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Los perros ladran, pero el Real Madrid avanza

Los perros ladran, pero el Real Madrid avanza

Escrito por: Mario De Las Heras14 diciembre, 2017
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Ayer no pude ver el partido en directo. Lo fui siguiendo a ratos por medio de Twitter y algún chat, y aquello parecía la Revolución Rusa o algo peor. Yo creí que estaba aconteciendo el sitio de Sebastopol donde no un solo Tolstoi sino muchos narraban con impresionante realismo la terrible crudeza de la guerra contra el Al Jazira, palabras mayores. Menos mal que voy cumpliendo años y empiezo a sospechar. Aunque en lo referente al Madrid no sospechar de la sangre y de los gritos sería una temeridad adolescente como cuando uno de pequeño se creía a pies juntillas las portadas de los diarios deportivos y después empezaba a perorar por ahí con una sabiduría que era como para empezar a darle golpecitos en la cabeza como al anciano de Benny Hill hasta conseguir callarle de una vez.

Yo esas cosas las pensaba pero no las llevaba a cabo, he de decir. A mí las portadas y el ruido me daban más bien igual. Yo siempre esperaba a Estudio Estadio para formarme una opinión, o mejor que eso una imagen. Los resúmenes de los partidos eran tan extensos y tan vivos y tan planos que apenas dejaban sitio para la manipulación informativa. Yo viendo aquel programa los domingos por la noche me sentía tan ilusionado como Orwell en la Barcelona del POUM. Se iba uno a dormir contento y presoñador recordando todos esos detallitos del Buitre (los ponían todos esos detallitos, de verdad, y además se regodeaban en ellos) para intentar emularlos al día siguiente en el patio del colegio.

Vi el partido más tarde y me acordé de Estudio Estadio y de todo ese respeto informativo acabado, esa pausa valorativa que sin duda debía de servir para aplacar esos ánimos populares, al contrario que los programas y locuciones actuales donde mayormente encienden una hoguera y luego bailan alrededor del fuego periodistas y exfutbolistas y otros hombres y mujeres de fortuna sucediéndose así los rituales en las casas y en las gradas de los estadios y en los bares como si se viviera de aquelarre en aquelarre y no de partido en partido. Y no sólo me acordé del Estudio Estadio auténtico por los comentarios de los comentaristas en los que subyacía sin remedio una fijación malsana por los "errores" en el juego del Madrid en detrimento de la constatación de un más que notable juego sin aciertos en la portería contraria, sino precisamente por ese más que notable juego, que nada, absolutamente nada, tenía que ver con lo que transmitía el infierno de Twitter, o incluso mis chats más serenos.

Hice la prueba y aparte de la locución de Televisión Española probé a escuchar otras locuciones radiofónicas y entonces comprendí el por qué del sitio de Sebastopol o, más que eso (más quisiera semejante estilo), el por qué de esas batallas all estilo de Mad Max o al aguafuerte goyesco emborronado en Twitter o en el bar de donde sale entreverado el odio más absurdo y más antiguo. Es la fantasmal ausencia de gol, no la que genera la crítica soez y violenta y soterrada sino la que utilizan todos esos voceros, profesionales y aficionados, para presentarnos ávidos el Guernika cada día que juega el Madrid. Ya no es subjetividad sino carroñerismo.

Pero no es una historia nueva, naturalmente. Lo que sí son nuevas son las formas, y si no nuevas sí son formas subidas un peldaño más en esta escalada "informativa" cada vez más cercana al periodístico hooliganismo, incluso al violento, contra el Real Madrid. Luego, o ahora mismo, algunos se echarán las manos a la cabeza, pero ese odio exacerbado, ancestral y salvaje no lo provoca el Madrid sino quienes hablan del Madrid. Y todos, salvo escasísimas excepciones, no es que hablen mal sino que cuentan extraordinarias bajezas, algunas pronunciadas con inimitable grosería y otras con siniestro engolamiento de alipori y cobarde preponderancia monjil cuando no se trata de la equidistancia cómplice, que han ido calando y siguen haciéndolo en el dúctil y maleable caletre del aficionado.

El escarnio público (único y exclusivo en el mundo) al que son sometidos uno detrás de otro los jugadores del Madrid (actualmente es Benzema el muñeco del pim pam pum: al respecto diré que su juego mantiene intacta su elegancia y la caprichosa intensidad de su genio, y que el equipo más que un nueve necesita un exorcista), exagerando sus defectos y obviando sus virtudes, magnificando esos fallos para ponerlos a la altura de las inmoralidades (las inmoralidades dentro de esos principios de Groucho Marx, por supuesto) demuestran esta persecución sedienta e implacable y metida intramuros (casi intravenosamente) donde a pesar de todo, como dice el proverbio árabe, tal es la grandeza incomparable del Madrid: los perros ladran pero la caravana avanza.