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La Octava: ¿Patita fea?

La Octava: ¿Patita fea?

Escrito por: Jorge Garcia Vela29 octubre, 2015
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El carácter español es muy particular. A su inconfundible prepotencia, que enmascara en cierto sentido del humor, se suma un gusto por regodearse en sus miserias, una autoflagelación algo esquizoide.

Estas constantes, quizá, son las que nos llevan a conocer al dedillo, o al menos de oídas (en el caso de las víctimas de la LOGSE), lo sucedido con la Armada Invencible en 1588 -incluso exagerándolo, ya que no fue tanto una victoria inglesa como un desastre provocado por los fenómenos climatológicos- o la derrota en Trafalgar en 1805.

Pregunte usted a cualquiera por La Armada Invencible o Trafalgar y al menos habrá oído decir que “nos zurraron bien”, que "hicimos el ridículo”, que "pecamos de prepotentes y nos ganaron los ingleses” o algo por el estilo.

En cambio, pocos conocen a Blas de Lezo: un héroe español de verdad, de los que uno puede sentirse orgulloso, que venció a los ingleses, en una batalla más desigual que la que enfrentó la famosa Armada Invencible, en el sitio de Cartagena de Indias en 1741. Pregunten, pregunten si han oído hablar de Blas de Lezo y alguna de sus hazañas… Verán que divertido.

Y es que al gusto lógico por la épica, algo universal, siempre atractiva y emotiva, nosotros añadimos cierto complejo de inferioridad injustificado.

Por supuesto, esto se traslada al madridismo, que es un subgénero increíblemente peculiar de la propia humanidad, aunque de manera especial, ya que no es que desprecie sus éxitos sino que los minimiza en muchos casos, llegando a hablar más de los problemas y fracasos que de las hazañas. Me he encontrado con gente que recuerda mejor lo que ocurrió en Alcorcón que el resultado y goleadores de la Octava Copa de Europa… Acuérdense, algunos decían que la Novena fue “vergonzante” y que la Décima, si no llega a ser porque "sonó la flauta" de Ramos, no engalanaría las vitrinas. Así se obvian, en el primero de los casos, nuestras ocasiones y méritos, así como, en el segundo, un hecho innegable: que quien de verdad tuvo suerte de llegar a la prórroga en Lisboa fue el Atlético, que no tiró  a puerta en todo el partido.

Quizá se trata del olvido por exceso de éxito. El caso es que, hablando de la Octava Champions, siempre me resultó curioso esa consideración de la “copa pobre”, la que menos llama la atención y más olvida la gente, cuando en realidad fue la más gloriosa y contundente de la época moderna, la que nos confirmó como potencia europea después de tantos años. Esa falta de épica en la final parece haber recluido a la Octava en un segundo nivel, haberla convertido en la “Patita fea” de las grandes copas.

la octava real madrid

Hablamos de una Champions sin épica en la Final, pero que fue un éxito mayúsculo, el más contundente de todos, el que nos asentaba como dominador europeo, el que con la Novena confirmaría la mayor hegemonía en la competición en la era moderna.

La Final enfrentó a un Valencia que se midió al Bayern en la primera fase de grupos y al Manchester en la segunda, clasificándose en ambas de una manera brillante -aun sin ganar ninguno de los duelos directos contra ellos-, y un Madrid que salió goleado en sus encuentros contra el Bayern en la segunda fase de grupos. Recuerdo cómo muchos antimadridistas trataban de despreciar nuestro recorrido por aquella Octava Copa de Europa engrandeciendo al Valencia, que hizo una competición excelente, comparando rivales de grupos, pero obviando de nuevo que nosotros dejamos en el camino a Manchester y Bayern de Munich en la fase final de eliminatorias… Un juego de niños, vamos.

No bastó esto para que la Octava se grabara a fuego en la psique madridista. Que el rival fuera de la competición doméstica y la victoria tremendamente contundente parece que le restó atractivo a la cosa, minimizando momentos tan sublimes como el gol de McManaman haciendo una volea en tijera hacia delante o la carrera en solitario de Raúl hasta la meta. ¡Qué poco se valoran estas cosas! ¡Con lo que me gustan a mí los partidos tranquilos!

Curiosamente lo que sí se grabó en el imaginario colectivo madridista fue aquella jugada de Redondo en Old Trafford que terminó con gol de Raúl, ¡en cuartos de final!

Debe reivindicarse esta Copa de Europa porque instauraba un estado de ánimo casi desconocido en el madridismo de las últimas décadas. La paz y la tranquilidad.

La Séptima fue como llegar a una fuente sedientos tras un gran esfuerzo: tragamos su agua con ansia desesperada, con grandes boqueadas irremediablemente satisfactorias, hasta saciarnos, hasta empacharnos. La Octava, en cambio, es el deleite que se recibe con una sosegada sonrisa y la cálida satisfacción de saborear un buen licor sentado en tu sillón favorito ante una chimenea que chisporrotea susurrándote que el deber esta cumplido. Sí, es menos intenso quizá, pero jodidamente satisfactorio: se disfruta enteramente, de principio a fin.

La Octava no despierta la pasión de otras, pero reafirmó nuestro estatus ante esa lujosa chimenea adornada de éxitos pasados. La Octava es el eco de la gloria instaurada, asumida. Por eso no tiene el prestigio ni la repercusión de otras, como la Séptima, que terminó con treinta y dos años de sequía en la competición, pero nos confirmó en lo más alto de Europa, demostrando que no fue casualidad ni flor de un día lo que ocurrió dos temporadas antes. No dejó una volea como la de Zidane, el colmo del placer estético, pero sí dejó la de Macca, que fue excelsa también. No llegó a última hora con las paradas de Casillas o el gol salvador de Ramos, pero pudimos disfrutar de la gloria de noventa minutos de aplastante superioridad.

Por todo ello, y entusiasmándome todas y cada una de las Copas de Europa conquistadas, veo necesario reivindicar a la “Patita fea” de las Champions. Yo soy muy de la Octava.