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La galerna del tiempo

La galerna del tiempo

Escrito por: Fred Gwynne20 agosto, 2016
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Buenos Aires. 7 de Mayo de 1948

Joan Laporta llegó a la suite del Hotel Aristi una hora antes de lo convenido. Se dio una ducha rápida, repasó el contrato una vez más y fumó un par de cigarrillos. Los nervios le estaban haciendo mella, y justo cuando iba a servirse una copa de whisky llamaron ruidosamente a la puerta. Abrió y allí estaba. Aunque había soñado con ese momento cientos de veces, cuando lo tuvo delante no pudo evitar un escalofrío. Era exactamente como se lo había imaginado: altivo, duro y directo. Sin fisuras.

Como si hubiese leído sus pensamientos aquel elegante hombre entró sin saludar, se quitó la chaqueta y la dejó cuidadosamente encima de la cama. Luego se acercó a la mesa, cogió una silla, le dio la vuelta y se sentó apoyando los brazos en el respaldo. Laporta cogió otra silla, se puso frente a él y le entregó los papeles que tenía preparados encima de la mesa. Di Stéfano los cogió sin decir ni una palabra, les echó un breve vistazo y levantó la vista hasta enfrentarla con la suya. En aquel momento supo por qué el Real Madrid había ganado cinco Copas de Europa seguidas. Lo supo. Aquella mirada no mentía. Notó como se empequeñecía y bajó la vista incapaz de mantener un solo segundo más aquel desafío.

-Como puede ver lo que le ofrezco es un contrato fuera de mercado. El mejor contrato que nadie le ofrecerá nunca. Está en su mano firmarlo. Le ofrecemos un proyecto serio, un modelo basado en su persona y una remuneración acorde a su talento. Estampe su firma y el Barcelona será su casa durante los próximos quince años.

-Sepa usted, señor...

-Laporta, Joan Laporta.

-Sepa usted, señor Laporta, que odio perder mi tiempo con boludeces. Este contrato, esta duración, esta cantidad de dinero no pueden ser verdad. Aquí hay gato encerrado.

-Le ruego que no dude de nuestra honorabilidad. Este es un contrato impecable, preparado por nuestros mejores abogados y, como ya le dije anteriormente por carta, bendecido por su actual club, el River Plate. Lo único que queda para formalizarlo es su firma. El resto tiene total validez.

-Si no le importa, y aunque no dudo de su palabra, preferiría repasarlo y consultarlo con algún asesor durante un par de días. Si le parece bien prefiero esperar hasta pasado mañana y entonces decidiré. ¿Nos vemos aquí mismo el viernes?

-Señor Di Stéfano, le rogaría que firmase hoy mismo. Tengo un vuelo de vuelta a mi país mañana y me gustaría zanjar este asunto cuanto antes. Le pido que confíe en mi palabra. No hay ninguna trampa. El contrato es válido, la duración es de quince años y el importe es exactamente el que acaba de leer. Firme. No se arrepentirá.

-No.

-¿No? ¿No, qué?

-Que no firmo. O acepta que lo revise y o ya se puede ir por donde ha venido.

-Pero…

-Sin peros, señor Laporta, sin peros. O nos vemos el viernes o no nos vemos nunca. Usted verá.

Joan Laporta miró a Di Stéfano, vio su determinación y una vez más las dolorosas once Copas de Europa del Madrid empezaron a martillearle la cabeza. Sabía que la única forma de cambiar aquella dolorosa historia era conseguir la firma del único hombre capaz de hacerlo. Tenía que conseguirla fuese como fuese. No podía fracasar. El futuro del Barcelona estaba en sus manos.

-De acuerdo. Usted gana. Nos vemos el viernes a la misma hora. Repase el contrato, consúltelo con quién mejor le parezca y denos su firma. Nuestro proyecto se basa en usted. Le necesitamos. Estoy seguro de que con su colaboración el Barcelona será el mejor club de la historia.

 

León. 7 de Mayo de 2016.

