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Hijos de la década

Hijos de la década

Escrito por: Antonio Valderrama20 junio, 2015
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Como todos los nacidos entre el 86 y el 90, pertenezco a una generación de madridistas malcriados: los que vivieron las tres Copas de Europa en cinco años justo cuando dejábamos de ser niños y empezábamos a ser hombres. Aquello nos trastornó, causándonos una honda impresión y privándonos del sentido de la grandeza. En cierto modo, nos parecía que las Copas de Europa las regalaban cada año impar como si fuesen coleccionables del Marca; esta angustia existencial la fuimos arrastrando -permítanme el plural mayestático- durante la etapa inmediatamente posterior, que es la que ha dado en conocerse en los mingitorios del madridismo iconoclasta como La Década. Como la Séptima, la Octava y la Novena, vinieron de corrido, perdimos la capacidad de evaluar con corrección la dureza de dicha competición; nos criamos en la bonanza, con imágenes inolvidables de Redondo rindiendo Westfalia pegándose con velcro la pelota al empeine, o a Raúl metiendo dos goles en Old Trafford, que era una cosa como muy extraordinaria por aquel tiempo: escuché durante varios días seguidos, en el telediario, que sólo tres o cuatro equipos habían ganado en “El Teatro de los Sueños”, y a mí figurábaseme Manchester el último círculo del infierno de Dante. A los que crecimos, decía, con el taconazo de Redondo allí, el cabezazo de Anelka en Munich, o la volea de Zidane en Glasgow, nos quedó una herencia emocional que venía polinizada ya con la semilla del desencanto. Porque, y eso lo aprendimos bien luego, aquel tiempo etéreo jamás volvería. Iba a quedarse en nuestro lóbulo frontal como la alegoría más perfecta de lo que debería ser el fútbol, la vida y el Madrid.

Por eso yo he venido aquí a hablarles hoy de los hijos de lo que vino después, la Década: me arrogo el privilegio de fundar en La Galerna un género propio, menor, de entretenimiento. Una tribuna desde la que recordar, una vez al mes, a todos esos futbolistas de aquí y de allí que pasaron por el Madrid desde la temporada 2003/2004 hasta la 2009/2010, que son los límites temporales, convenidos de forma tácita, de esta Edad Oscura a lo largo de la cual el Madrid deambuló lejos del gran mundo balompédico y holló las simas abisales más tenebrosas de lo institucional y lo deportivo. Como la búsqueda del orden ha de acompañar al hombre en todas las actividades que realice, sean grandes o pequeñas, vamos a empezar por el principio. Es decir, por el año de Queiroz. Y voy a hablarles a ustedes del primer hijo de la Década: Francisco de Borja Fernández Fernández. Conocido en su casa y en la de todos los españoles como Borja. Borja, el del Madrid.

He elegido a Borja como bien pudiera haber elegido a cualquier otro de aquellos excelsos fontaneros balompédicos que contribuyeron en grande modo al derrumbe de la plantilla aquel año; Pavón, Mejía, Raúl Bravo, Núñez o Portillo, canteranos de un nivel demasiado bajo expuestos quizá en demasía en medio de la tormenta. Es probable que si el devenir de aquella temporada hubiese sido más satisfactorio, la evolución personal de estos jugadores, digamos, su recorrido, habría sido diferente, y sin duda más positivo para ellos. Pero se encontraron con las llaves de la cabina de mando del Titanic mientras éste iba en picado hacia abajo: el contexto no ayudó, precisamente, a que sacaran lo mejor de ellos mismos. Borja, no obstante, simboliza mejor que ningún otro esa ilusión juvenil perdida prematuramente a causa de los terribles vaivenes que sufrió el equipo desde marzo de 2004 hasta final de temporada. Él, en efecto, fue de la partida aquella noche del 6 de abril de 2004 en la que el Madrid perdió la ventaja que traía del Bernabéu (4-2) al ser derrotado por el Mónaco en el Estadio Luis II.

javier portillo real madrid

Casillas, Salgado, Mejía, Helguera, Roberto Carlos, Figo, Guti, Zidane, Ronaldo y Raúl. Y él. Borja. Francisco de Borja Fernández Fernández. Uno con ochenta y ocho centímetros. Sobre setenta kilos. Espigado, flaco, blondo. Con cara de susto. Beckham estaba fuera, por sanción, y al único que tenía Carlos Queiroz para completar el disparatado tándem de mediocentros con quienes sostenía a su equipo desde agosto era a él. Junto a Guti, otro rubio, recordado por su zurda prestidigitadora, su indolencia y su renuencia a aplicarse en labores defensivas. Borja salió al Luis II de Mónaco como un novillero en Las Ventas que va a tomar la alternativa arropado por los grandes maestros del Planeta Fútbol: Zidane, Figo, Raúl, Ronaldo. Cuartos de final de la Copa de Europa, y resultado a favor. La cosa parecía clara, y la faena tenía lo justo de grave: lo suficiente para templar al joven centrocampista de la casa, estandarte de la última hornada de canteranos producidos en la mítica Ciudad Deportiva de Chamartín, sin exponerlo a un riesgo exagerado. Había dos goles de diferencia y el Madrid era el superfavorito. Estaba todo controlado.

