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Infantino y el delirio

Infantino y el delirio

Escrito por: Juan Muñoz Flórez20 noviembre, 2022
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Así que, según nos ha aleccionado Don Gianni, por llamarlo a la calabresa, haber sufrido “acoso” de pequeño en Suiza por ser pelirrojo es equiparable al maltrato, violación y muerte a los que se enfrentan los esclavos y esclavas que trabajan en los países del Golfo Pérsico y otros del jaez. Y lo más hilarante del asunto, amigo galernauta -si uno no sintiera cualquier cosa menos risa al escuchar semejante sarta de malevolencias-, es que además lo ha hecho en un afán calculadamente desesperado por despertar nuestra complicidad.

Y me preguntarás, ojiplática, tú que vienes de aquellos lugares de los que se reclutan algunos (sobre todo algunas) de esos esclavos: ¿de verdad hay gente tan fuera de la realidad? ¿O es dentro de la realidad y de lo perverso? Y yo, que te quiero y que por eso me pongo malo hasta la fiebre en días como hoy, te digo que desconozco la hechura moral o la estructura mental del sujeto, por más que se me ericen los pelos del alma cuando habla. De lo que sí estoy seguro, sin embargo, es de que si hemos llegado hasta aquí, si Infantino no es hoy, a esta hora oscura, reo de damnatio memoriae (la cancelación practicada en Twitter Roma, galernautas de poca edad), es solo y exclusivamente porque el engendro woke lo impregna ya todo: los cinco continentes, los siete mares y, aún peor, los diez pecados capitales.

Infantino Catar

Veamos: la experiencia vivida erigida en fuente única e indisputable de verdad; el sujeto como estricta medida del objeto; lo personal, no ya por encima, sino frente a lo general. Se me ocurren decenas de paradojas del estilo, ya lo sabes, que sirven para condensar, malamente aunque sea, buena parte de lo que nos está pasando, de lo que nos están pasando. Se apela tanto a la víscera, a lo primario, a lo infantil, se amplía tanto el victimario, que se llega a forzar a serlo a quien nunca ha sido víctima ni lo ha pretendido, únicamente por pertenecer a cualquiera de los cada vez más numerosos colectivos que, bajo la égida de “científicos” sociales tan carentes de talento como sobrados de trauma y anglosajonía, se consideran merecedores de ese estatus. Ejemplos sobran y sobra también que yo los mencione aquí.

Que Infantino, en consecuencia, haya decidido incluir a los pelirrojos en una lista junto a inmigrantes, homosexuales y discapacitados no debería sorprender a nadie. Sí debería, no obstante, de animarnos (mi lamentable aportación es el presente artículo) a enfrentar y confrontar este delirio conceptual cuyo reino lo detenta en régimen de monarquía absoluta el sentimiento (“hoy me siento…”, Infantino dixit, no en vano) y en el que “yo-mí-me” son los únicos pronombres posibles.

Y por terminar ya, que me entra diarrea, añadiré unas pocas palabras referidas al desafío que el otrora pelirrojo ha lanzado a Europa y a los europeos al exigirnos que, si tanto nos preocupan los esclavos, pidamos perdón por nuestros últimos tres mil años de maldades. Se me ocurre en mi falsa inocencia que Don Gianni, tal vez impedido por aquella zozobra de infancia en el averno suizo, no tuvo tiempo, siquiera de pasada, de deleitarse en el estudio de la gloriosa tradición esclavista mediterránea. Si ello fue así y si no le da cosita que le pongan burundanga en el cuscús, yo le aconsejaría que se informase de boca de cualquiera de los que cenaron con él esta noche. Tiempo tendrán de aquí a unos pocos años de discutirlo todos ellos en la cola del infierno.

 

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