El teléfono sonó justo cuando entrábamos a León. Timoteo caminaba a mi lado y como siempre que sonaba comenzó a ladrar. La idea de hacer el Camino de Santiago había sido suya. Habíamos ido a una afamada agencia de viajes, y después de explicarle mis intenciones a un dependiente calvo y aburrido, dejé un montón de folletos en el suelo con la intención de que el destino nos fuese proclive y mi fiel amigo eligiese el que más les gustase cogiéndolo con la boca. A mí la idea me parecía tan original como digna de nuestras azarosas vidas, pero después de animar a Timoteo durante un buen rato, y comprobar que ni él ni el dependiente movían el rabo (ni ninguna otra parte de su cuerpo), opté por levantarme de la silla y hacer yo mismo la elección con el infalible método del pito pito.

Iba yo por el gorgorito cuando Timoteo bostezó y se levantó de la mullida moqueta en la que hasta ese momento estaba tumbado cuan largo era.

-¡Venga Tim! Dame uno, venga –dije yo señalando los folletos y animándole a hacer su parte del trato.

Tim se acercó a los folletos y empezó a olisquearlos perezosamente. Hubo un momento en el que a punto estuvo de coger uno con la boca pero alguna traicionera pulga empezó a picarle y tuvo que interrumpir su elección para rascarse locamente. Cuando terminó (Tim siempre se rascaba a conciencia) siguió dando vueltas encima de los folletos pero sin decidirse a elegir ninguno.

-Si no le importa, vamos a cerrar – dijo el calvorota señalándose el reloj y haciendo un gesto de disgusto.

-Nada, nada, es un momentito. Es que Tim para lo de pensar siempre ha sido muy perezoso.

-¿Y no lo podría elegir usted?

-¡Nooooo! ¿Y si luego no le gusta?

-Si no le gusta ¿a quién? ¿Al perro?

-Claro. A mi el destino me da exactamente igual. Yo mientras él sea feliz…

Tim continuaba dando vueltas encima de los folletos. Después de unos interminables minutos, y espoleado por mis ánimos y la inquisidora mirada del empleado, decidió (¡por fin!) hacer aquello para lo genéticamente mejor estaba preparado: tumbarse, no sin antes escarbar concienzudamente en el hueco que había elegido para hacerlo deshilachando de paso la moqueta y la ya de por sí escasa paciencia que le quedaba al dependiente.

-¡Ya esta bien! No puedo seguir perdiendo en tiempo con estupideces. Le ruego que se marche de la oficina. ¡Ya!

-Esta bien, nos vamos. Pero sepa usted que este vejatorio trato no va a quedar sin respuesta. Voy a elevar una queja formal a su agencia, al sastre inglés que les patrocina y al ministro canino del ramo pertinente.

-¡Fuera!

En ese momento Tim, listo como una ardilla, y sabiendo que el tiempo jugaba en nuestra contra, hizo su elección. Levantó la pata encima de un folleto de Galicia y empezó a orinar. Yo, que no contaba con tan explícita forma de nominación, decidí coger el húmedo folleto y salir corriendo antes de que la pesada grapadora que aquel desagradecido había cogido en su mano se estrellase en alguna de nuestras cabezas.

Y en esas estábamos. En León. A mi el destino de Galicia me había encantado. Sinceramente, no se me ocurría uno mejor para la primavera. Amaba Galicia y sus gentes. Y como caminar bajo el sol nos gustaba a los dos, habíamos decidido llegar hasta ella andando por el Camino de Santiago. Además yo me consideraba medio gallego. Llevaba toda la vida en una escalera. Sin tener muy claro si subir o bajar, pero disfrutando cada uno de sus días del rellano.

Como en León hacía mucho calor, había decidido pelar las largas greñas que lucía Timoteo. Había momentos en los que la lengua le llegaba hasta el suelo y, harto de verle sufrir, había intentado que le cortasen el pelo en un par de peluquerías. Desgraciadamente (y a pesar de que tanto él como yo hicimos ostentación de nuestras credenciales de peregrino) en todas nos negaron ese pequeño favor.