Y más cuando Raúl marcó un buen gol de rosca en el minuto 35. La eliminatoria estaba finiquitada y el tiempo que quedaba iba a servir de regodeo, de sanación de las heridas. No en vano, el Madrid había perdido hacía dos semanas la Final de Copa en Montjüich frente al Zaragoza, de manera estrepitosa. Pero del 45 al 66, el Mónaco marcó, de repente, 3 goles. Borja deambulaba por el campo, desorientado y desubidado, habiendo visto ya una tarjeta amarilla. Su partido recordaba al de Rubén, otro nombre grabado en oro en el santoral antimadridista, en Sevilla. Ya saben, aquel 4-1 que sirvió para presentar en sociedad a Dani Alves. Borja fue sustituido en el 72 por Solari, pero él no lloró en el banquillo, como le había pasado a Rubén. Sin embargo, su carrera en el Madrid estaba ya, naturalmente, sentenciada. Estuvo ligado al Real hasta 2007, año en que fue definitivamente traspasado al Valladolid. Antes fue cedido un año al Mallorca. De Valladolid marchó al Getafe, iniciando una Odisea que fue todo menos homérica: Deportivo, otra vez Getafe, Éibar. El club vasco lo rescató como al soldado Ryan cuando Borja pateaba balones en la SuperLiga india, nada menos. En el Atlético de Calcuta, entidad filial del Atlético de Madrid, pasó un año. Regresó para moderar la extrema carencia de experiencia de la plantilla armera, con poco éxito, puesto que el Éibar ha bajado a segunda tras sólo un año en Primera.

Prácticamente toda la saga de canteranos picapedreros que salió entre 2002 y 2004 de La Fábrica fue abandonando el Madrid de manera gradual. En 2007, cuando Capello terminó con los 4 años de sequía de títulos, no quedaba ninguno. Resultó que aquella generación de Borjas y Pavones era la telilla que le sale a la leche al calentarse, y que ha de quitarse para poder beberla a gusto: entre 2005 y 2007 surgieron Jurado, Mata, Negredo, Diego López, Borja Valero, etc. Pero Borja, como uno de esos personajes literarios que se quedan para siempre en el escenario donde murió su juventud, rumiando la desgracia con que se torció su porvenir, es como un fantasma atracado en el puerto de Mónaco. Su figura desastrada vestida de azul, ribetes Adidas celestes, cara desencajada, que iba y venía alrededor de un exhausto Zidane sin saber muy bien qué hacer ni dónde ponerse, al modo de un becario en su primer día en la redacción, fijará para siempre el retrato que de él conservaremos. Cuando al calor de los años, rememoremos nuestra querida Década, tan perra, tan puta, y nuestros nietos no nos crean cuando les contemos que vimos jugarse al Madrid la vida en Europa con Guti y Borja en la bodega del barco. Normal, nos dirán socarrones, que el barco acabara hundiéndose.

Antonio Valderrama
Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

2 comentarios en: Hijos de la década

  1. Para los que somos mas veteranos,la séptima ya nos pilló en la treintena y todos dijimos cuando la vimos alzar:"Ya puedo morir tranquilo",sufrimos otras decadas más ominosas.Entre los setenta hasta principios de los ochenta,el Madrid era un club menor en cuanto a plantilla,estadio y recursos. D.Santiago no supo o no pudo retirarse a tiempo y todo estaba en declive y sin mano que lo guiara. La plantilla era de andar por casa y el estadio se caía a pedazos. Incluso se llegó a jugar una final de copa de Europa,gran merito,con un equipo plagado de Garcias de los cuales,la mitad ,hoy no jugarían en el Malaga.
    La quinta del buitre,junto a los veteranos curtidos ,nos trajeron tiempos de bonanza pero cuando los veteranos fueron retirándose,no supieron coger la bandera. Fueron buenos hijos pero no supieron ser buenos padres. Este es el mal que acecha al canterano madridista. No hablo de Borja,Pavón, Mejía,Raul Bravo, etc.Jugadores sin la calidad minima imprescindible para formar parte de la primera plantilla y a los que se les usó como a los novatos en la guerra,como carne de cañón. Hablo en general de un tipo de jugador que,Raúl a parte,se cría en la cantera del Madrid y al que se le calienta la cabeza con grandes hazañas,cuando aún no han demostrado nada. Después salen frustrados del club a otros de menos nivel y para cuando se dan cuenta del frio que hace fuera de casa,ya es muy tarde.

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