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De qué hablamos cuando hablamos del Real Madrid

De qué hablamos cuando hablamos del Real Madrid

Escrito por: Mario De Las Heras24 octubre, 2017
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El madridista, generalizando, quiere ver siempre fuegos artificiales. Esto de querer ver siempre fuegos artificiales creo que lo oí en una película de sobremesa de esas que a veces a mí me parecen extemporáneamente subidas de tono. Se lo decía una bella y esbelta mujer sueca y rubia de unos cuarenta y tantos años (que dejaba los labios expresamente entreabiertos al terminar la frase) a un igualmente bello y esbelto hombre sueco y rubio de otros cuarenta y tantos en el interior de una bella casa de madera hermosamente acondicionada y construida en medio de un bello paraje de un bello bosque sueco, también. Y cuando digo sueco podría ser noruego y no descarto que danés.

Claro que, por mucho que hablemos del Madrid, por mucho que sea uno del Madrid no puede pretender ser alto y sueco (o noruego o danés) y guapo y rubio, vivir en una casa ideal de madera en el bosque perfecto y además que le hagan ver las estrellas cada noche, o cada tarde o cada... bueno, en fin, cuando a cada uno le guste verlas. Incluso un sábado a las cuatro y cuarto de la tarde a pesar del sopor invencible, o un domingo por la noche cuando después del Madrid sólo queda el abismo y la oscuridad del lunes. Lo que vimos el domingo los madridistas no fueron fuegos artificiales sino a Zidane con el mono de trabajo trasteando en el maletero de la furgoneta, con todos los materiales dentro, afanándose en preparar una traca como la de la última primavera.

Ahora está liado con los cables: un Ceballos por aquí, un Marcelo y un Theo por allí, Un Lucas que se mete entre medias, un Nacho que lo pongo en ese lado y luego en el otro... Alguna chispa, algún calambre, un poco de suciedad así como de lengua fuera mientras se aprieta una tuerca, algún golpe de martillo (pocos), unas pruebas de sonido y de alumbrado, la casa un día y otro manga por hombro... pero el proyecto, la idea, que va saliendo adelante como el merendero precioso aquel de la Magnani, el sueño de la Magnani en Piel de Serpiente, tan parecido a una cabaña sueca.

Luego todos querrán ver el resultado y apuntarse a la exposición y a las copas y a los canapés (incluso a los bellas suecas o noruegas o danesas o a los bellos suecos o noruegos o daneses) como se apuntan ya a Benzema, cuyo tacón de ayer y lo que siguió es la misma sal de la vida que tantos no se atreven a probar. Gorrones, eso es lo que son, gorrones. Y cómo trabaja Zidane, hablemos de cosas bonitas, con la dureza del obrero y la elegancia del artista; como si fuera afinando los Stradivarius, como si fabricara en un pequeño taller de Florencia zapatos artesanos. Porque este es un Madrid artesano, como de Murano, donde se cuida y se ama a los futbolistas como al vidrio. Yo veo esos reflejos de colores incandescentes moverse a través de la mirada de Zinedine, como destellos de grandes gestas, de Ligas imposibles y de Copas de Europa.

Pero la pregunta era de qué hablamos cuando hablamos del Madrid, del Madrid de ayer sin ir más lejos que fue como un cuento de Raymond Carver. Un cuento desprovisto de todo fuego artificial, con las palabras y los esfuerzos justos y el argumento exacto y mínimo: una liquidación de muebles casera, el tocadiscos, un tipo sin manos con una cámara colgada del cuello que llama a las casas para hacer fotos, Jerry y Bill bebiendo cerveza, parejas que hablan, amigos que pescan mientras lo que en realidad sucede es que juega el Madrid, como juega el amor en los cuentos de Carver, y algunos no se van a dar cuenta hasta que lleguen los fuegos de la primavera.

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.