Así que, encomendándome al Apóstol Santiago y a San Francisco, y armado con unas pequeñas tijeras y un viejo peine al que le faltaban varias púas, me puse a la tarea sufriendo una suerte desigual. La parte trasera de Tim (rabo incluido) quedó (según mis particulares gustos del estilismo perruno) más o menos bien, pero la parte delantera dejó mucho que desear, ya que me enfrasqué de tal manera en la tarea que el pobre Timoteo quedó con grandes calvas de su piel al aire, y lo que es mucho peor, al riguroso sol leonés. Como el desastroso resultado final difería bastante de lo que un servidor (y Timoteo) pretendíamos, me consolé pensado que igual aquel día mis amados santos estaban ocupados en otros menesteres más importantes que la coiffure canina.

Como ni Timoteo ni yo éramos de los que nos quedábamos parados ante cualquier contratiempo, decidimos poner inmediatamente remedio a la situación. A grandes males (y calvas), grandes remedios. Para evitar que mi buen amigo se quemase con el sol, cogí mi camiseta de la selección italiana (mi preferida), la corté a la medida (o algo así, ya que una manga me quedó mucho más corta que la otra) y se la puse a Timoteo metiendo sus patas delanteras dentro de las mangas y atando la cintura de la prenda a su cuerpo con un viejo cinturón que robé (Santiago perdone mis deslices) a un peregrino mientras dormíamos en el albergue.

El teléfono seguía sonando y cuando vi que era Sugrañes el que llamaba di un salto de alegría. Ser un inútil y gozar de su confianza siempre me había sorprendido. Algún tornillo le tenía que faltar pero, mientras lo encontraba, yo siempre estaba dispuesto a unirme a la juerga.

-Dígame, jefe.

-¿Dónde andas?

-Haciendo el Camino de Santiago. Estoy entrando a León.

-Te necesito. Tengo una nueva misión para ti. Una misión importantísima. Ven inmediatamente.

-Pero jefe, estoy a punto de llegar al “Barrio Húmedo” y pensaba tomarme unas sangrías con sus correspondiente tapas.

-Ni tapas ni leches. Vente para acá ahora mismo o te mando a la Guardia Civil.

-Pero…

-O vienes, o van. Tú eliges.

-¿Y una tapita…?

- Me cago en tu…gilipollas, o vienes o me hago un cinturón con tus intesti…de mierda…y luego…no te lo voy a volver a…te…parto…pedazo de…

Ante la retahíla de improperios opté por separar el teléfono del oído, colgar, dejar que mi editor se explayase en paz unos minutos y buscar el bar más próximo para tomarme un par de sangrías con sus correspondientes tapas. Cuando Sugrañes se cabreaba no le aguantaban ni sus náuticos, así que, conociendo mi desmedida afición por el tapeo mañanero y antes de que una y una sumasen diez, decidí no pedir mi cuarta sangría y dirigirme sin más dilación a la estación de autobuses más próxima. Quiso el destino que mi camino se topase con la Pulchra leonina y, después de derramar unas cuántas lágrimas de agradecimiento por las viandas recibidas y aquel precioso día primaveral, continué mi camino con la sonrisa del que sabe que va a encontrarse con un viejo amigo.

 

Madrid. 8 de Mayo de 2016

-¿Dónde te has metido, gilipollas?

Allí estaba. Sentado en su despacho. Tan cariñoso como siempre.

-Hola jefe. ¡Cuánto le he echado de menos! Pensé que no me iba a volver a llamar nunca. Ya sabe, lo de Zidane…

-¿Y ese…ese engendro?

-Es Timoteo. Mi perro, el de las fotos con el rabo de aluminio. Saluda, Tim. Saluda a Sugrañes.

Timoteo se acercó a Sugrañes por debajo de la mesa, lo olfateó y fiel a su ancestral costumbre levantó la patita. Sugrañes, al verlo, le lanzó una fuerte patada que Tim esquivó milagrosamente con un ágil salto. La pata de la mesa, mucho menos ágil que mi perro, fue incapaz de soslayar el golpe y recibió el impacto con un doloroso crujido y media docena de maldiciones.

-¡Imbécil! ¡Fuera! ¡Quiero a esa mierda con patas fuera de la redacción! ¡YA! ¡A LA PUTA CALLE!

