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Mi once histórico más simpático (John Falstaff)

Mi once histórico más simpático (John Falstaff)

Escrito por: John Falstaff24 julio, 2021
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Bueno, pues aquí está mi once. No ha sido una elección fácil, porque el libro de mis afectos madridistas está lleno de estampas que amenazan con reventar el volumen que las contiene, y cuyo número no deja de crecer. Pero vamos allá.

Cañizares. Puesto que hablamos de simpatía, la portería no puede estar ocupada sino por Cañete, tío simpático donde los haya. Hay dos Santis grabados a fuego en la memoria de mi pasado, dos Santis que impresionaron mi existencia con la marca indeleble de la admiración incondicional reservada a los ídolos verdaderos: Santi Rico y Santi Cañizares. Si algo representó siempre -aún representa- Cañizares es el gracejo, el salero, el donaire. A mí Santi Cañizares siempre me subyugó por su sentido del humor, por esa facilidad innata para reírse de sí mismo, para no tomarse demasiado en serio. Era abrir la boca Cañizares y escaparse las sonrisas como palomas desenjauladas; era oír unas declaraciones suyas y ver salir el sol por entre las nubes; era escuchar su verbo estampado y sus animosos jeribeques de porfiado aspirante a valdanágoras, y alargarse el día y alejarse la noche. Deportivamente, le tocó la ingrata tarea de servir de traviesa en la que el club pudiera apoyar el pie para hacer la transición de Buyo a Illgner, y en la que la selección hiciera lo propio para pasar de Zubizarreta a Casillas. Y como el destino con frecuencia se ceba con los mejores, cuando por fin parecía que le tocaba abandonar la suplencia, aprendió al mismo tiempo que para perfumarse los pies conviene extraer la colonia del frasco antes de administrársela, y que las grandes lecciones de la vida imponen a menudo un alto precio en forma de Mundial a tomar por retambufa y suplencia de Casillas para los restos. Imposible no quererlo.

Cañizares Casillas

Diogo. ¿Quién es Diogo? No lo sé, y apuesto a que usted tampoco. Sin embargo, parece ser que jugó -es un decir- en el Real Madrid. Cuentan las crónicas que se desempeñaba en el lateral derecho, que vino del River Plate, donde alcanzó la titularidad muy joven, y que fue internacional por Uruguay. Si bien mi desconocimiento del tal Diogo me impide reseñar las condiciones futbolísticas del personaje (dando por bueno que las tuviera), mi madridismo cabal no puede sino abrazar efusivamente esa singularísima capacidad para el mimetismo, ese camuflaje vital, ese hacerse invisible y confundirse con un entorno tan inconfundible como es el madridismo. Ha habido casos de absolutos negados para el fútbol que, sin embargo y por inexplicables razones, han acabado recalando en el Real Madrid, pero siempre lo han hecho a costa de soportar la befa y mofa o la amarga crítica del madridismo, llámense Gravesen, Pablo García, Spasic o Freddy Rincón. Pero ninguno consiguió lo que consiguió Diogo: estar y no estar a la vez. Suele decirse de algunos ex-jugadores que, si bien ellos pasaron por el Real Madrid, el Real Madrid no pasó por ellos. Diogo, sin embargo, es el único jugador de la historia del Real Madrid de quien puede predicarse que ni el Real Madrid pasó por él ni él pasó por el Real Madrid. O sea, una discreción madridista de doble derivada. Ahí es nada.

Pablo García y Diogo

Salguero. Salguero era un central bajito que, salvo en lo tocante a su estatura, seguía a rajatabla los cánones tradicionales que establecen que un central ha de ser feo, malencarado, hosco y, puestos a pedir, más torpe que un besugo con el balón en los pies. Pero Salguero atesoraba además una virtud singular que despertó mis simpatías hacia él y que le ha reservado para siempre un lugar prominente en el altarcillo de mi madridismo: una inigualable facilidad para anotar goles en propia puerta. Los marcaba en toda ocasión y circunstancia, desde todos los sitios y lugares (a veces, creo recordar, incluso desde el hotel de concentración), y le era indiferente hacerlo con una u otra parte de su cuerpo. Ya fuera la cabeza, la pierna derecha, la zurda o -como era frecuente- la rabadilla, el balón acababa colándose en la portería de un Agustín atónito y desencajado. De hecho, resulta sorprendente que a ningún entrenador se le ocurriera ponerle de delantero centro con la sencilla añagaza de hacerle creer que jugaba de central y que la portería rival era en realidad la propia que a él le tocaba defender. Así, Salguero fue un incomprendido, y ello le impidió ocupar el puesto de honor que le habría correspondido en la historia mundial de los goleadores de haber dado con un entrenador capaz de explotar sus extraordinarias virtudes. Por otra parte, Salguero jugaba siempre con la expresión un poco pasmada, como diciendo "no sé qué hago aquí si yo tendría que estar jugando en el Burgos", lo que demuestra que, sobre la estatura, tampoco compartía con el prototipo clásico de central una supuesta cortedad de luces.

