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Nunca (En respuesta a José María Faerna)

Nunca (En respuesta a José María Faerna)

Escrito por: Manuel Matamoros19 septiembre, 2015
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Con José María Faerna, Número 1 -para mí no sólo de los Faerna, sino de mis referencias galernautianas-, comparto experiencias remotas de una Patria lejana, en el sentido de la expresión de Rilke. De ellas trae causa su forma de ver el fútbol. Seguramente hundirá sus raíces en las entradas de 10 pesetas, sólo para niños y militares sin graduación, del gallinero de Padre Damián, a las que la experiencia se ve que ha ido vistiendo, brote a brote, de referencias para la reflexión, árbol de sabiduría a cuya sombra uno se sienta confortablemente a leer. Quizá por eso, compartimos una forma de ver el fútbol. Y quizá por eso, también, a los dos nos ofenden los pitos a los nuestros, que constituyen el motivo del artículo a una de cuyas tesis incidentales brevemente respondo.

“Históricamente, -dice Número 1- el Bernabéu ha pitado cuando al equipo le entra la caraja, y yo no tengo nada que objetar: son pitos que dicen que así no.” Yo, sin embargo, sí tengo algo que objetar: Nunca frente al enemigo.

El único atlético no antimadridista que conozco suele decirme que el fútbol tiene sus códigos, y no respeta a quien no los respeta. Dando por cierto su aserto, añadiré que el primer código del fútbol es animar al que falla. Lo sabe, y en general, lo practica, cualquier jugador aficionado de campo de tierra. Puede constatarlo quienquiera que se acerque a un partido de barrio cualquier fin de semana. Cuando rompes ese código, pitas al que yerra en un marcaje, falla un gol cantado, o se deja el balón en una finta, el fútbol te devuelve un jugador sin confianza, mutilado en sus capacidades, atenazado por el miedo a cometer el siguiente error.

El año que nací vio también la luz “Las Cosas del Fútbol”. Asistido del bisturí finísimo del humor más lúcido, esta obra diseccionó el fútbol de aquél tiempo. Sus principios generales, sin embargo, resultan de asombrosa actualidad en el fútbol de este tiempo, tan distinto. Pablo Hernández Coronado, persona clave en la construcción del Real Madrid y del fútbol español, reprocha al espectador ciertas actitudes poco inteligentes, que coinciden con esas mismas costumbres sobre las que Número 1 dice no tener que objetar. Eso sí, demuestra que cuando José María nos dice “históricamente”, lo dice con verdadero fundamento.

Xabi-Alonso-Mascherano-Barca-OKAS

Ya no hay tranvías, y si los hubiera daría lo mismo. Excepto a Xabi Alonso, jamás nos encontraríamos en un tranvía a un jugador del Madrid. En la obra citada, Don Pablo, que antes había sido futbolista, declaraba admisible que un socio pegara un estacazo en un tranvía a un jugador que no se empleó con el debido entusiasmo; nunca, nunca, en cambio, que en el campo contribuyera a rebajarle la moral. Claro que, en la jerarquía de deberes de los socios que establecía Don Pablo, la obligación de animar al equipo estaba por encima de la de pagar puntualmente el recibo, que declaraba sagrada con toda lógica pragmática, porque de su puntual cumplimiento dependía que pudiera llevar todas las semanas a casa su sueldo de Secretario técnico del Madrid.

El sueldo de José Ángel Sánchez sólo en un 8,7% depende hoy de que los socios paguemos puntualmente los recibos. Y sin embargo, un elevado porcentaje de ellos consideran ésta su única obligación. De aquí derivan el supuestamente recíproco derecho de convertir nuestro Bernabéu en el campo más incómodo del mundo para nuestros jugadores, si les da la gana a dichos socios, que para eso pagan.

No podré nunca compartir esa actitud de cliente engreído. La relación de un socio con su equipo es de naturaleza emocional, no comercial. Es una comunión con jugadores, técnicos y, sobre todo, el resto de los socios en una aspiración común: la victoria. Contribuir a desmoralizar a los jugadores de tu equipo es apartarse de esa comunión, pasarse al enemigo, traicionando al resto de los socios.

Cuando peor lo hace un jugador, o cuanto más difícil le resulta al equipo superar al enemigo, más ánimos necesita. Y sí, comparto con José María que la decepción por la falta de compromiso, no tanto como el disgusto por el desacierto, pero incluso éste, se puede expresar, y se debe. Pero que sea como José María nos relata que sucede cuando la acorazada de picar, que decía el inolvidable Joaquin Vidal, se retira a sus cuarteles en Las Ventas. En eso viene a coincidir con Don Pablo. Como en Madrid no hay tranvías, en “Otro Bernabéu es posible” los de Primavera Blanca, que también coincidimos con Don Pablo, propusimos, hace años, un pacto al Madrid: agradeciendo a la afición su aliento, los jugadores deben despedirse desde el centro del campo después de los partidos, y sólo ése será el momento de la censura, si la merecen.

Quizá el destino tenga reservado a Sergio, por cuya afición taurina se le presume conocedor de la costumbre que cita Número 1, ser el capitán que cambie la actitud indiferente del equipo en las despedidas. Eso ayudaría mucho a los aficionados a recordar, después de cada partido, la comunión de aspiraciones a que me he referido antes, para no traicionarla en el siguiente. Los miles de seguidores que venimos al campo decididos a animar al equipo, sin esperar a que el equipo nos anime a nosotros, seguiremos mientras tanto demostrando, durante los partidos, que tiene que cambiar la actitud patológica de un público espectador que hace muchos años traspasó los lindes de la exigencia, en que escuda su implícito complot con el enemigo, para instalarse en el territorio de la pura ingratitud.