Abrí la puerta del despacho, y Timoteo se encaminó hacia ella no sin antes volver a intentar marcar su territorio en una papelera. Un momento antes de que lo hiciera lo cogí en brazos y le dije que me esperase en la puerta de la calle, que no tardaría, que tenía importantes asuntos que tratar con aquel señor. Timoteo me miró fijamente y cuando estuve seguro de que me había entendido lo puse en el suelo y salió del despacho meneando el rabo con orgullo. Entonces cerré la puerta y me senté frente a Sugrañes sin saber que en los próximos diez minutos iba a escuchar la historia más increíble que nunca nadie haya oído.

-A ver, vamos a ver, lo que voy a contarte no debe de salir de estas cuatro paredes. Es alto secreto. Secreto de estado. Un secreto…

A mi, ya me conocen, las historias de Sugrañes siempre me resultaban tan relajantes como una nana. Entraba en un delicioso duermevela del que normalmente me sacaban sus gritos o directamente sus bofetadas, pero aquel día no sucedió nada de eso. Todo lo contrario. Nunca nada me había mantenido más atento.

- …que ha permanecido oculto durante siglos. Un secreto que hoy, debido a las excepcionales circunstancias que nos ocupan, me veo en la obligación de revelarte. El Gobierno posee cierto oculto ministerio que permite viajar en el tiempo…

Yo, después de oír estas palabras, y conocedor como era de la intachable conducta moral de Sugrañes, decidí seguirle el juego. Si este santo varón, llevado por el estrés, la tensión y los caprichosos vaivenes de la vida, había terminado por aficionarse a ciertas sustancias (sustancias que por otra parte, a mí me habían alegrado la vida en innumerables ocasiones) no sería yo el que afease sus nuevos adquiridos vicios.

- …a través de una serie de puertas clasificadas por años. Estas puertas son conocidas por un reducidísimo número de personas de total confianza. Desgraciadamente en algunas ocasiones, y usando marrulleras artes, se cuelan por ellas personas de baja estofa que lo único que pretenden es cambiar la historia para beneficiarse personalmente.

-Jefe…perdone…no quiero ser irrespetuoso pero…¿usted también se droga?

¡PLAFF!. La bofetada sonó en la habitación como un trueno. Intuí que no, que no se drogaba, pero por si acaso cambié de pregunta.

-¿Me está hablando en serio?

-Completamente. Te estoy hablando completamente en serio.

Al ver su cara, y aunque aquella historia me parecía la chaladura más grande jamás contada, supe que me estaba diciendo la verdad. Conocía a Sugrañes, conocía sus reacciones, y conocía su falta del sentido del humor. Me estaba diciendo la verdad. Aquella conversación tenía que ser cierta. Me resistía a creerlo pero tenía que ser cierta. O eso, o Sugrañes se había vuelto completamente loco.

-¿Y si no le creo?

-Créeme. Ya sabes que no soy nada bromista y odio perder el tiempo con gilipolleces. Tendrás ocasión de comprobar lo de las puertas tú mismo. Te pienso mandar al pasado por una de ellas. Tienes que evitar un armagedón, un agujero negro, un desatino astral de consecuencias devastadoras. Ahora escucha atentamente y no pierdas detalle.

Estuve a punto de desmayarme de la mente una vez más pero aquella increíble historia me mantenía de pie. En aquel momento eché de menos a Timoteo. Necesitaba abrazarme a alguien.

-El ministerio, alarmado ante la extrema gravedad de lo sucedido, se ha puesto en contacto conmigo buscando la persona más adecuada para salvar a nuestro país y al mundo entero de su más que probable desaparición. Ha sucedido algo que puede acabar con la civilización occidental tal y como la conocemos: Joan Laporta, el expresidente azulgrana, ha viajado a 1948 con la intención de fichar a Di Stéfano. Se ha entrevistado con él en una de las suites del Hotel Aristi y va a volver a hacerlo mañana mismo para formalizar el contrato.  Quiere adelantarse al Real Madrid para conseguir que este acabe siendo un segundón y para que el Barcelona se convierta en el mejor equipo de la historia. Como comprenderás, si esto sucede, si tiene éxito en sus planes, el mundo se irá al carajo. El Madrid será el Barcelona, el Barcelona el Madrid y puede que el eje de la tierra deje de girar provocando cataclismos, maremotos y la completa destrucción de la raza humana. No lo podemos permitir. No podemos permitir que pierdan los buenos y ganen los malos. Y ahí entras tú. Tu misión es ir a Buenos Aires, al año 48 e impedir este sindiós. ¿Estás dispuesto?

