernabéu del pasado 1 de marzo.

París será siempre una ciudad íntimamente ligada al madridismo. En París comenzó a gestarse la gloriosa historia del Real Madrid en Europa, en aquella final de 1956 en el Parque de los Príncipes en la que los nuestros derrotaron al Stade de Reims por 4-3 en una noche que hace poco recordaba Athos Dumas en su homenaje a la gran madridista Marguerite. Corazón madridista, quién sabe qué relación tenía con esa otra Marguerite cuyo recuerdo aparece en las vidrieras del Sacrè Coeur en la colina más alta de la capital francesa.

Fue también en París, cuando el siglo XX agonizaba, donde el Real Madrid se proclamó campeón por octava vez, en esta ocasión en Saint Denis, tras derrotar con claridad al Valencia de Héctor Cúper. En París comenzó el reinado del Madrid en Europa durante el siglo XX y en París avisamos de que el siglo XXI también nos pertenecería.

La ciudad en muchos aspectos respira madridismo puro. Es capaz de unir lo clásico y lo moderno sin aparente enfrentamiento, el orden aparente de los Campos Elíseos con el caos controlado que se divisa desde lo alto del Arco de Triunfo. Es capaz de subvertir las críticas a todo lo que hace, como ocurriera en su día con la Torre Eiffel, y transformarse en un símbolo de la ciudad y, por qué no decirlo, del país.

Durante los tres días que pasé en la ciudad padecimos una incesante lluvia, un clima desapacible y una cierta psicosis por el coronavirus. Se canceló el medio maratón del domingo, los eventos relacionados con el Carnaval y se cerró el Louvre a mediodía después de haber estado abarrotado durante toda la mañana. No cerraron el metro, ni los autobuses, ni los restaurantes, ni se impidió el acceso de 70.000 personas al partido del Paris Saint Germain durante la tarde del sábado. Sinsentidos de las autoridades en los que no corresponde entrar a este humilde cronista.

Sin embargo, pese al evidente madridismo que rezuma la ciudad, me sorprendí al constatar que no hay peñas oficiales del Real Madrid en la capital francesa.

Así que terminé viendo el partido en el bar Belushi, un lugar repleto de pantallas y mucho ambiente deportivo al norte de la ciudad. Y lo vi y lo disfruté con Fernando (@Fer7Madridista), todo un doctor ingeniero de 28 años, experto en conducción autónoma, residente en la ciudad desde 2014. Eso de la conducción autónoma me suena a lo que algunos medios piensan que realiza Zidane con el Madrid, es decir, poco o muy poco, poner los medios y “eso” rueda solo. Fer me habló del cálculo de trayectorias, de velocidades y capacidad de reacción, o de toma de decisiones, y pensé en lo útil que debía de ser aplicar los conocimientos de ingeniería a asuntos mundanos como la perfecta trayectoria parabólica de Isco en busca de la escuadra de Ter Stegen, o las decisiones tomadas en décimas de segundo y a toda velocidad que permiten milagros como que Marcelo corte una internada de Messi que se presumía letal.

“Desde que me fui de España sigo la actualidad del Madrid con mucha más intensidad, trato de informarme todo lo que puedo”, me confesó Fernando. Me asustó el modo con el que podía informarse a distancia, pues como bien sabemos los asiduos lectores de La Galerna, pocos modos peores hay de informarse de la actualidad madridista que los medios supuestamente madridistas. “Escucho muchos podcast, como El quinto grande y El Radio, de Richard Dees”. Menos mal, suspiré. “Pero con Richard Dees me cabreo bastante porque es tan evidente lo que cuenta que me fastidia que mis amigos, muchos de ellos madridistas, no lo vean”.

“El Clásico”, así denominado también en la France, se presentaba complicado, con el recuerdo fresco de los 400 golpes recibidos en las semanas precedentes o con el (algo más lejano) último tango que bailó Santi Solari antes de la llegada de Zidane por estas fechas.

El partido comenzó y a los veinte minutos Mateu perdonaba la segunda amarilla a Jordi Alba. “Es tan obvia la manipulación de la competición española”, decía Fer, “cuando ves todos los datos de Maketo Lari o de Juanpa Frutos… Es tan evidente que me sorprende el desconocimiento que hay acerca del saldo arbitral. A veces lo cuento aquí en París, pero también en Madrid y nadie me cree. Es como lo del coronavirus, que la gente prefiere creer la versión oficial, lo primero que le cuentan, por inverosímil que parezca y no indaga más, si tiene sentido o no. Dicen que al Madrid le ayudan igual que al Barça, pero las estadísticas ofrecen datos muy diferentes”.

