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La galerna del tiempo

La galerna del tiempo

Escrito por: Fred Gwynne20 agosto, 2016
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Buenos Aires. 7 de Mayo de 1948

Joan Laporta llegó a la suite del Hotel Aristi una hora antes de lo convenido. Se dio una ducha rápida, repasó el contrato una vez más y fumó un par de cigarrillos. Los nervios le estaban haciendo mella, y justo cuando iba a servirse una copa de whisky llamaron ruidosamente a la puerta. Abrió y allí estaba. Aunque había soñado con ese momento cientos de veces, cuando lo tuvo delante no pudo evitar un escalofrío. Era exactamente como se lo había imaginado: altivo, duro y directo. Sin fisuras.

Como si hubiese leído sus pensamientos aquel elegante hombre entró sin saludar, se quitó la chaqueta y la dejó cuidadosamente encima de la cama. Luego se acercó a la mesa, cogió una silla, le dio la vuelta y se sentó apoyando los brazos en el respaldo. Laporta cogió otra silla, se puso frente a él y le entregó los papeles que tenía preparados encima de la mesa. Di Stéfano los cogió sin decir ni una palabra, les echó un breve vistazo y levantó la vista hasta enfrentarla con la suya. En aquel momento supo por qué el Real Madrid había ganado cinco Copas de Europa seguidas. Lo supo. Aquella mirada no mentía. Notó como se empequeñecía y bajó la vista incapaz de mantener un solo segundo más aquel desafío.

-Como puede ver lo que le ofrezco es un contrato fuera de mercado. El mejor contrato que nadie le ofrecerá nunca. Está en su mano firmarlo. Le ofrecemos un proyecto serio, un modelo basado en su persona y una remuneración acorde a su talento. Estampe su firma y el Barcelona será su casa durante los próximos quince años.

-Sepa usted, señor...

-Laporta, Joan Laporta.

-Sepa usted, señor Laporta, que odio perder mi tiempo con boludeces. Este contrato, esta duración, esta cantidad de dinero no pueden ser verdad. Aquí hay gato encerrado.

-Le ruego que no dude de nuestra honorabilidad. Este es un contrato impecable, preparado por nuestros mejores abogados y, como ya le dije anteriormente por carta, bendecido por su actual club, el River Plate. Lo único que queda para formalizarlo es su firma. El resto tiene total validez.

-Si no le importa, y aunque no dudo de su palabra, preferiría repasarlo y consultarlo con algún asesor durante un par de días. Si le parece bien prefiero esperar hasta pasado mañana y entonces decidiré. ¿Nos vemos aquí mismo el viernes?

-Señor Di Stéfano, le rogaría que firmase hoy mismo. Tengo un vuelo de vuelta a mi país mañana y me gustaría zanjar este asunto cuanto antes. Le pido que confíe en mi palabra. No hay ninguna trampa. El contrato es válido, la duración es de quince años y el importe es exactamente el que acaba de leer. Firme. No se arrepentirá.

-No.

-¿No? ¿No, qué?

-Que no firmo. O acepta que lo revise y o ya se puede ir por donde ha venido.

-Pero…

-Sin peros, señor Laporta, sin peros. O nos vemos el viernes o no nos vemos nunca. Usted verá.

Joan Laporta miró a Di Stéfano, vio su determinación y una vez más las dolorosas once Copas de Europa del Madrid empezaron a martillearle la cabeza. Sabía que la única forma de cambiar aquella dolorosa historia era conseguir la firma del único hombre capaz de hacerlo. Tenía que conseguirla fuese como fuese. No podía fracasar. El futuro del Barcelona estaba en sus manos.

-De acuerdo. Usted gana. Nos vemos el viernes a la misma hora. Repase el contrato, consúltelo con quién mejor le parezca y denos su firma. Nuestro proyecto se basa en usted. Le necesitamos. Estoy seguro de que con su colaboración el Barcelona será el mejor club de la historia.

 

León. 7 de Mayo de 2016.