Afortunadamente no lo estaba. No estaba dispuesto. Fue oír esa pregunta y caer redondo al suelo con silla incluida. Sugrañes, por una vez, e imagino que por la importancia de la misión más que por el cariño que me procesaba, se abstuvo de despertarme a bofetadas y se limitó a mojarme la frente con agua mientras me animaba y acariciaba como un solícito padre.

Al día siguiente de aquella conversación, muy temprano, Sugrañes nos llevó al Ministerio. Me había negado a realizar la misión sin Timoteo y allí, después de unos ligeros problemillas con su tendencia a orinar en los despachos,  me presentó al Director y a una rubia de muy buen ver a la que intenté besar con lengua con resultados funestos. Después de las consiguientes bofetadas de Sugrañes y de la rubia (que besar no besaba pero soltaba hostias como panes) me acompañaron por una infinita escalera de caracol hasta la puerta correspondiente al año 48. Como no tenía muy claro las dificultades a las que me iba a enfrentar en aquella peligrosa misión, opté por coger mi mochila de peregrino y llenarla con las armas más poderosas del siglo XXI. A saber: la equipación completa del Real Madrid, cuatro tetrabrik de sangría y una estampita del Apóstol Santiago.

Con aquellos talismanes colgados a mi espalda, abrí la puerta, miré hacía la oscuridad que me esperaba dentro, y después de guiñar un ojo a la rubia y darles un abrazo a Sugrañes y otro al Director, me introduje dentro de aquella misteriosa máquina del tiempo.

 

Buenos Aires. 9 de Mayo de 1949.

Después de unos momentos de desasosiego, habíamos acabado saliendo por una oculta puerta detrás de unas bambalinas de un salón de tango. Nos pusimos a caminar por la ciudad y, después de dar unas cuántas vueltas y hablar con un par de viandantes para orientarnos, nos dirigimos hacia el Hotel Aristi. En media hora nos encontrábamos en la puerta de la suite. Respiré hondo, llamé, escuché unos pasos acercándose y la puerta se abrió.

-Buenos días, señor Laporta. Vengo de parte de Don Alfredo. Me gustaría que me dedicase unos minutos, soy su abogado.

-Adelante, pase usted. Tome asiento por favor señor…

-Freixenet. Saturnino Freixenet. Para servirle a usted y a la Moreneta.

-¿Es usted catalán? –dijo asombrado Laporta.

-De pura cepa. Del mismísimo Ampurdán. Eso sí, aquí todos me llaman gallego.

-Hombre, que coincidencia. Yo también soy catalán. ¿Y cómo llegó usted hasta Buenos Aires, si puede saberse?

-La vida, la vida que es muy perra y te lleva por aquí, por allá y por acullá. Vine hace unos años para formalizar ciertos negocios y me quedé, aunque si le soy sincero no hay día en el que no eche de menos mi bella patria catalana, el pa amb tumaca y la escudella. ¡Ah, qué tiempos aquellos!

En aquel momento Timoteo, que hasta aquel momento había permanecido tumbado a mis pies, se levantó y empezó a olisquear los mocasines de Laporta. Yo temiéndome lo peor le cogí en brazos y lo encerré en el baño.

-Perdone la interrupción. Es el perro del señor Di Stéfano. Además de su abogado, soy su cuidador. Cuando él no está, me acompaña a todas partes. En fin, volvamos a lo nuestro, como le iba diciendo soy el abogado de don Alfredo. He leído cuidadosamente su contrato y lo encuentro totalmente válido. Mi cliente vendrá a la hora convenida. Si me ha mandado antes es para tratar unos pequeños flecos que me gustaría comentarle. Letra pequeña, ya me entiende.

-¿Siempre va con mochila?

-Solo cuando saco a Timoteo, el perro de Don Alfredo. Ya sabe, a veces se cansa y tengo que transportarlo. Cosas de perros de ricos.