Pepe. Pepe era -es- un central portugués que no era portugués y que no se llamaba Pepe, y eso ya debería bastar para asegurarle un puesto de titular en este once de las simpatías más entrañables.  Era, eso sí, un central canónico, de los de meter la pierna y resolver las disputas por el procedimiento abreviado. Pero además Pepe fue un adelantado a su tiempo: fue un futbolista fluido, si bien en él la fluidez no se predicaba del sexo sino del estado emocional. Pepe era capaz de pasar por todos los estados emocionales en un mismo partido, con frecuencia varias veces, y de hacer parada y fonda en alguno de ellos, sobre todo los que le permitían armar una bronca gorda o patear repetidamente a un rival en el suelo. Un tipo entrañablemente perverso, epítome de la bellaquería, que se hacía querer por todas las aficiones rivales y por la inmensa mayoría de los medios de comunicación. Su entrenador lo defendió públicamente de los ataques que recibió y él se lo pagó de la única manera que podía esperarse: mediante una traición que consumó y redondeó el pérfido perfil del personaje. Todas las historias, incluso las de equipos simpáticos, necesitan un malvado y Pepe es el mío.

Pepe

Drenthe. Drenthe fue un jovencito holandés que jugaba al fútbol como conducía: alocadamente y chocando contra las farolas. Drenthe jugaba al fútbol como hablaba Fraga: a todo correr y sin que se le entendiera nada. La culpa no fue suya, sino del club, que no le llevó al logopeda para ver si así conseguía vocalizar un poco más en su fútbol, que era atropellado, de torrentera, confuso y, ya digo, ininteligible.  El fútbol de Drenthe era el vals Aceleraciones pero a 2.000 rpm y sin respetar el compás del tres por cuatro, y así no había manera de evitar pisar a la pareja, que fue el Real Madrid, y los pasos salían atolondrados y apresurados: una vorágine de movimientos desordenados, un perpetuum mobile, un molto agitato con muchos pies pero sin ninguna cabeza que daba como resultado una suerte de alocado desmaño. Así, Drenthe pasó en un abrir y cerrar de ojos de lateral izquierdo del futuro a lateral izquierdo del pasado. Inútil intentar resistirse a la ternura que tal circunstancia produce irremisiblemente en toda persona de bien.

Kaká. Kaká estaba llamado a ser la estrella y el rock´n roll del equipo, pero la cosa salió más en plan María Ostiz sin Ignacio Zoco. De Kaká podría decirse que fue un total eclipse of the heart si Bonnie Tyler no hubiera resultado demasiado rockera para el propio Kaká. Y es que Kaká, al menos desde que vino al Real Madrid, siempre jugó al fútbol como sospecho asistía a misa: con una guitarra en la mano. Porque para él el fúbol era una celebración de la vida, y es sabido que no hay celebración de la vida como Dios manda sin una guitarra con la que amenizar la fiesta, sobre todo cuando uno es un joven sano y formal como siempre fue Kaká. Es verdad que la guitarra molesta ligeramente cuando uno trata de jugar al fútbol, y ciertamente a Kaká no sólo le producía una lentitud que paradójicamente fue creciendo a velocidad de vértigo según pasaban los meses, sino que también en ocasiones le distraía un poco, de manera que su juego a menudo parecía algo ausente. Pero claro, no se puede estar al alba de Aute y al balón. Vayan los goles que dejó de marcar por aquellos memorables partidos con que nos obsequió, en los que no dejaba de interpretar a boca cerrada (y acompañándose con la guitarra, naturalmente), los sonidos del silencio para nuestro deleite.

