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La sangre de Cristiano

La sangre de Cristiano

Escrito por: Antonio Valderrama11 julio, 2018
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Como en el cuento de Pedro y el lobo, el río sonó otra vez con el agua de que se iba Cristiano y poca gente lo creyó. Mas esta vez era verdad. El río no lleva agua: lleva un torrente que arrambla con todo. Principalmente, con nueve años que han cambiado la Historia del Madrid. El equipo de los futbolistas-nación pierde a la superpotencia, al músculo ganador. Con Ramos y con Modric, Cristiano formaba el Big Three. A una Copa de Europa con el Madrid de igualar a Di Stéfano, Ronaldo se va recortándose la silueta oscura de su figura en el marco de la puerta del Bernabéu, haciéndose cada vez más pequeñito mientras monta a caballo enfilando Monument Valley, como John Wayne al final de Centauros del desierto.

Conviene recordar lo que era el Madrid en el verano de 2009. Una institución que estaba, como decía Lopera del Betis, en la UVI. Le estaba atropellando el camión de la Historia, conducido por Messi. Debajo de sus ruedas había acabado tras la borrachera de Ramón Calderón, que duró dos años. Por el medio se había ido dejando a jirones su prestigio y su orgullo, en el campo y en la tribuna. El edificio amenazaba con derrumbarse. Llegó Florentino. Con Florentino llegó Cristiano.

Con Cristiano, el Madrid se negó a perder. Perdió mucho, no obstante. Pero la causa de aquello, en esencia, fue la negación previa. El Madrid no se rindió. Los primeros años fueron terribles. Probablemente determinaron el carácter del equipo cuando llovieron los laureles del triunfo. La rebelión que representó el segundo florentinismo se encarnó en Cristiano porque no había nadie mejor, no era posible transubstanciación más perfecta: un tipo orgulloso, indomable, excéntrico en su grandeza, que se quiere por encima de todas las cosas y que anhela dominar confiando hasta el extremo de un demente en sus propias posibilidades.

Cristiano es el reflejo que devuelve el espejo del Real Madrid. A lo mejor por eso el madridismo del Bernabéu nunca lo integró del todo, nunca lo hizo suyo. Se parece demasiado a la camiseta blanca, es casi un calco de lo que esconde el espíritu del madridista. Una animalidad agresiva, un ansia feroz por conquistar y destruir que, a veces, no resulta agradable ver materializado en algo tan físico, tan completo, tan tangible y reconocible. Cristiano es, en carne y hueso, el desiderátum nunca del todo satisfecho de una afición que ama vencer como el caníbal el olor de la carne y de la sangre humana. Cristiano es el retrato que Velázquez hizo de Inocencio X. Troppo vero.

 (...) un tipo orgulloso, indomable, excéntrico en su grandeza, que se quiere por encima de todas las cosas y que anhela dominar confiando hasta el extremo de un demente en sus propias posibilidades.

Ronaldo se marcha con una media de más de un gol por partido, y ha jugado casi quinientos de blanco. Ha despojado los récords de todo significado más allá del estadístico, ha destruido la mitología de los números porque ha conseguido algo mucho más importante en la alta literatura del fútbol mundial, que es la presencia. Esto se ha visto especialmente bien durante los últimos tres años, sobre todo esta temporada pasada. Cristiano caminaba sobre una alfombra y los rivales asentían con aprensión protegiéndose instintivamente del hachazo. Incluso cuando no jugó bien su nombre condicionó la mentalidad de los adversarios: en Lisboa y en Milán con el Cholo, en Munich y Madrid con Heycknes, en Kiev con Klopp.

Una animalidad agresiva, un ansia feroz por conquistar y destruir que, a veces, no resulta agradable ver materializado en algo tan físico, tan completo, tan tangible y reconocible.

Cuando Ronaldo abandonó al subcampeón de Europa para venir al Madrid ya era balón de oro y campeón de una competición en la que el Madrid no superaba los octavos de final desde hacía cinco temporadas. Se puede aventurar que, a medio y naturalmente largo plazo, él pierde más tomando la decisión de marcharse a la Juventus. Parece, del mismo modo, evidente que el Madrid pierde mucho en el corto plazo. Muchísimo. También es sencillo presumir que su decadencia está próxima porque tiene 33 años y cumple 34 en febrero. Era fácil decirlo en 2016. Ronaldo lleva tres años muriendo en otoño y resucitando en carnaval. Sus últimas tres temporadas han destruido todas las ideas preconcebidas que campaban a sus anchas en el mundo del fútbol sobre la vejez de un deportista profesional, su decrepitud, su fosilización, su inutilidad. Han sido un desmentido detrás de otro. Ronaldo ha ido haciéndose mejor a cada año; con cada pérdida de alguna de sus habilidades innatas adquiría otra nueva, más letal, más pulida, más efectiva. Ya no dribla, casi no centra, participa cada vez menos en el desarrollo del juego y marca, efectivamente, menos goles: pero cada vez resulta más mortífero cuando está temblando el mundo y la Historia, sentada en su diván de mármol, mira y juzga.

No se sabe por qué motivo Ronaldo dejó de estar contento en el Madrid y pidió el traspaso. Quizá con los años afloren las razones. Se puede especular. Florentino, quien tanto acude al legado de Bernabéu, consiguió su Di Stéfano y ahora, también, su cisma. Las dos grandes personalidades de la Historia moderna del Madrid, junto con Zidane y Ramos, han chocado como en su día chocaron las del Madrid viejo. El Madrid de Zidane se miró tanto en el antiguo retrato que ha terminado mimetizándose incluso en las despedidas. Dicen que Di Stéfano tomó como un agravio personal el ofrecimiento que le hizo Bernabéu de crear un cargo nuevo ad hoc para él, el por entonces inédito de general manager: al orgullo del gigante le ofendió que lo considerase inválido para la competición cuando todavía tenía dos piernas y venía de disputar otra final de la Copa de Europa. Los genios tienen un laberinto dentro del pecho y a veces la cuerda de Ariadna con la que se sujetan al mundo, simplemente, se rompe.

En el día de San Crispín los ingleses vencieron en Francia y le regalaron a Shakespeare la batalla de Agincourt. De ella salió el discurso de Enrique V. Éramos pocos, éramos felices, éramos hermanos de sangre. El día en que Cristiano Ronaldo abandona el Madrid uno se acuerda no de las cuatro finales de la Copa de Europa, la Tierra Prometida por la que cada uno de los madridistas sobre la faz de la tierra soñaba el día de su presentación (con el triplete de Messi y Guardiola aún caliente). Se acuerda, en cambio, de un miércoles santo del año 2011, apocalíptico. Una noche poco relevante en 116 años de historia de un club. Una noche sencilla, una final de Copa. ¡Cuántas finales de Copa no ha jugado el Madrid! Sin embargo, no fue una cualquiera. Fue el principio de algo hermoso, y terrible, algo que hoy se termina: una década salvaje que salvó al Madrid de la benfiquización y lo devolvió a la senda del liderazgo en el nuevo siglo, el siglo de Messi, de Abramovich y de las petromonarquías del Golfo. Aquella final de Copa en Valencia fue cuando Ronaldo vertió su sangre junto al resto del pueblo madridista en armas, haciéndose hermano suyo, para siempre.