-Ya…

-Antes de meternos en faena, no tendrá usted una copita de champagne. Estoy seco.

-¿Champagne?

-Sí, si no le importa. El Möet & Chandon es mi bebida favorita y creo que la ocasión lo merece.

En pocos minutos teníamos una fresquísima botella en una cubitera. La abrí, serví dos copas y le alcancé una a Laporta. Si mi plan funcionaba, confiaba que en un par de horas, estuviese completamente borracho. La cabra siempre tira al monte y esperaba que aquella suite acabase como el “Luz de Gas”.

-Por Cataluña –dije levantando la copa.- Y por Guifré el Pilós- añadí, chocándola con la suya.

-Por Cataluña- contestó sonriendo.

Como había previsto, y animado por la perspectiva de la firma de Don Alfredo y la República catalana que habíamos fundado entre copa y copa, se bebió hasta el agua de los floreros. Después de pedir seis botellas de Champagne y una de Whisky, acabó babeando en el suelo. A pesar de que yo había conseguido tirar (Dios me perdone) muchas copas en una planta de la habitación, también me encontraba algo perjudicado, con lo cual  me costó muchísimo arrastrarlo hasta el baño y tumbarlo dentro de la bañera. Me lavé la cara, hice unas cuantas gárgaras para quitarme el olor a alcohol y aseé mi vestimenta lo mejor que pude. Lo último que vi antes de cerrar la puerta fue a Timoteo saltando al regazo de Laporta y olisqueando su entrepierna.

Limpié el desbarajuste de la habitación y me tumbé en la cama a esperar pacientemente la llegada de Don Alfredo. Como imaginaba, llegó puntual. Le abrí la puerta y después de presentarme como uno de los abogados del Señor Laporta le pedí que pasase y tomase asiento. Hubo varios momentos en los que estuve a punto de arrodillarme y besar sus pies, pero tenía que seguir con mi estudiado papel. Aunque estaba deseando abrazarle y expresarle mi admiración, el futuro de la humanidad estaba en mis manos y no quería echarlo todo a perder. Tener el mayor mito de la historia del Madrid no iba a apartarme de mi cometido.

-Quiero expresarle mis disculpas por la ausencia del señor Laporta. Ciertos asuntos de última hora le han obligado a ausentarse. Lamentablemente me ha encomendado decirle que hemos decidido anular el contrato. Después de analizar la situación fríamente vamos a mandarle a tomar por culo. Ni el señor Laporta, ni el Fútbol Club Barcelona esta dispuesto a contratar a una mierda de jugador como usted. Una medianía que en nuestra amada Cataluña tenemos a patadas. Un tuercebotas sin futuro.

Di Stéfano se levantó, me miró fríamente y sin mediar palabra me soltó un hostión del quince que me saltó cuatro dientes e hizo que varias de mis muelas bailasen dentro de mi boca. Yo, aunque estaba feliz por conseguir mis objetivos, no pude evitar mentar a su madre, lo cual me acarreóo tal somanta de leñazos que, cuando Di Stéfano salió de la habitación cerrando la puerta violentamente tras de sí, fui incapaz de moverme del suelo durante un par de horas.

Cuando por fin conseguí levantarme, hice recuento de mis costillas rotas y pasé dolorosamente la lengua por los huecos que antes ocupaban mis dientes. Fui al baño, escupí una masa sanguinolenta en el lavabo y después de sacar a Laporta y a Timoteo de la bañera me pegué una larga ducha caliente con la satisfacción (y el dolor) por el deber cumplido. Luego me tomé un par de vasos de whisky, me tumbé en la cama y me quedé completamente dormido. Cuando me desperté era noche cerrada. Comprobé que Laporta seguía como un tronco y después de animar a Timoteo a mear en su boca, salí a la calle buscando algún oscuro lupanar donde contratar un par de matones, una soga y un coche que me ayudasen a terminar mi misión.

Lo conseguí sin muchas dificultades, y antes del amanecer ya estaba con Laporta y Timoteo dentro de la puerta del ministerio. Comprobé que sus ataduras seguían siendo firmes y lo dejé tirado en el suelo. Salí tambaleante, y aunque intenté subir aquella empinada escalera de caracol me fue imposible, ya que caí rendido de cansancio en el segundo escalón y me quedé profundamente dormido en unos segundos.