El teléfono sonó justo cuando entrábamos a León. Timoteo caminaba a mi lado y como siempre que sonaba comenzó a ladrar. La idea de hacer el Camino de Santiago había sido suya. Habíamos ido a una afamada agencia de viajes, y después de explicarle mis intenciones a un dependiente calvo y aburrido, dejé un montón de folletos en el suelo con la intención de que el destino nos fuese proclive y mi fiel amigo eligiese el que más les gustase cogiéndolo con la boca. A mí la idea me parecía tan original como digna de nuestras azarosas vidas, pero después de animar a Timoteo durante un buen rato, y comprobar que ni él ni el dependiente movían el rabo (ni ninguna otra parte de su cuerpo), opté por levantarme de la silla y hacer yo mismo la elección con el infalible método del pito pito.

Iba yo por el gorgorito cuando Timoteo bostezó y se levantó de la mullida moqueta en la que hasta ese momento estaba tumbado cuan largo era.

-¡Venga Tim! Dame uno, venga –dije yo señalando los folletos y animándole a hacer su parte del trato.

Tim se acercó a los folletos y empezó a olisquearlos perezosamente. Hubo un momento en el que a punto estuvo de coger uno con la boca pero alguna traicionera pulga empezó a picarle y tuvo que interrumpir su elección para rascarse locamente. Cuando terminó (Tim siempre se rascaba a conciencia) siguió dando vueltas encima de los folletos pero sin decidirse a elegir ninguno.

-Si no le importa, vamos a cerrar – dijo el calvorota señalándose el reloj y haciendo un gesto de disgusto.

-Nada, nada, es un momentito. Es que Tim para lo de pensar siempre ha sido muy perezoso.

-¿Y no lo podría elegir usted?

-¡Nooooo! ¿Y si luego no le gusta?

-Si no le gusta ¿a quién? ¿Al perro?

-Claro. A mi el destino me da exactamente igual. Yo mientras él sea feliz…

Tim continuaba dando vueltas encima de los folletos. Después de unos interminables minutos, y espoleado por mis ánimos y la inquisidora mirada del empleado, decidió (¡por fin!) hacer aquello para lo genéticamente mejor estaba preparado: tumbarse, no sin antes escarbar concienzudamente en el hueco que había elegido para hacerlo deshilachando de paso la moqueta y la ya de por sí escasa paciencia que le quedaba al dependiente.

-¡Ya esta bien! No puedo seguir perdiendo en tiempo con estupideces. Le ruego que se marche de la oficina. ¡Ya!

-Esta bien, nos vamos. Pero sepa usted que este vejatorio trato no va a quedar sin respuesta. Voy a elevar una queja formal a su agencia, al sastre inglés que les patrocina y al ministro canino del ramo pertinente.

-¡Fuera!

En ese momento Tim, listo como una ardilla, y sabiendo que el tiempo jugaba en nuestra contra, hizo su elección. Levantó la pata encima de un folleto de Galicia y empezó a orinar. Yo, que no contaba con tan explícita forma de nominación, decidí coger el húmedo folleto y salir corriendo antes de que la pesada grapadora que aquel desagradecido había cogido en su mano se estrellase en alguna de nuestras cabezas.

Y en esas estábamos. En León. A mi el destino de Galicia me había encantado. Sinceramente, no se me ocurría uno mejor para la primavera. Amaba Galicia y sus gentes. Y como caminar bajo el sol nos gustaba a los dos, habíamos decidido llegar hasta ella andando por el Camino de Santiago. Además yo me consideraba medio gallego. Llevaba toda la vida en una escalera. Sin tener muy claro si subir o bajar, pero disfrutando cada uno de sus días del rellano.

Como en León hacía mucho calor, había decidido pelar las largas greñas que lucía Timoteo. Había momentos en los que la lengua le llegaba hasta el suelo y, harto de verle sufrir, había intentado que le cortasen el pelo en un par de peluquerías. Desgraciadamente (y a pesar de que tanto él como yo hicimos ostentación de nuestras credenciales de peregrino) en todas nos negaron ese pequeño favor.

