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La importancia de las formas

La importancia de las formas

Escrito por: Athos Dumas25 marzo, 2019
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Hace algunas semanas publicamos en La Galerna diversos textos sobre la figura mítica de Raimundo Saporta. Las últimas semanas convulsas sobre la situación del Real Madrid me han hecho volver a aquellos tiempos. Joe Llorente, que conoció y trató con el histórico vicepresidente, me comenta a menudo esa figura a la vez paternal y educativa que él conoció y que para él -y para sus compañeros- fue tan importante.

Hace unos días volvió Zidane, y, pese a que nuestro equipo ha sido descabalgado de todas las competiciones en juego, parece que las aguas se han tranquilizado bastante en el madridismo. Zidane, una vez más, ha aunado a todas las corrientes y parece que, de nuevo, el Madrid seguirá adelante y sobrevivirá a un aquelarre que parecía inminente hace tan solo dos semanas. Sin embargo, no puedo olvidar algunas de las cosas que vivimos la última semana de febrero y la primera de marzo.

Sin saber a ciencia cierta lo que sucedió en nuestro vestuario, sí que se intuye -puesto que no hubo desmentidos- que es inadmisible lo que allí ocurrió, con discusiones, faltas de respeto, subidas de tono, acritudes varias. En definitiva, faltas de educación que, en su día, en los tiempos de Saporta, no solían ocurrir.

Un vestuario de un club de élite no es como una sala de reuniones de una multinacional. Estamos hablando de egos, de estrellas internacionales con unos palmareses fabulosos. En una empresa multinacional, como en un equipo de fútbol, cada cual tiene su rol, pero hay una gran diferencia fundamental: ningún ejecutivo, administrativo o comercial se sienta en el banquillo o se va a la grada una o dos veces por semana. Puede haber discrepancias, pero los conflictos se suelen resolver  a puerta cerrada, ya que son inadmisibles siempre las discusiones a grito pelado.

En el fútbol sí ocurre que varios profesionales ni se vistan de corto en día de competición: por haber entrenado mal, o por el hecho de que sólo pueden jugar un partido como máximo 14 jugadores de un total de 24 o 25, hay al menos 4 o 5 de ellos (podemos quitar a los sancionados y a los lesionados) en cada partido que no van a tener la oportunidad de ayudar al equipo digamos de forma activa. Y si entre esos 4 o 5 hay estrellas, jugadores internacionales, deportistas que han ganado absolutamente todos los títulos habidos y por haber -como suele pasar en el Madrid-, es lógico que surjan fricciones y malas caras.

Pero una cosa es tener excepcionales gestores de personas, y todos coincidimos en que Zidane está en ese escogidísimo grupo, y otra que, semana tras semana, dichas tensiones entre profesionales muy bien remunerados degeneren en escenas y noticias impropias del mejor club del mundo de la historia.

No debería ser admisible ese caudillismo, ese mirar por encima del hombro a un entrenador -o a alguno de sus ayudantes- por el simple hecho de percibir un salario tres o seis veces superior a él. Por no hablar de lo de llegar a contestar a voces y con soberbia al mismísimo presidente de la entidad tras una derrota infamante, como parece ser pasó el 5 de marzo, tras el 1-4 ante el Ajax, y que desposeyó al club, tras más de 1000 días, de la corona continental. Fue, sin duda, una situación desagradable, que se vino a sumar a anteriores desplantes como el que hizo Isco a nuestro delegado Chendo al abandonar el terreno de juego o como las supuestas faltas de respeto de las que todos hablan y nadie desmiente.

Algo que particularmente irrita es el bochornoso espectáculo al que asistimos los seguidores madridistas, todos destrozados tras dos derrotas seguidas en casa en tres días ante el Barcelona, mientras vemos que nuestros jugadores se abrazan y demuestran una tremenda complicidad con sus rivales, delante de las cámaras. Entiéndaseme: a mí me da igual que Ramos y Piqué sean socios de una empresa, o que unos sean amigos íntimos de otros (como Luis Enrique lo es de Michel o Guardiola de Raúl, por no hablar del presente). Pero en unos momentos tan delicados y de bajón absoluto para los aficionados, tras haber quedado fuera de dos competiciones en 72 horas, en el Bernabéu y ante el adversario más feroz, alguien, un Saporta que no existe hoy en día, debería haber aleccionado a los jugadores para enseñarles que esas actitudes se hagan si se quiere en privado y a puerta cerrada -como si se besan y abrazan toda la noche- pero nunca delante de las cámaras, nunca sonriendo ni tapándose la boca para que no se descifren los chascarrillos que están compartiendo.

 

Esa figura parece que no existe en la sección de fútbol. Pero sí en la de baloncesto. Nuestros chicos de la canasta también pierden contra el máximo rival, pero no recuerdo que nunca, al menos en los últimos años, me hayan avergonzado sus actitudes. Tampoco salen a la luz las broncas -que seguro que las hay- en los vestuarios y los piques entre ellos o con los miembros del cuerpo técnico. Mi particular teoría está en la figura del director de la sección, Juan Carlos Sánchez Lázaro, y en su segundo de a bordo, Alberto Herreros. Yo he visto sufrir mucho a ambos, tanto en el palco como a pie de cancha. Viven el baloncesto como nadie y sienten los colores cuales Berserkers u Ojos del Tigre. Pero han creado una atmósfera en el equipo de baloncesto que para sí quisieran los del balompié. Juan Carlos y Alberto viajan siempre con el equipo. Estamos hablando, entre Liga, Copa ACB y Euroliga, de más de 40 desplazamientos al año, pendientes de los técnicos y de los jugadores. Eso supone horas de espera en los aeropuertos, horas de vuelo, horas de hotel y de autobús, horas de entrenamiento. Más la rutina diaria en Valdebebas. Se ha conseguido en los últimos años que el Madrid de baloncesto sea, como en tiempos de Saporta en los años 60 y 70, el equipo más admirado e idolatrado de España y de Europa.

En fútbol, en cuanto a palmarés -sobre todo internacional- no nos podemos quejar. La cosecha de los últimos cinco años ha sido excelente, como la añada de 2015 de Ribera del Duero o la de 2011 para el Rioja. Pero siento que falta algo en el deporte rey. Ganar es maravilloso, pero las formas también lo son. No me gusta ser portada por motivo de motines, alzamientos y groserías. Mi equipo es el Real Madrid, lo quiero y lo adoro. Pero nos vendría muy bien una figura a imagen de la de Saporta para dar lecciones de ética y de educación o una réplica de Juan Carlos Sánchez para nuestra sección de fútbol. Dicha figura debería tener enormes dosis de mano izquierda y unas dotes extremas de liderazgo: alguien a quien respeten y admiren, alguien capaz de motivarles y del que sean capaces de asimilar una regañina o un reproche a tiempo.

Ganar es muy importante, sin duda. Y cuando no se gana lo importante es saber competir en todo momento. Pero no olvidemos las formas: “cuando pierde da la mano”, por supuesto, pero no humillando al seguidor abatido por la derrota. Es simple, repasen el himno de toda la vida: “Va el Madrid con su bandera, limpia y blanca que no empaña”. El prestigio tarda en forjarse años y décadas pero se puede perder en minutos.

Ganemos, por supuesto, pero no dejemos de ser nunca un ejemplo para el mundo entero. Estamos a tiempo de corregir errores: los jugadores pasan, pero la institución y el escudo permanecen. Y deberían prevalecer. Siempre.