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Los fantasmas atacan al jeque

Los fantasmas atacan al jeque

Escrito por: Pedro Lancha24 diciembre, 2021
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Relato ganador del II Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad de La Galerna

Por sus orígenes y su formación, era una persona reacia a celebrar la Navidad. Pero, si vives en Europa y estás allí para hacer negocio, hay ciertas excepciones que uno debe observar. La de aquella tarde consistía solamente en acudir a un evento lleno de personalidades relevantes de Francia en la que, además del correspondiente cóctel, se llevaría a cabo una representación teatral inspirada en la famosa obra de Dickens Cuento de Navidad.

El escenario era el famoso Teatro de la Bastilla. No era la localización más bonita de París, pero la nevada caída la noche anterior, junto con la cuidada iluminación navideña tan típica de la capital francesa, hacía que hasta una persona tan acostumbrada al lujo se sintiera abrumada por la belleza de la estampa, capaz incluso de sobreponerse a esa anodina arquitectura de la Plaza de la Bastilla, que no hace justicia a los acontecimientos que allí se vivieron hace más de dos siglos.

La entrada fue la protocolaria. Saludos a políticos y empresarios, además de innumerables comentarios relacionados con Messi y otra ristra de solicitudes para asistir al Palco del Parque de los Príncipes la próxima jornada de Champions. Es lo que tiene ser el presidente del equipo de futbol más importante de la ciudad. En ciertos momentos te hace estar más solicitado que el propio alcalde de la urbe.

Tras la recepción llegó el momento del acomodo en las butacas. El teatro nunca le gustó, además la historia no le entusiasmaba, pero al menos le aportaría una hora y media de calma y recogimiento. Las luces se apagaron, la representación sobre un escenario que evocaba un Londres victoriano comenzó y, sin saber por qué, una sensación súbita de somnolencia se apoderó de él.  Se dejó llevar por ella. Al fin y al cabo, ¿a quién le importaba la historia de un cascarrabias que se vuelve bueno por navidad?

Su siguiente recuerdo fue estar sentado en un banco. La ciudad la conocía, había estado más veces y aquella zona en concreto le sonaba aún más. Las obras de un imponente Bernabéu confirmaron sus sospechas sobre la localización. A pesar del frío, unos niños de poco más de diez años jugaban en una zona de tierra de las que aún quedan en aquel bulevar.

Era un simple partido de niños, pero el juego consiguió captar su atención. Los de un equipo parecían sensiblemente mayores y más dotados técnicamente. Aun así, los pequeños sabían mover bien el balón. Daba la sensación de que llevaban tiempo jugando juntos. De repente, su estado de atracción se vio interrumpido por las palabras de un hombre mayor de cuya presencia no se había percatado. Apoyaba ambas manos en un bastón y llevaba una gorra calada de estilo castizo. Aunque su acento porteño delataba su origen.

—Te conozco —le dijo—, andás buscando siempre buenos jugadores para llevarlos contigo. Te diré que para saber quién es el mejor no basta verlo en videos gambeteando o pegándole duro. Para saber quién es el mejor hay que conocer al jugador dentro y fuera del campo. Debe ser alguien que quiera ganar siempre. Que trate de ser el mejor en cada entrenamiento y momento de su vida, que obligue a sus compañeros a dar lo máximo también. Pero sobre todo —le dijo haciendo un gesto con la barbilla para que dirigiera su vista hacia los chicos. En ese momento los que parecían más débiles hicieron una genial jugada que remataron con un espléndido taconazo—, recordá: ningún jugador es tan bueno como todos juntos.

En ese momento la niebla que rodeaba todo el Paseo de la Castellana se hizo espesa hasta alcanzar una densidad que impedía la visión más allá de un palmo. La silueta del viejo se difuminó llevando todo a una visión gris plomo brillante en la que sólo se percibía el reflejo de algunas luces navideñas.

Su siguiente visión le hizo cambiar totalmente de escenario. Ahora estaba sentado en una tumbona de playa. Era aún de noche, pero la claridad del nuevo día asomaba por detrás del espigón que delimitaba una cala. Seguía siendo invierno, pero un invierno mucho más benévolo que el de Madrid. Los restos de un espeto, aquella temperatura, la arena y ese mar le recordaban mucho al de la Costa del Sol que el bien conocía por sus estancias marbellíes. A escasos metros apareció un hombre que andaba dando toques a un balón a un ritmo que acompasaba la cadencia del movimiento de los mástiles de las embarcaciones del vecino puerto deportivo. Su habilidad era propia de alguien que no juega al fútbol solo por diversión. Un último toque llevó el balón intencionadamente a los pies de Monsieur Al-Khelaifi. Nuestro protagonista se lo devolvió con las manos.