Así que, encomendándome al Apóstol Santiago y a San Francisco, y armado con unas pequeñas tijeras y un viejo peine al que le faltaban varias púas, me puse a la tarea sufriendo una suerte desigual. La parte trasera de Tim (rabo incluido) quedó (según mis particulares gustos del estilismo perruno) más o menos bien, pero la parte delantera dejó mucho que desear, ya que me enfrasqué de tal manera en la tarea que el pobre Timoteo quedó con grandes calvas de su piel al aire, y lo que es mucho peor, al riguroso sol leonés. Como el desastroso resultado final difería bastante de lo que un servidor (y Timoteo) pretendíamos, me consolé pensado que igual aquel día mis amados santos estaban ocupados en otros menesteres más importantes que la coiffure canina.

Como ni Timoteo ni yo éramos de los que nos quedábamos parados ante cualquier contratiempo, decidimos poner inmediatamente remedio a la situación. A grandes males (y calvas), grandes remedios. Para evitar que mi buen amigo se quemase con el sol, cogí mi camiseta de la selección italiana (mi preferida), la corté a la medida (o algo así, ya que una manga me quedó mucho más corta que la otra) y se la puse a Timoteo metiendo sus patas delanteras dentro de las mangas y atando la cintura de la prenda a su cuerpo con un viejo cinturón que robé (Santiago perdone mis deslices) a un peregrino mientras dormíamos en el albergue.

El teléfono seguía sonando y cuando vi que era Sugrañes el que llamaba di un salto de alegría. Ser un inútil y gozar de su confianza siempre me había sorprendido. Algún tornillo le tenía que faltar pero, mientras lo encontraba, yo siempre estaba dispuesto a unirme a la juerga.

-Dígame, jefe.

-¿Dónde andas?

-Haciendo el Camino de Santiago. Estoy entrando a León.

-Te necesito. Tengo una nueva misión para ti. Una misión importantísima. Ven inmediatamente.

-Pero jefe, estoy a punto de llegar al “Barrio Húmedo” y pensaba tomarme unas sangrías con sus correspondiente tapas.

-Ni tapas ni leches. Vente para acá ahora mismo o te mando a la Guardia Civil.

-Pero…

-O vienes, o van. Tú eliges.

-¿Y una tapita…?

- Me cago en tu…gilipollas, o vienes o me hago un cinturón con tus intesti…de mierda…y luego…no te lo voy a volver a…te…parto…pedazo de…

Ante la retahíla de improperios opté por separar el teléfono del oído, colgar, dejar que mi editor se explayase en paz unos minutos y buscar el bar más próximo para tomarme un par de sangrías con sus correspondientes tapas. Cuando Sugrañes se cabreaba no le aguantaban ni sus náuticos, así que, conociendo mi desmedida afición por el tapeo mañanero y antes de que una y una sumasen diez, decidí no pedir mi cuarta sangría y dirigirme sin más dilación a la estación de autobuses más próxima. Quiso el destino que mi camino se topase con la Pulchra leonina y, después de derramar unas cuántas lágrimas de agradecimiento por las viandas recibidas y aquel precioso día primaveral, continué mi camino con la sonrisa del que sabe que va a encontrarse con un viejo amigo.

 

Madrid. 8 de Mayo de 2016

-¿Dónde te has metido, gilipollas?

Allí estaba. Sentado en su despacho. Tan cariñoso como siempre.

-Hola jefe. ¡Cuánto le he echado de menos! Pensé que no me iba a volver a llamar nunca. Ya sabe, lo de Zidane…

-¿Y ese…ese engendro?

-Es Timoteo. Mi perro, el de las fotos con el rabo de aluminio. Saluda, Tim. Saluda a Sugrañes.

Timoteo se acercó a Sugrañes por debajo de la mesa, lo olfateó y fiel a su ancestral costumbre levantó la patita. Sugrañes, al verlo, le lanzó una fuerte patada que Tim esquivó milagrosamente con un ágil salto. La pata de la mesa, mucho menos á