Al día siguiente me despertaron Sugrañes, la rubia y el director. Me dolía todo el cuerpo y me costó lo suyo levantarme del suelo. Después de los abrazos pertinentes, les expliqué orgulloso (sobre todo a la rubia) como había conseguido abortar la firma de Di Stéfano por el Barcelona. No todos los días salvaba uno a la humanidad de su desaparición, así que aprovechando la situación pedí un buen vaso de sangría y cuatro napolitanas. Una vez desayunado (acostumbrarse a hacerlo con cuatro dientes menos me resultó muy costoso) les dije que Laporta seguía atado dentro de la puerta, y les conté mi idea para hacerlo desaparecer. Les pareció bien y prometieron ocuparse de ello inmediatamente. Después de despedirnos, y cuando ya estábamos dentro de un taxi, Sugrañes me ofreció su casa para descansar y yo acepté encantado su invitación. Cuando por fin conseguí meterme en una mullida cama, me dormí tan feliz que lo último que recuerdo fue a Timoteo acurrucado a mi lado lamiéndome la cara.

 

Océano Atlántico. 8 de Agosto de 1492

La Santa María había zarpado hacía cinco días del Puerto de Palos de la Frontera. El tiempo era apacible, la mar estaba en calma y el ánimo de la tripulación era óptimo. Cristóbal Colon se encontraba en su camarote, leyendo tranquilamente, cuando llamaron a la puerta.

colón

-Señor, tenemos un polizón a bordo. Un polizón con una vestimenta un tanto peculiar. Está en la bodega, atado. Huele a orines y alcohol. Nadie sabe cómo ha podido llegar a bordo.

-¿Peculiar? ¿Qué quiere decir con peculiar?

-Rara, señor. Una vestimenta rara. Nunca había visto nada igual.

-Bien, contramaestre, muéstremelo inmediatamente.

Cristóbal Colón bajó las escaleras que llevaban a la bodega, y después de acostumbrase a la oscuridad reinante, se acercó al costado de babor, la zona donde se acumulaban unos toneles y varios sacos de arpillera llenos de legumbres. Allí, acurrucado en un rincón, una figura extrañamente vestida roncaba como un cerdo. Colón se acercó a aquel extraño hombre, le tocó con el pie para despertarle y no obtuvo respuesta. Odiaba a los polizones. Solo daban problemas.

-Despiértelo, lávelo y déle la ropa adecuada para la travesía. Queda a su entera disposición. Úselo como grumete, calafate o bestia de carga. Si le da cualquier problema tírelo al mar.

 

Glasgow. 18 de Mayo de 1960

Santiago Bernabéu se fundió en un largo abrazo con Di Stéfano. Acababan de conseguir su quinta copa de Europa seguida, batiendo al Eintracht de Frankfurt en una memorable final.

-Don Santiago, le tengo que confesar una cosa. ¿Sabe que en 1948 estuve a punto de fichar por el Barcelona?

-¿Sí? ¿Y por qué no lo hiciste? –dijo Bernabéu encendiendo un enorme puro.

di stefano bernabeu

-Por el destino. El destino siempre nos reserva cosas buenas. Bueno, si le soy sincero, por el destino y por un repugnante abogado con mochila. Algún día le contaré la historia. De cualquier manera, a veces lo pienso y creo que nunca hubiese firmado aquel contrato. Estaba predestinado que yo acabase a su lado. Usted, yo y el Madrid. La historia al final siempre pone a cada uno en su sitio.

 

León. 25 de Mayo de 2016

Después de comer, hacia media tarde, paramos en un pequeño arroyo del camino a refrescarnos. Hacía un tiempo excelente y Timoteo, con su preciosa camiseta de Italia anudada a la cintura, estaba chapoteando a mi lado. Yo estaba tumbado, desnudo, dejando resbalar el agua fría por mi cuerpo, mientras el sol brillaba con fuerza en el cielo. No se podía ser más feliz. Estábamos los dos juntos, el Real Madrid había sido el mejor equipo del siglo XX, iba a ser el mejor del siglo XXI y el verano estaba a la vuelta de la esquina lleno de playas y guiris en bikini.

