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Gravesen, el mastín danés

Gravesen, el mastín danés

Escrito por: Antonio Valderrama19 enero, 2016
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Ha pasado un tiempo, pero la sección 'Hijos de la Década' no podía caer en el olvido. No, todavía no. Me permito la bufonada de regresar con uno de los, quizá, más célebres hijos del destino madridista de la primera década del siglo XXI: Thomas Gravesen, nuestro querido mastín danés.

Thomas Gravesen, oriundo de la ciudad danesa de Velje, en Jutlandia, llegó al Madrid a comienzos del 2005 como envuelto en una ola espumosa: euforia, socarronería general y expectación. Tenía 29 años; venía avalado por cinco buenas campañas en la Premier y una actuación de cierta relevancia con Dinamarca en la Eurocopa del verano anterior, en Portugal. Sobre todo, Gravesen era su cara: un cráneo limpio de pelo, unas orejas despegadas, unos maxilares afilados, las cuencas de los ojos hundidas y dos bolas blancas dentro de ellas que parecían ventanucos al Mäelstrom. Daba, ciertamente, algo de miedo, a pesar de su hablar pausado y de su sonrisa perenne. O precisamente por ello.

Todo lo que sé de Dinamarca lo aprendí con Borgen. Porque Gravesen es otro mundo gutural, arcaico, primitivo, hecho de violencia sorda y tejido con los dientes crujidos de las víctimas de todos sus tatarabuelos vikingos puestos en fila. Uno detrás de otro. En los ojos de Gravesen había, cosida a las pupilas, toda la sangre de Groenlandia, de Inglaterra, de Asturias y hasta de Canadá, que derramaron sus ancestros conquistadores y salvajes. Debutó una noche fría de enero de 2005, en un partido que terminó 3-1 contra el Zaragoza. Fue la noche en que Figo destrozó la rodilla y la carrera de César Jiménez, aquel buen hombre. El Bernabéu recibió al danés como Las Ventas saludaría a un bombero torero. Corría estrafalariamente, moviendo las manitas hacia atrás, como una chiquilla. Y sonreía. No paraba nunca de sonreír.

Jugó 35 partidos con el Madrid. Metió un gol. Un buen gol. Un gol que firmaría hoy Toni Kroos. Al Deportivo. Pelota rebotada en la frontal, llega Gravesen, todo el mundo al suelo. Y en vez de sacar el mortero de artillería, dispara con la Glock de porcelana. Plac. Con rosca al palo corto, suave, desmintiendo la apariencia, como si un vikingo saltase del drakkar y al tú agacharte esperando el hachazo, va y te pincha el corazón con un estilete de esgrimidor. Finamente. Lo trajo Vanderlei Luxemburgo, quien había debutado en el partido de siete minutos el día de Reyes, frente a la Real, cuando Ronaldo le hizo la cola de ídem a Labaka y Zidane protagonizó el que sería su tercer regalo de Epifanía, pues aún quedaba un cuarto para el que tendríamos que esperar once años más. En lo que restó de temporada, fue titular.

Gravesen era mediapunta, o lo que por entonces estaba de moda decir: centrocampista llegador, medio adelantado del 4-3-3, pulmones inagotables y acaparador de la segunda línea. Nada más aterrizar en Madrid se le pidió que renunciase a su naturaleza impulsiva: vas a ser stopper, le dijeron, y a Tommy, como se le llamaba en la prensa amarilla deportiva (Cuatro y aquel excelso programa, ya saben, cómo se llamaba) se le cayeron los palos del sombrajo. Tuvo que embridar, durante año y medio, su fuego innato. Su violencia genética, corrosiva, que en el verde se materializaba en entradas duras, tackles constantes, actitud pendenciera y una irrefrenable tendencia a estar en todas partes. A estar bien, me refiero. A que se notara su presencia. En un derby derribó a Torres, y mientras el 9 rojiblanco se quejaba en el suelo, Gravesen se acercó a darle la mano, para levantarlo. Al ir a cogérsela Torres, Tommy se la retiró, burlón, y se marchó descojonándose. Anidaba en Gravesen un espíritu infantil, con todo lo que los niños tienen de cabrones: ese hacer daño gratuita e impunemente, pero sin maldad, que es como la maldad se plasma de verdad en su estado más puro, que es el de la inocencia.

Formó parte del once en la eliminatoria contra la Juve, la del despeje de Raúl Bravo a la frontal, en la prórroga, hacia los pies de Zalayeta. Esos despejes producen en mi cabeza asociaciones de ideas confusas: se me figuran a que debe ser como acostarse en invierno y dejar el gas abierto. La muerte dulce. Gravesen asistió a la penúltima recorrida memorable de Ronaldo Nazario, aquella noche en Delle Alpi, que terminó en el poste de Buffon. Fue titular también en el 4-2 al Barcelona de Ronaldinho, el éxtasis famélico con que acabó esa Liga. Al año siguiente le dio tiempo no más que a fomar parte de la inenarrable medular con que el Real saltó al césped del Gerland de Lyon, de donde saldría con tres agujeros en el pecho y una fama negra perdurable: Gravesen-Pablo García, con Baptista, Robinho y Raúl por delante. Titadine y Goma 2 Eco. Pero mustia.

 

Durante la 2005-2006, apenas jugó. Quedó relegado. Aquel año se marchó Florentino, y el Madrid terminó despidiendo a Zidane, eliminado en Highbury Road, entrenado por el actual seleccionador de Omán, y con un interregno donde Matusalén era el presidente. Volvió de vacaciones, y el mastín danés se encontró con Capello en la caseta y con Ramón Calderón en la tribuna de honor: no se tienen noticias de que se cruzara por Valdebebas con Vlade Divac. Gravesen le dio una hostia a Robinho durante la concentración estival en Suiza y Capello lo largó a Glasgow. En el Celtic recuperó la verticalidad de box-to-box, y un fútbol sin duda más apropiado para su condición de corsario de la pelota que el que España podía ofrecerle.

Pero del Celtic también tuvo que irse, de nuevo al Everton. Allí fue incapaz de reverdecer sus laureles de gloria y volvió a Escocia. Con 32 años, sin equipo, dejó en marina seca su bajel pirata, enterró el hacha y desapareció. Se separó de la modelo danesa a la que llevaba a la feria, sin ser abril ni nada, y no concedió más entrevistas a la prensa de su país. Sin embargo, la vida posterior al fútbol de Gravesen parece tan dadaísta como su propia carrera: tan bien parece haber invertido la viruta ganada, que su fortuna alcanza, según la prensa de Dinamarca, los 100 millones de euros. Vive medio año en Velje, donde tiene un apartamento de 250 metros cuadrados, y otro medio en Las Vegas con una agente inmobiliaria checa. El futbolista danés más famoso después de Laudrup, inventor de driblings que harían llorar a Darwin y aún recordado en los mentideros del madridismo con una mezcla de fascinación y miedo, se dedica a gastar dinero. Como los buenos. Sin tener idea, ni falta que le hace, de eso que se ha dado en llamar La Década, de la que es tan símbolo como pueda serlo Fernando Martín Agromán, o Nanín, el Errejón antes de Errejón.