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La octava maravilla de Europa

La octava maravilla de Europa

Escrito por: Athos Dumas30 mayo, 2017
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La Liga 1999-2000 fue un absoluto desastre para el Real Madrid. Empezamos bajo la dirección de JB Toshack, rondamos los puestos de descenso, llegó en otoño Vicente Del Bosque, a duras penas logramos un ignominioso quinto puesto, tras Deportivo (campeón), Barcelona, Valencia y Zaragoza. ¡Tan solo un punto más que el Alavés, sexto!

Aún recuerdo con nitidez el último partido de liga ante el Real Valladolid en un Bernabéu semivacío y muy enfadado, en el que, bajo el arbitraje de Iturralde, los pucelanos ganaron 0-1 un domingo 21 de mayo.

Tres días después, tan solo tres días, se iba a jugar la final de la UEFA Champions League en el Stade de France de Saint Denis (en la periferia parisina) ante el Valencia. Las finales aún se disputaban en miércoles.

Nadie, absolutamente nadie daba un mísero maravedí por la victoria madridista. El Valencia había arrasado en semifinales al Barcelona (con goleada incluida en Mestalla por 4-1) mientras que el Madrid, tras su gesta en Manchester en cuartos (2-3 con el caviar de Redondo), eliminó milagrosamente (con goles de Nicolas Anelka en la ida y en la vuelta), a un Bayern de Múnich francamente demoledor (y que a su vez nos había derrotado por dos veces en una liguilla que sustituía a los Octavos de Final).

Sanchís y Fernando Hierro, nuestro eje central, estaban ambos lesionados. En aquella plantilla tuvieron minutos nada menos que jugadores casi olvidados en nuestra memoria como Julio César, Ognjenovic “el Átomo”, Geremi o Elvir Baljic. Negros presagios para la final. El equipo carecía de autoconfianza.

Recuerdo que, aunque no me tocaron las entradas en el sorteo, no tuve grandes dificultades en conseguirlas. Habíamos debatido mis amigos y yo –de nuevo el trío Paco, “el Niño” y yo– sobre si debíamos acudir in situ al matadero o no. El debate duró escasos minutos. Viajaríamos y nos traeríamos a casa la Octava. Sin dudas. Hasta el pesimista de Paco estuvo de acuerdo en eso.

El Valencia, por su parte, se mostraba eufórico. En su último partido de liga ante el Real Zaragoza habían derrotado a los maños por 2-1 y la afición ché despidió a los suyos con el ya mítico “¡Sí, sí, sí nos vamos a París!”, demostrando una total confianza en los suyos para traer la “orejona” a orillas del Turia.

Viaje ya “clásico”, de martes a viernes, la ida en avión y la vuelta en el tren “Puerta del Sol”, en coche cama. Por la Ville lumière me muevo muy bien, no en vano viví varios meses allí, amén de haber ido de turismo o a ver familiares y amigos decenas de veces. Así que había reservado con tiempo habitaciones en un pequeño hotel cerca de la Place de la République, zona no demasiado “pateada” por los turistas, pero a la vez bastante céntrica y bien comunicada con el norte de la ciudad y, por lo tanto, con Saint Denis.

También me había ocupado de reservar en el restaurante Bermuda Onion, en aquel tiempo era muy vanguardista, situado cerca de la Torre Eiffel y de la Estatua de la Libertad parisina. Y, como no, dada mi experiencia en garitos nocturnos, estuvimos velando armas por un par de sitios de jazz en pleno Quartier Latin. Hablando del partido, claro. No teníamos ningún temor a los valencianistas, pese a la gran forma en la que llegaban los Mendieta, Angulo, Djukic, Kily González o “el Piojo” López. La ausencia de Amedeo Carboni en su lateral izquierdo –por acumulación de amonestaciones– pensábamos que podía ser trascendente en el transcurso del encuentro, ya que no tenía un sustituto natural en toda la plantilla.

Noche tranquila, desayuno con tartine au beurre en un café en la Place de La Bastille, y largo paseo por las orillas del Sena mirando viejas novelas decimonónicas en los bouquinistes, y– lo confieso– comprando muchos cómics en lengua francesa: Teniente Blueberry, Blake y Mortimer o algunos Lucky Luke. Mis compañeros de fatigas alucinaban conmigo, ellos ya querían ambiente futbolero y demis de cerveza. Así pues, tuve que interrumpir mis extravagantes hobbies, y nos acercamos a las inmediaciones de la Opéra Garnier, con las terrazas ya rebosantes de hinchas de ambos equipos, para almorzar –la experiencia de la “no comida” en Amsterdam estaba en nuestras mentes, no íbamos a pagar otra novatada– en un elegante restaurante en Boulevard des Capucines, con buen marisco de las costas de Bretaña.

Había bastante cordialidad entre aficiones aunque detecté cierta suficiencia en los valencianistas. Según ellos, nos iban a machacar. No vi ni un solo incidente ni escuché una palabra más alta que otra, la verdad. A los madridistas los veíamos bastante contenidos y algo relajados: quizás por la tranquilidad que nos daba la fe en nuestro equipo, pese a la infumable temporada vivida; quizás por la resignación de que íbamos a ser atropellados sin piedad por los chés.