Después del baño nos tumbamos en un campo cercano para secarnos al sol y nos quedamos plácidamente dormidos. Cuando nos despertamos ya había oscurecido y como el siguiente albergue todavía estaba a más de quince kilómetros, decidimos quedarnos allí mismo a hacer noche. Buscamos el abrigo de un árbol y ya estábamos metidos en el saco de dormir (entrábamos los dos perfectamente y por la noche refrescaba bastante) cuando una enorme estrella fugaz atravesó el cielo de punta a punta. Entonces nos sucedió algo muy extraño, algo que hizo que tanto Timoteo como yo saliésemos del saco y mirásemos hacia aquella preciosa noche estrellada sin decir ni una palabra. Estábamos solos, juntos, en medio de aquel campo jalonado de castaños, cuando el cielo poco a poco se fue iluminando y se tornó blanquecino. Era como si el sol pugnase de nuevo por salir. Duró unos segundos, unos segundos que nunca olvidaremos. Los suficientes para contemplar nítidamente cómo Di Stéfano le marcaba un precioso gol al firmamento.

Fred Gwynne
Soy un hombre hecho a mí mismo. El problema es que me sobraron algunas piezas. SOL O CONTIGO. Persigo playas.

16 comentarios en: La galerna del tiempo

    1. Lamento que el relato no te haya gustado. Afortunadamente La Galerna tienes grandes colaboradores que colmarán todos tus gustos.
      No dejes de leernos.
      Un saludo.

  1. Cuidado:a mi me pueden gustar,otros articulos suyos,y de otros muchos articulistas de la galerna,al fin y al cabo,el proposito creo yo,es el mismo,defender al real madrid,de todo ese periodismo de bufanda.
    Pero sintiendolo mucho,es que lo suyo de hoy,no lo puedo entender,no se a que conclusion quiere llegar y por eso,asi lo exprese.Por lo demas,reciba mis saludos.
    baybay......

    1. Ningún problema. Agradezco tu opinión y deseo que alguno de mis siguientes articulos te guste más. A veces hay artículos o relatos que nos gustan más o menos. Es normal.
      Un saludo y muchas gracias por leernos.

  2. Hola Fred

    Si bien soy un fan entregado a tu causa, y sólo ver tu firma en un artículo consigue esbozar mi sonrisa. He disfrutado como un enano con tu relato, una vez más

    Gracias

  3. Buenas tardes, ya era hora de volver a pasarlo bien con las andanzas del reportero mas dicharachero
    porque menudas vacaciones que se ha cogido el " gacho" . Enhorabuena porque entre tanto
    Cristóbal de Soria y tanto Segurolo un poco o mejor dicho un mucho de humor es necesario por
    no decir imprescindible.
    Saludos blancos, castellanos y comuneros

  4. He disfrutado mucho con este relato me parece una genialidad y también comprobar que de ninguna manera ya sea como pasó o por un viaje en el tiempo Don Afredo iva jugar en ese equipo segundón. Nunca, never, nem, nie

  5. Buenas tardes.
    Delicioso articulo Fred. En algunas escenas llegas a llenar mis sueños mas oníricos (como cuando Timoteo hace uso de la boca de Laporta), absolutamente genial. Un abrazo.

  6. En nombre de mi pulgoso Timoteo y en el mio propio, muchas gracias por vuestros comentarios y por leer La Galerna.
    Vuestra fidelidad es un honor para nosotros.
    Un abrazo.

  7. No me extrañaría en absoluto, que los guionistas del "Ministerio del tiempo" te pillaran la idea para trasladarla a su serie. Sería un puntazo!!! Y daría mucho de sí. Ya lo creo.
    Fantástico relato, he disfrutado mucho leyéndolo. Me he echado unas risas y me han entrado unas ganas enormes de tomarme una sangría. Jejeje

  8. Absolutamente genial. Nick Marlowe transigurado de nuevo en Mortadelo y Filemón. El surrealismo madridista, genial y divertidísimo. Enhorabuena, maestro. ¡Qué bien rato me has hecho pasar, y qué risa!

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