Prosinecki

Prosinecki. Prosinecki. Qué madridista no siente debilidad por Prosinecki, faro y guía de los jugadores de cristal que en el mundo han sido. Jugar, jugó poco, es verdad, ¡pero qué bien se nos lesionaba! Una rotura fibrilar por aquí, un pinchacito por allá, una recaída por acullá, y así hasta batir todos los récords habidos y por haber. Los servicios médicos del club no encontraban explicación a tal afición por las lesiones, e intentaron ponérselo difícil al bueno de Prosi. Le endosaron un dentista que le arreglase la dentadura, le hicieron innumerables análisis de sangre para descartar infecciones, le buscaron un psicólogo que aventara sus murrias de inmigrante. Pero todo era en vano: Prosinecki, inasequible al desaliento, se rompía que daba gusto, y con él se rompían nuestras esperanzas de ver al gran jugador que nos habían prometido. Fue un inadaptado que somatizó todos los males del Madrid de la época y sólo encontró refugio en el tabaco, que consumía desaforadamente. Además, uno veía su aspecto desvalido en el campo, con la mirada triste, la cara huesuda y angulosa, y ese porte larguirucho, desgalichado, fané y descangallado, y no podía reprimir las ganas de adoptarle. Y justamente eso fue Prosinecki: un niño de acogida en el Real Madrid. Fue uno de los nuestros aunque nunca fuera uno de los nuestros, o tal vez precisamente por ello. Imposible no encariñarse con él.

Guti. Lo que siempre me fascinó de Guti fue su voluntad férrea, su determinación insobornable, esa obstinada porfía por triunfar en el fútbol. Lo que la naturaleza le negó en forma de habilidad para el fútbol, lo puso él a fuerza de trabajo, esfuerzo y disciplina. ¡Qué manera de disputar los balones, qué denuedo en perseguir la victoria, qué pundonor en la derrota! Guti vivía por y para el Real Madrid, y se cuenta que jamás dedicó un segundo a mirarse en el espejo. Nadie, en la historia del club, ha perseguido la gloria con más arrojo y con peores condiciones. Tal vez le perjudicase esa facha de Redondo de postguerra, como venido a menos, que podía inducir en algún aficionado desavisado la falsa impresión de que se trataba de un jugador cuya calidad técnica, por sobresaliente, le colocaba en inmejorable posición para constituirse en futbolista diferencial, a poco que supiera aprovechar sus cualidades. Pero Guti siempre se sobrepuso a esas expectativas irracionales que nunca dejaron de perseguirle y demostró, gota a gota de sudor, la falacia del adagio determinista que sostiene que quod natura non dat, Salmantica non praestat. O al revés, no sé.

Robben

Robben. Robben, como Prosinecki, fue otro jugador propenso a las lesiones y aún más inadaptado que el croata. Cuando fue presentado en el Real Madrid, afirmó que estaba viviendo "un mundo de ensueño porque soy jugador del Real Madrid, soy blanco", pero en ese momento le habría hecho falta a su lado un P. Tinto que le dijera (a él y, de paso, a Calderón) aquello de "Panchito, hijo, tú eres negro". Porque lo cierto es que Robben nunca llegó a ser blanco en el sentido madridista del término; muy al contrario, sólo se encontró en su medio natural cuando emigró a nuestra némesis bávara. Robben se peleó con todos los entrenadores que tuvo en el club -y tuvo unos cuantos- y siempre fue un tipo intrínsecamente antipático, incluso -o sobre todo- cuando pretendía hacerse el simpático, como el día de su presentación en el Bernabéu. No triunfó en el Real Madrid pero sí dejo innumerables enemigos, que apreciaban su antipatía innata, la hosquedad de su carácter, su proceder ladino y su condición de perdedor revirado y ponzoñoso. "Oiga, ¿pero esto no va de elegir a los más simpáticos?" se estará preguntando usted, despierto lector. Pues sí, pero qué culpa tengo yo si me alegré tanto cuando salió del club que le guardo cariño eterno desde entonces.

Anelka. Durante las largas semanas previas a su fichaje, nos convencieron de que Anelka era un artista. Una vez comenzó a jugar con el Real Madrid, descubrimos que más que artista era autista, lo cual, si bien se mira, era una aproximación bastante cercana a lo prometido. Un auténtico atleta de los que gustan a Guardiola, de imponente presencia e inalcanzable zancada, de los que dan lustre a las ceremonias previas a los grandes partidos. Un hombre embarcado en un interminable viaje hacia el centro de sí mismo. Un rostro inexpresivo y una mirada impenetrable, un futbolista que no dijo una palabra más alta que otra en el año que jugó en el club, mayormente porque nunca dijo nada. La doctrina historiográfica moderna es unánime al afirmar que cuando Churchill empleó aquella expresión de "un acertijo envuelto en un misterio, dentro de un enigma", no se estaba refiriendo a Rusia, como se creía hasta hace poco, sino al jugador francés de fugaz paso por el Real Madrid. ¿Que por qué está en esta selección? Pues no, no es por su decisiva contribución a la Octava mediante su rutilante desempeño en aquellas semifinales contra el Bayern de Munich, sino por un logro infinitamente más meritorio: fue el único jugador que consiguió alterar la pachorra de Del Bosque, quien lo apartó del equipo por indisciplina. Estarán conmigo que ese éxito, por sí solo, concede a Anelka un lugar de privilegio en el corazón de los madridistas por los siglos de los siglos.

