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Otro año de gratitud

Otro año de gratitud

Escrito por: Jesús Bengoechea31 diciembre, 2017
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Nací en 1970. Eso significa que tenía 28 años cuando Pedja Mijatovic recogió el rebote en un defensa de aquel tiro de Roberto Carlos y lo depositó primorosamente en la red de la Juve.

28 años son muchos años cuando anhelas algo que se te antoja improbable. El hecho de que el Real Madrid hubiera ganado nada menos que 6 Copas de Europa antes de mi venida al mundo no aportaba, objetivamente, ningún argumento en favor de que alguna vez volviera a hacerlo. Hacía décadas que no quedaba en la plantilla ni un solo jugador de aquellos (ni siquiera el perenne Gento, el único protagonista de TODAS esas gestas), por lo que el Madrid tenia las mismas posibilidades de volver a ganarla que cualquier otro club. La experiencia histórica no contaba. Era un poco, a efectos prácticos, como si todas aquellas glorias las hubiera protagonizado otro equipo. En nada ayudaba que el escudo fuera el mismo, por mucho que el escudo cargara con la responsabilidad y hasta la urgencia histórica. En nada ayudaba el haber estado cerca con anterioridad.

Así, un minuto antes de que Mijatovic marcara (acaso) el gol más importante de la Historia del Madrid, yo era un joven de 28 que se preguntaba si algún día vería al Madrid ganar una Copa de Europa. De hecho, me lo seguí preguntando con angustia desde el gol del montenegrino hasta el mismísimo final del partido. Cuando este llegó, dejé oficialmente de ser un joven de 28 que se preguntaba si moriría sin haber visto ninguna Copa de Europa del Madrid.

Cuento todo esto para tratar de explicar mi adscripción al llamado madridismo happy. El 20 de mayo de 1998 no conseguí todo lo que esperaba de la vida, pero sí conseguí más de lo que esperaba del Real Madrid, mi equipo. En ese momento de satisfacción plena quedaron de inmediato amortizados 28 años de frustración. No hay utopía más allá de la utopía porque la utopía es como el infinito: un valor absoluto. De suerte que en ese momento ni me planteaba que el Madrid pudiera ganar MÁS Copas de Europa. Todo lo que el Madrid consiguiera del 20 de mayo de 1998 en adelante sería un bonus, simplemente.

Menudo bonus. Si a ese joven de 28 años le hubieras dicho que no solamente vería al Madrid ganar una Copa de Europa, sino que sería testigo de tantas Copas de Europa como número de Copas de Europa se había perdido (6 y 6, respectivamente), te habría recomendado el consumo de sustancias estupefacientes menos lesivas para el sistema cognitivo.

Por eso, aunque entiendo que Quillo Barrios reaccione contra los madridistas happy que reparten carnets de madridismo, y les espete eso de “No soy menos madridista que tú” por tener un marcado sentido crítico hacia el equipo, no puedo evitar que en este conflicto de Quillo (y de otros como Quillo) con dicha facción happy encuentre yo una falla generacional evidente. Quillo (y otros como Quillo) eran niños cuando Mijatovic recogió aquel rechace para ponerlo con amor en la red de la Juve. Para ellos, pues, todo lo que siguió a la Séptima (a saber y de momento: la Octava, la Novena, la Décima, la Undécima y la Duodécima) no fue ningún bonus, sino la simple consecución de una agenda marcada desde el principio de los tiempos. Entiendo por tanto a Quillo y a otros como Quillo, aunque desde luego desapruebe la falta de perspectiva, el histerismo y la mala educación en que suele desembocar cuando llega a Twitter gente perteneciente a esa facción (no me refiero a Quillo) y vuelca todas sus inquinas contra jugadores a los que supuestamente adoran.

En cuanto a mí, y ya he explicado por qué, ¿qué otra cosa puedo ser sino un madridista happy? Después de la Séptima, el Madrid me ha colmado de bonus con tal prodigalidad que no podíais esperar  de mí una actitud presta al mandoble y el desahogo. He recibido tantas y tan generosas dádivas inesperadas que, inevitablemente, ante un mal partido tiendo al sosiego y la esperanza de enmienda antes que a la leña con el árbol caído (es mi árbol; es mi leña cuando otros la despiezan). No es que no me desespere y no suelte algún improperio durante el juego cuando las cosas van mal, en eso soy como cualquiera o más que cualquiera. Pero me presento en Twitter, o en La Galerna, o en el plató de televisión, con las putamadreadas ya soltadas en la intimidad. Cuando el Madrid pierde, procuro asegurarme de haber desatado mi ira antes de salir de casa. El equipo que me ha hecho feliz con semejante exceso no merece menos, me parece. Y criticaré lo que crea conveniente criticar en el entendido de que los que de verdad manejan el asunto suelen estar más cualificados que yo, lo que me impone una política de prudencia.

2017 ha sido un cuádruple bonus sobre el bonus de la Duodécima. Hemos ganado la Liga enfrentándonos al entramado de corruptelas de Villar, y hemos engalanado dicho doblete con dos Supercopas y un Mundial de clubes.  El año ha acabado mal, pero disculpadme si en el último día del mismo tengo mucho más presente el mejor recorrido anual de la Historia blanca que la preocupante situación en la temporada. Perdonadme los que estáis siempre de puntillas, tal vez pensando que si vosotros lo estáis también lo estarán los jugadores (es conmovedora esa ingenuidad juvenil, y lo digo sin la menor ironía). Por mi parte, me voy a sentar tranquilamente, autoindulgentemente, en el sillón de los recuerdos, y voy a mirar atrás (no tengo que remontarme muy lejos) para dedicarme en relajados cuerpo y alma a sentir gratitud. Desearé también que 2018 traiga nuevos regalos en forma de bonus, y que si se presentan yo nunca pierda de vista que lo son.