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Los Atleti-Barça: todo es amor

Los Atleti-Barça: todo es amor

Escrito por: Jesús Bengoechea14 abril, 2016
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Imaginemos por un momento que, en lo más álgido de una batalla de cuartos de final de Champions League, con un marcador apretadísimo, Cristiano Ronaldo aprovecha un salto en el área para estampar su codo contra el ojo de Godín, que a resultas de la agresión queda hinchado como un tomate maduro. Los once jugadores que el Atleti tuviera sobre el campo más los del banquillo más todo el cuerpo técnico más una prima segunda del Mono Burgos que estaba de paseo por Madrid habrían rodeado al luso, que habría sido increpado y pateado en el tobillo por lo bajini durante interminables minutos de gresca suprema que en comparación habrían convertido a los Hateful Eight de Tarantino en los Birli y Birloque de Los Teleñecos. Después, todos los jugadores que el Atleti tuviera sobre el campo más los del banquillo más todo el cuerpo técnico más Rubén Amón más los sesenta y tantos mil espectadores presentes en el Calderón habrían detenido físicamente el partido hasta confirmar la expulsión de Cristiano, no ya la expulsión del campo, sino la expulsión del territorio nacional y aun de la Unión Europea con destino a algún gélido e inhóspito páramo siberiano.

Resulta que el protagonista de la agresión a Godín no fue Cristiano sino Suárez, porque el partido no era un Atleti-Real Madrid sino un Atleti-Barça, lo que dibuja un panorama radicalmente distinto por más que la agresión hubiera sido idéntica. Se le afeó muy severamente a Suárez su conducta por parte de algunos futbolistas atléticos, quienes circunspectos rogaron mesura al uruguayo. Y se le exigió terminantemente que no vuelva a hacerlo, no al menos hasta que no vuelva a salirle de los dídimos el comportarse de esa guisa. Al fin y al cabo, ya habían sido indulgentes con él en la ida, cuando pateó impunemente a Juanfran. Al árbitro apenas se le dijo nada, ni entonces ni ahora. “Unas veces te dan y otras te quitan”, suponemos pensaron.

simeone amor

Imaginemos por un momento que en los últimos estertores de un Barça-Real Madrid de cuartos de final de Champions League se produce en el área madridista una jugada que podría cambiar el destino del cruce. Sergio Ramos propina al balón un grosero manotazo. El cobro del penalti correspondiente puede desembocar en el empate de una eliminatoria que en ese momento sonríe a los blancos, pero el árbitro saca del área la infracción, pitando falta. Los once jugadores que el Barça tiene sobre el campo (aquí no necesitan a los del banquillo porque los once, muy experimentados en estas lides, se bastan y se sobran) rodean al árbitro, que gira como una peonza en medio del vórtice tratando de hallar un hueco donde sus pupilas no topen con otras pupilas iracundas. La turbulencia, claro, tiene su continuidad en el post, donde futbolistas, técnicos y directivos culés achacan al centralismo más atroz la magnitud del robo y Franco tiene tantas menciones que se da de baja en Twitter.

Pero resulta que no es un Barça-Madrid sino un Atleti-Barça, lo que, habiéndose dado la jugada descrita (aunque con otros protagonistas), desemboca en otra cosa muy distinta, porque el manotazo descarado al balón no ha sido de Ramos sino de Gabi, y la posibilidad de quedar eliminados no se concreta ante el adversario atávico sino ante un club digno, amigo, hermano o amante (yo no sé). Así que el Barça protesta al árbitro, claro, porque la pena máxima es de libro, pero dentro de unos límites someros, y en las entrevistas posteriores, por contraste con lo que se habría dado frente al Madrid, abundan las declaraciones versallescas. “El árbitro no ha tenido nada que ver en nuestra eliminación”, dice Jordi Alba sin prorrumpir en espumarajos de ira. “Felicitamos al Atlético porque ha sido superior”, sentencia Bartoméu, a punto de besar el micrófono como quien olfatea un madroño.

neymar amor

A mí todo esto, conste, me parece muy bien. Me parece muy bien que ganara el Atleti (me alegro sin saber si nos interesa más o menos, llevado de la simple visceralidad de quien profesa por unos un desagrado ligeramente inferior al que siente por otros) y me parece muy bien que las buenas maneras cundan, así, en general. Es sólo que el contraste con determinadas hipótesis, como las expuestas, resulta demasiado chocante.

No importa. El madridismo vive horas felices y lo único que sugiere, llevado de su proverbial buen gusto, es cierto comedimiento en la efusión erótica, especialmente cuando hay millones de personas viendo estas escenas en televisión. Vayan a un hotel. Moët et Chandon y fresas rezumantes, cortesía de sus odiados enemigos, les esperan allí. Y lo mejor de todo: no hace falta que nos lo agradezcan.

Editor de La Galerna (@lagalerna_). @jesusbengoechea