Había bastante cordialidad entre aficiones, aunque detecté cierta suficiencia en los valencianistas

Antes de ir hacia el Stade de France, aprovechamos para hacer una visita cultural a la Basílica Catedral de Saint-Denis, cuna del gótico galo, y que es también el Escorial de los franceses, ya que allí se encuentran las sepulturas de los Reyes de Francia, desde Dagoberto I hasta Luis XVIII. También reposan allí los restos de militares célebres como Duguesclin o el mariscal Coligny. Lugar de recogimiento cargado de historia, en el que al menos yo me concentré plenamente de cara a la batalla por la Octava.

Finalmente, tras tres férreos controles de mochilas y bolsillos, penetramos en el recinto. El fondo valenciano estaba casi hasta los topes ya, y solo se oían sus cánticos e himnos. Además del “Sí, sí, sí…”, se recordó mucho –y no precisamente con alabanzas– el aún reciente fichaje de Mijatovic (en 1996) por el Madrid. Y eso que Pedja ya no formaba parte de la plantilla.  No me puse a contar uno a uno a los espectadores pero me dio la sensación, como en el Amsterdam Arena, que éramos inferiores en número. Se anunciaron por fin las alineaciones: Del Bosque sacaba defensa de 3, con Iván Campo, Helguera y Karanka, 2 carrileros como Salgado y Roberto Carlos, Redondo-McManaman como pivotes, y delante a Raúl, Morientes y Anelka. Además de a un Iker Casillas que ya se había consolidado como titular pero que acababa de cumplir cuatro días antes 19 añitos.

A veces es malo tener buena memoria: al ver la defensa de los tres centrales, inmediatamente recordé un partido infausto que habíamos jugado apenas un mes antes ante el Racing de Santander, en el que los cántabros nos golearon 2-4 en el Bernabéu, con un baile espectacular por parte de Manjarín, Salva y sobre todo el diablo Munitis (ese partido le supuso ser fichado ese mismo verano por el Madrid). Aquél 2-4 había sido ante Campo-Helguera-Karanka en el eje defensivo. Me dio un escalofrío esa alineación de Del Bosque, la verdad. Dudé por primera vez de la victoria. Pido disculpas por renegar de la fe en mi equipo durante unos instantes.

Para contrarrestar, vestíamos de negro, igual que la noche gloriosa en Old Trafford. Y teníamos siete españolitos empezando de titulares, siete. A mí me es indiferente la nacionalidad de los míos, pero considero que es un dato para destacar.

Al pitar el inicio el colegiado italiano Braschi, hubo algunos arreones por parte del Valencia, en especial en varios ataques conducidos por Gaizka Mendieta, apoyado por Farinós y Gerard. Pronto se vio que el flanco débil era en efecto su defensa izquierdo, donde un diestro como Gerardo García sufrió lo indecible. Pocas ocasiones y poco peligro por ambos equipos hasta que Morientes abrió el tanteador a los 40’ tras pase de Salgado y genialidad (?) de Anelka. El gol de Morientes, pour la petite histoire, era el primero que marcaba un jugador español en final de Copa de Europa nada menos que desde el gol de Serena que significó el 2-1 en Bruselas en 1966 para la adjudicación de la Sexta ante el Partizán de Belgrado. 34 años después se rompía esta larga sequía.

El gol hizo mella en el rival. El Valencia empezó la segunda parte tratando de lograr el empate con ataques sin criterio y por supuesto sin pólvora. Casillas tuve una tarde bastante plácida para lo que todos preveíamos. Todo el mundo recuerda el gol de Raúl a Cañizares en un contraataque fulgurante tras un córner a favor del Valencia, pero lo cierto es que el gol decisivo de la final, el que rompió el partido fue el 2-0 con el disparo de tijera de Steve McManaman en una jugada aparentemente con poco peligro. Corría el minuto 67. El Valencia se dispuso a asediar al Madrid, “la Cobra” Ilie sustituyó al lateral Gerardo y el Madrid se aculó en tablas. Pero no hubo casi ocasiones. Varios lanzamientos de esquina, y más corazón que cabeza. La cabalgada de Raúl González supuso la puntilla tras la estocada previa de Steve. De ahí (75’) al final, olés y olés madridistas -estuvimos cantando prácticamente sin parar toda la segunda parte-, control del partido por medio de Redondo sobre todo, y las sucesivas entradas de Savio Bortolini, y de nuestros dos centrales titulares, Sanchís y Hierro, a los que Del Bosque quiso premiar con algunos minutos. Además, de esta manera, Sanchís iba a poder alzar su segunda –y todos intuimos que última– Copa de Europa. Gran decepción táctica por parte de Héctor Cúper que no supo nunca cambiar la dinámica del partido y que hizo el único cambio de Ilie en un partido físico e intenso, lo cual sorprendió.

A los valencianistas ya no se les oía. Seguían estado en el estadio pero eran meras estatuas de cera, decepcionadas, mudas y tristes. No se acordaban ya de Pedja. No iban a ser los ganadores de la primera final que hubo entre equipos españoles en la Copa de Europa. Su oportunidad la habían dejado escapar, con un planteamiento mojigato y pusilánime. Demasiado centrocampismo. El Piojo estuvo siempre muy muy solo a merced de nuestros tres centrales que, hay que reconocerlo, hicieron un trabajo impecable sin complicarse nunca en ninguna jugada.