—Para ser un hombre de fútbol, usas poco los pies —le dijo su nuevo interlocutor con marcado acento malagueño. El directivo no supo qué decir y encogió los hombros en señal de duda. El lugareño siguió hablando—. Me han contado que andas jugando a querer ser presidente del mejor club del mundo —comentó con tono amistoso —. Pues te diré una cosa: un club se hace grande a base de épica. De lucha. No es sólo cuestión de tácticas y forma física. La camiseta hay que sentirla. Quererla hasta el punto de dar la vida por ella si hiciera falta. Yo lo sentí así y soy leyenda. Lo último que hice antes de morir fue apoyar al equipo de mi vida... y no me arrepiento de ese final.

Y sin mediar otra palabra cogió la pelota y la pateó hacia el mar. Nasser siguió la trayectoria y quedó deslumbrado por el sol que ya asomaba en el horizonte. Volvió la mirada y aquel hombre ya no estaba. Efectivamente, él era un hombre de fútbol y la cara de su interlocutor le era muy familiar. Pero no era capaz de concretar. Instintivamente salió de la playa a través de la pasarela de madera que le llevaba hasta el paseo marítimo. Allí siguió andando sin rumbo claro hasta alcanzar una plaza coronada por un busto que le recordó de inmediato la cara de aquel misterioso malagueño. “El pueblo de Fuengirola a su hijo predilecto Juan Gómez González, Juanito” leyó en el pie de la estatua. Apenas continuó diez pasos hacia la calzada cuando las luces de un coche se abalanzaron sobre él. Esta vez todo se fundió en negro.

El viaje continuaba, súbitamente apareció en el porche de una casa de playa. También parecía un pueblo mediterráneo. Un hombre mayor estaba sentado en unas sillas de forja. Jugaba al solitario con una baraja española. Lo hacía con calma y un estricto cumplimiento de las reglas, a pesar de jugar contra sí mismo. Comenzó a hablar.

—Si las cosas no salen a la primera, hay que seguir intentándolo —dijo recogiendo el mazo de cartas tras haber fracasado en su intento de cerrar la última escalera que pintaba espadas—. Amigo, sé lo que persigues desde hace años. Es admirable, pero nada fácil. Sólo déjame que te diga un par de cosas. Seré breve, es nochebuena y no me atrevería a hacer esperar a mi mujer y a su cordero asado. Así que escucha —se giró y le miró directamente a la cara—: si quieres un club grande, no busques hacer negocio para tu beneficio, aléjate del lujo, ten un despacho austero, invierte pensando en el bien del club sin olvidar el largo plazo, es probable que las mejores inversiones sean aquellas cuyo resultado ni siquiera disfrutes tú como presidente. Y, sobre todo, si algún día quieres que tu club sea tratado como un club grande, no dejes que nadie, por muy importante que sea, considere que está por encima del club. Ni siquiera tú.

Acto seguido se escuchó una voz femenina que llamaba a un Santiago a la mesa. De forma automática se levantó de su silla y se dirigió a la puerta.

—Te invitaría, pero creo que tienes que marcharte.

En ese momento un estruendo de aplausos le devolvió al teatro en París. Instintivamente se unió a la ovación. La obra había terminado. Había dormido durante todo el espectáculo. Pero la sensación de aquel sueño tan “Real” le había dejado tocado.

Salió del patio de butacas, andando como un autómata. En su camino repartió algunas insignias del club y varios carnés de simpatizante. No se fijó a quién lo hacía. Salió a la calle.

Avisó a su chófer y le indicó que le llevara a casa. El camino obligaba a cruzar la ciudad. Aturdido por sus visiones, y superado de nuevo por la grandeza de París y su Torre Eiffel, pensó que quizá no tenía sentido seguir invirtiendo esfuerzos en construir algo que ya existía. Esa idea de club ideal que tanto anhelaba crear era ya el Real Madrid. Y, por desgracia, ni su dinero ni el de nadie podía comprarlo.

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24 comentarios en: Los fantasmas atacan al jeque

  1. Justa elección.
    Felicidades a su autor y a la redacción de La Galerna.
    Os deseo una muy feliz Navidad a todos los amigos de esta web y amantes de nuestro querídisimo club.

  2. Un cuento emocionante, felucudades al autor
    Es lo que sentimos los madridista, el Real Madrid es algo especial que tranciende de lo racional, como ha demostrado en innumerables ocasiones, la últimas esta semana en futbol y baloncesto
    Orgullo madridista
    Hala Madrid

  3. Muchas gracias a todos por los comentarios y a La Galerna por el premio y organizar el certamen. Enhorabuena a todos los demás participantes que han sido publicados por la calidad de los textos, los cuales dan aún más valor al premio. Feliz Navidad a todos y ¡Hala Madrid!
    Pedro Lancha

  4. Enhorabuena, me ha gustado mucho. Tal cual lo dices, el sueño de naser ya existe y las imitaciones son siempre peores q el original. La historia no se puede comprar.

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