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LAUDATO SI, REAL MADRID

LAUDATO SI, REAL MADRID

Escrito por: John Falstaff26 junio, 2015
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Escribo estas líneas impulsado por la lectura de la cariñosa admonición que en las páginas de La Galerna el Padre Suances nos dirige a los madridistas a propósito de la encíclica Laudato Si del Papa Francisco. He leído sus dulces palabras con delectación -¿cómo, si no?- pero tengo que decir que nuestro Pater, sin duda llevado por su natural bonhomía y por la mansedumbre que la Iglesia impone a sus ministros en relación con las enseñanzas del obispo de Roma, naufraga lastimosamente en el intento de acercar el objeto de su análisis a la orilla madridista. Porque la encíclica Laudato Si, sobre ser un truño indigesto adscrito al más rancio ecologismo, está informada desde la cruz a la raya de un rotundo y radical antimadridismo. De hecho, si no fuera por su esforzada prosa burocrática, pesada y fastidiosa, que la inhabilita para figurar en estas ilustres páginas, me tomaría la libertad de sugerirle al editor de La Galerna que le diera cobijo en El Córner del Anti.

Así que me perdonarán que me inmiscuya en los dominios naturales de nuestro pastor dominical para dar mi visión al respecto. Lo hago con modestia pero con determinación, y empujado únicamente por el noble deseo de que la justicia y la verdad prevalezcan en asunto tan grave cual es la exégesis de los textos pontificios desde la óptica madridista. A ello me obliga una simple pero firme convicción: el Padre Suances está equivocado y yo no. Con cristiana humildad lo digo.

Con carácter preliminar y al objeto de evitar cualquier prejuicio equivocado bajo cuyo prisma podrían malinterpretarse estas líneas, permítanme aclarar dos extremos. En primer lugar, nada más lejos de mi ser que el anticlericalismo militante; carezco de trauma alguno que me incite a odiar a la Iglesia, a la que reconozco grandes virtudes, si bien a menudo amputadas e incluso anuladas por aún mayores defectos. Es más, como botón de muestra de mi generosidad de espíritu, confieso que tengo un hermano sacerdote al que, pese a ello y a su condición de culé, quiero entrañablemente (por cierto, la concurrencia en su persona de ambas circunstancias -cura y barcelonista- no es algo que yo atribuya enteramente a la mera casualidad). En segundo lugar, quiero dejar claro que hablo con conocimiento de causa porque -ya que estamos metidos en confesiones- admito no sin cierto rubor que me he embaulado la encíclica de arriba a abajo, sin anestesia ni nada.

Sentadas las anteriores consideraciones previas, entremos en materia y comencemos por el principio. Como señala el Padre Suances , en el preámbulo de la encíclica el Santo Padre rememora estas palabras de San Francisco de Asís: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba”. Recuerda, algo más adelante el Papa, llevado sin duda por un bucólico arrobamiento que le hace deslizarse peligrosamente por una pendiente que sólo puede desembocar en una analogía entre el santo de Asís y la Julie Andrews de Sonrisas y lágrimas, que "Así como sucede cuando nos enamoramos de una persona, cada vez que él (Francisco de Asís) miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas". Bien, digamos sin ambages lo que ustedes sin duda ya estarán pensando: Francisco de Asís, además de santo, era un cursi de campeonato. El hecho de que Bergoglio lo tomara como inspiración a la hora de elegir nombre para su pontificado ya nos puso a los más avisados sobre la pista de que nada bueno podía esperarse de este papado. Esta encíclica es una nueva prueba de que no nos equivocábamos; por desgracia, no es la primera ni se adivinan razones que inviten a pensar que vaya a ser la última.

Desconozco exactamente qué experiencias propias o ajenas tiene el Santo Padre en materia de enamoramiento, pero no veo yo por qué razón enamorarse y ponerse a cantar tiene que ser necesariamente todo uno. Habrá quien diga que los madridistas cantamos el himno del Madrid o de la Décima movidos por nuestro amor al Real Madrid, pero no es así. Cantamos esos himnos como los guerreros cantan los himnos de guerra antes de la batalla o como los All Black bailan la danza maorí antes de los partidos: para congregar a los dioses de la victoria e insuflar de ardor guerrero a las tropas, y para infundir el miedo y el desánimo en el adversario. Bueno, y en el caso del madridismo, también para restregar al mundo pícaramente que la gloria nos pertenece a nosotros  y no a ellos. Por más que rebusco, no encuentro en todo ello el menor atisbo de amor, como no sea de amor a la victoria. El madridismo, señores, es muchas cosas, pero ninguna ñoña. Queda, por tanto, descartada cuaquier semejanza o parentesco del Real Madrid con el tono relamidamente pastoril que impregna a la encíclica desde el latinajo del principio hasta el "Amén" del final, y que la hermana con el ecologismo sandía más montaraz.