Pese a la igualdad en el juego, las ocasiones de la primera parte fueron azulgranas, solventadas por un Courtois en plena forma. “¿Qué te parece?”, pregunté a Fer, “¿Thibaut o Keylor?”

—A mí Keylor me gustaba, pero creo que no hay color, el mejor de los dos es Courtois. Claramente. Además, yo soy de los del LQDZ (Lo Que Diga Zidane).

Totalmente acertado. Como decía al principio, París aúna el pasado glorioso (Keylor, Di María) y quién sabe si el esplendoroso futuro (Mbappé). Habrá quien no entienda a veces a Zizou, habrá quien le critique sus planteamientos o la elección de jugadores, pero negarle el conocimiento o la capacidad técnica y táctica parece una soberana sandez.

Saciamos nuestra sed en el descanso con otra ronda de cervezas y hablamos de fútbol como dos aficionados, pero también como dos madridistas deseando que llegara lo que aconteció en la segunda parte. Fer se encuentra como Asensio, en la última fase de recuperación de una lesión de ligamentos en la rodilla que se produjo precisamente jugando al fútbol. Puede resultar presuntuoso, pero hay mucha diferencia entra hablar de fútbol con alguien que lo ha practicado o hacerlo con simples espectadores que jamás han golpeado un balón. “Como la mayoría de periodistas españoles”, añadí. Fer es de los míos, de los que se ve que juega y aprecia otros detalles en los futbolistas, en sus movimientos, en el modo de colocarse o de golpear.

El bar parisino nos pareció algo culé en la primera parte, sobre todo con el “¡Huuuuy!” que se escuchó tras la ocasión marrada por Griezmann, pero salimos de dudas con el gol de Vinícius: eran mayoritariamente madridistas. No podía ser de otro modo en París y el gol se celebró con grandes gritos de júbilo.

Aún quedaba mucho y la tensión se palpaba en cada jugada, en la arrancada de Messi, en una internada de Braithwaite. La lluvia añadía dramatismo a los últimos minutos del partido, pero todo estalló por los aires con la jugada de Mariano y el golpeo tobillero que sentenciaba el partido. Fue una gran alegría, sí, pero fue otra la sensación que tuve y que en aquel momento no supe definir.

En agosto se celebra en París el Día de la Liberación, que conmemora el fin de la ocupación nazi en 1944. El sentimiento de júbilo contenido que explotó en el ambiente del Belushi fue eso: una liberación. Liberación de la tensión del partido, de la lluvia parisina y madrileña, del coronavirus, del mateulahozvirus,… El gol de Mariano nos desinfectó de todos los virus  que nos atenazaban, nos liberó tras saber que volvíamos a estar por delante del Barça en la clasificación. Casemiro y Marcelo chocaron sus manos del mismo modo que hicimos Fer y yo al cielo de París. Los jugadores se abrazaban sobre el terreno de juego y varios grupos de parisinos levantaban sus jarras para brindar.

Igual que Amelie Poulain, el Madrid tiene esa extraña virtud de hacer felices a las personas, no solo a los madridistas. Fer y yo nos despedimos cerca de la medianoche sin idealizar el pasado reciente, no como los personajes de Woody Allen. Pensábamos que en breve, Al final de la escapada, nos esperaría el Manchester. No sabíamos que ese partido (y todos) se suspendería, entonces nos parecía más un acertijo irresoluble con tintes diplomáticos al modo de Charada.

 

Amiguete Barney
Afirma que tenía talento para el fútbol y el baloncesto, pero nada que ver con el que mostraba opinando con una jarra en la mano o tras el teclado.

3 comentarios en: París bien vale un Clásico

    1. Muchas gracias, Sergio. Fue una liberación, un alegrón enorme, todo lo contrario a la sensación de vacío y tristeza que tenemos ahora con la reclusión. Algunos la llevamos bien, con mil cosas que hacer aparte del teletrabajo, mucho que leer, mucho por escribir, cientos de trastos que ordenar,... Pero el cuerpo pide salir, viajar, disfrutar unas cervezas con los amigos y dar un fuerte abrazo a los colegas. Como el que te envío (de manera virtual, no puede ser de otro modo).

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