Anelka

Morata. Brillante producto de nuestra cantera, Morata es una panoplia de virtudes. En primer lugar, una voluntad indesmayable de triunfo que se le concentra en esa mirada ceñuda y algo torva, y en una tensión corporal a la que no es ajeno ningún músculo de su anatomía, y que es tan intensa que en ocasiones lleva a uno a preguntarse si está intentando triunfar o más bien liberar alguna incómoda presión intestinal, y dispensen ustedes la referencia escatológica. En segundo lugar, una fe en sus propias posibilidades inmune a la tozuda realidad y que le lleva a reivindicarse de una manera que haría sonrojar a la proverbial abuela. Porque, y aquí descansa otra de las grandes cualidades de Morata, nuestro hombre nunca ha tenido pelos en la lengua, lo que le ha llevado a protestar amargamente por verse relegado al banquillo de forma inexplicable en favor de Cristiano y Benzema, que ya se sabe que son, junto al resultado, los grandes impostores de la historia del Real Madrid. Por otra parte, Morata siempre ha sido un visionario que soñaba desde niño jugar en los doscientos diecinueve equipos por los que ha fichado, lo que constituye a la vez un récord mundial en el negociado de cumplir sueños de la infancia, y uno de los grandes misterios de la humanidad, por cuanto pone de manifiesto que el inmenso talento de Morata nunca ha acabado de encontrar asiento y acomodo en lugar alguno del planeta fútbol. Me malicio que eso, unido a su maestría para fallar goles cantados, provocaa cierta infelicidad en nuestro hombre, lo que podría explicar - al menos en parte- esa mueca de estreñimiento a la que nos referíamos antes y que con frecuencia adorna sus facciones. Sirva su inclusión en esta selección de jugadores simpáticos como un modesto intento de reparar tamaña injusticia histórica y moral.

 

Fotografías: Imago

 

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En el prosaico mundo real me llaman Eduardo Ruiz, pero comprenderán ustedes que con ese nombre no se va a ninguna parte, así que sigan llamándome Falstaff si tienen a bien. Por lo demás, soy un hombre recto, cabal y circunspecto. O sea, un coñazo. Y ahora, si me disculpan, tengo otras cosas que hacer.

14 comentarios en: Mi once histórico más simpático (John Falstaff)

    1. Cierto, pero es que se trata de elegir un once, y siempre se van a quedar fuera nombres importantes. Yo, por ejemplo, no me puedo quitar de la cabeza a Vítor, Woodgate, Secretario, Emerson, Cassano, Congo, Magallanes, Petkovic...

  1. ¿Pero qué maravilla es ésta, pero este señor por qué no escribe más a menudo? ¿Pero por qué tenemos que aguantar a los Ichus y a los Quillos teniendo a este señor?

    1. Reconozco que escribe muy bien y con mucho ingenio el articulista. Y también he tenido el pálpito de una especie de “off the record”. Un poco canibal, eso sí. Bastantes burlas intentan hacer los antis a costa del Madrid, como para añadir el “fuego amigo”.

    2. Miraremos su problema con atención, Lestat. A ver si lo que sucede es que no paga usted suficiente por leer La Galerna. ¿Cuánto paga? ¿Tiene usted la versión Normal o la Premium?

  2. Animamos Mr Falstaff a que continúe con esta galería de retratos, más allá del once inicial. Candidatos a ser retratados sobran, desde el cariño.

  3. To' loco me he quedado con el once del gran John Falstaff. Buenísimo.

    Ahora, debo confesarlo, que no termino de cogerles el mismo nivel de cariño, bueno...a Guti, sí.

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«El estilo del Barcelona consiste en vestir de azulgrana, ganar copas del Rey y la queja y la constante atención en qué hace el Real Madrid, cuyo estilo consiste en jugar de blanco y ganar copas de Europa».

✍️🏻Nanook The Eskimo a vueltas con el estilo.

https://www.lagalerna.com/estilo-real-madrid-y-barcelona/

Qué gran análisis de la noche de gloria blanca a cargo de @Pacurll y de Freddie Mercury, in that order.

Vía @lagalerna_

https://www.lagalerna.com/el-real-madrid-ganara-la-liga-2/

Hoy no hay dudas, el MAN OF THE MATCH es para @marcoasensio10.

@JesusBengoechea le escribe una carta para notificárselo.

https://www.lagalerna.com/asensio-man-of-the-match/

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