Pero hay más. Afirma el ministro de Dios en la Tierra que "hay demasiados intereses particulares y muy fácilmente el interés económico llega a prevalecer sobre el bien común" y, no satisfecho con ello, se despacha aseverando que "los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana". Creo que se hace innecesario subrayar la no tan velada condena que estas palabras encierran de todo lo que representa el madridismo: el éxito, el triunfo, la acumulación de victorias, la riqueza y la gloria ganadas con el esfuerzo, la meritocracia, la fe en la igualdad de oportunidades pero no en la igualdad de resultados, el orgullo de ser y saberse mejores. Un madridista, señores, no va por la vida pidiendo perdón por su éxito, sino presumiendo legítimamente de él. Por eso nos odian los inferiores, y por ello continuarán haciéndolo. Hermanos en la fe madridista: no permitan que el infiltrado del antimadridismo en San Pedro les haga dudar sobre la rectitud moral de su proceder. Lo inmoral sería conformarse con menos de la excelencia; lo inmoral sería no disputar cada partido y cada campeonato, sino pensar que hay que redistribuir los títulos; lo inmoral sería renunciar a lo que nos hace grandes o avergonzarnos de ello.

papa francisco

Por otra parte, las torticeras acusaciones del Papa a los "poderes económicos" que nunca se molesta en identificar, recuerdan demasiado a las acusaciones que el Real Madrid padece por parte de sus enemigos con relación a cercanías pretéritas al régimen de Franco, a supuestos favores arbitrales, a ser el equipo que más gasta en fichajes, a carecer de más valores que el talonario, etc. Poco importa que un sólo vistazo a la realidad baste para desmentir tales acusaciones, como poco importa que la historia demuestre que el capitalismo trae infinitamente más riqueza y prosperidad -por no hablar de libertad- que cualquier intento de instaurar el socialismo. Las soflamas se siguen repitiendo como un mantra hasta que calan en la conciencia de los incautos. No caigan ustedes en la trampa.

Pero si todo lo anterior ya es de por sí una invitación a la apostasía desde una conciencia madridista, lo más sangrante de las palabras de Francisco es la referencia a que tanta maldad y tanto egoísmo -nuestra maldad y nuestro egoísmo, recuerden- constituye un ataque a la dignidad humana. Eso, señores, supone cruzar la línea roja de lo tolerable en el frente antimadridista. Esto es volver la realidad del revés y sostener que lo blanco es negro con premeditación, alevosía, ensañamiento, descampado y cuantas agravantes contempla y ha contemplado el Código Penal a lo largo de la historia. Nadie, ni siquiera Segurola, se había atrevido a tanto. La dignidad humana es demasiado importante para permitirse hacer demagogia a su costa. Voy a tratar de explicar, provisto de un ejemplo y de humildad franciscana, qué es la dignidad.

Miren ustedes, mientras me dejaba las pestañas y la paciencia en la encíclica escuchaba distraído una playlist anodina en Spotify, y de repente me estremecí con la voz lírica y desgarrada de Edith Piaf, ese frágil y orgulloso gorrioncillo que nació a la sombra de una farola de París, fue criado con biberones de vino barato y creció en un burdel entre caricias tristes y tiernas de putas.  Esa voz, que estaba llena de mala vida y que anunciaba lúcida la muerte, nacía de los abismos más oscuros del alma, allá donde nunca llegaron ni la luz del sol ni la de Dios. Y sin embargo, emergía con fuerza el Non, je ne regrette rien, desplante a la vida cantado con la frente alta y la moral por el suelo, y a mí me emocionaba el orgullo incólume del perdedor, el llanto seco de quien ya lo ha llorado todo.

Como muy bien sabemos los madridistas, ésa es la auténtica dignidad de la persona, que no tiene nada que ver con ganar o  perder, sino con no darse nunca por vencido. La dignidad es hacerle frente a la vida y pelear hasta el final, y en eso el Real Madrid es el faro del mundo. Le disguste a Villar o al Papa Francisco.

De manera que, ténganlo claro nuestros enemigos, toda tentativa de inocular entre el madridismo cualquier sentimiento de culpa por su grandeza está condenado al fracaso, así venga dicho intento signado con el sello pontificio de Franciscus. Porque el madridismo responderá suavemente, sin inmutarse y sacudiéndose el polvo de la solapa, lo que exclamara aquella diminuta cantante francesa que acumuló con la misma fruición sufrimiento y compañeros de cama: No, no lamento nada. ¡Nada de nada!

Alabado seas, Real Madrid.

En el prosaico mundo real me llaman Eduardo Ruiz, pero comprenderán ustedes que con ese nombre no se va a ninguna parte, así que sigan llamándome Falstaff si tienen a bien. Por lo demás, soy un hombre recto, cabal y circunspecto. O sea, un coñazo. Y ahora, si me disculpan, tengo otras cosas que hacer.

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