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Ganador es el que gana

Ganador es el que gana

Escrito por: Pepe Kollins29 febrero, 2016
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Competitividad. Ese es el término de moda entre el madridismo. Se trata, a tenor de muchos comentarios vertidos en relación a la crisis blanca, de uno de los principales déficits de la plantilla. Según esas teorías, un jugador puede ser técnicamente y hasta físicamente excelso, llevar una vida ordenada y entrenar adecuadamente pero, por lo visto, si no tiene el don de la competitividad de poco nos sirve.

¿Pero qué es la competitividad? El concepto dista de ser algo claro y unánime. Para muestra un botón: Uno de los últimos señalados por esa doctrina es, ni más ni menos, que Cristiano Ronaldo. El portugués, en cambio, es probablemente el jugador con más hambre que uno puede encontrar. Su nivel de ambición roza lo patológico. No hay un futbolista que trabaje más que él diariamente. Nadie, excepto uno, puede presentar un rendimiento superior en los últimos seis años. Y sin embargo, resulta que, para algunos fedatarios de la competitividad, ahora Cristiano no es un ganador. ¿Por qué? Pues por algo tan simple como que Ronaldo no gana tantos títulos como debería a tenor del prestigio de su club y del suyo propio.

Y es aquí donde topamos con el quid de la cuestión. Resulta que ser competitivo, según este discurso tan extendido, no corresponde a un carácter o una actitud determinada sino a simplemente el hecho de ganar. Pongamos el foco en el Real Madrid de baloncesto. En su primer año, su entrenador, Pablo Laso, fue duramente criticado. Una reprobación, muy mayoritaria, que se extendió hacia algunos de sus mejores jugadores, como Sergi Llull, al que se tachaba de excesivamente precipitado, como el Chacho Rodríguez, al que se le señalaba por su dispersión, o como Felipe Reyes, al que se le colgaba el sambenito de capo de vestuario. Todos ellos fueron tildados de poco competitivos, un cargo recrudecido en el caso del técnico vitoriano al que se le recriminó, y muy duramente, por haber perdido dos finales seguidas de la Euroliga.

Pero se da la circunstancia de que el club, pese a las críticas, siguió apostando por ese mismo núcleo, al que reforzó con Rudy Fernández, un jugador determinante en el contexto europeo. A partir de entonces los jugadores comenzaron a integrarse, poco a poco, en la dinámica de equipo y asimilando el plan de su entrenador. Las victorias llegaron en tal proporción que los antaño perdedores se convirtieron, sin que nadie se diese cuenta, en el paradigma del ganador. El propio Joe Arlauckas lo ratificó como comentarista durante la retransmisión de un partido del equipo: “No existe el carácter ganador. Ganar es lo que te hace ganador. Cuando uno comienza a ganar se acostumbra de tal manera que llega un momento en que te parece imposible que no vayas a hacerlo siempre”. Ahí estaba el secreto del pan y los peces: Uno se hace ganador ganando.

Puyol Ronaldo

Desde hace tiempo no sucede otra cosa con el F.C. Barcelona de fútbol. Cualquier jugador que fiche el club catalán es un ganador por la sencilla razón de que ganan. Da igual si se trata de una persona con un tipo de vida poco profesional, si es un jugador de una irregularidad manifiesta, si tiene pocas luces o simplemente es un inmaduro; la inercia de las victorias les impele a apretar con denuedo hasta el final. Cabría puntualizar que el factor principal de los triunfos azulgranas no es propiamente este fervor llamado competitividad pero sí que ésta ha arraigado al amparo de dichas victorias y ha terminado por constituir un estímulo añadido a las mismas. Ni más ni menos que en el caso del equipo de Laso.

La competitividad, por tanto, no es inherente al jugador sino a un contexto determinado. Xavi Hernández no recibió dicha distinción cuando estuvo, según sus propias palabras, a punto de salir por la puerta de atrás del F.C. Barcelona en las postrimerías de la etapa Rijkaard. El mismo jugador hoy es aceptado, con toda justicia, como un ganador nato tras convertirse en el futbolista azulgrana más laureado. Porque a fin de cuentas aquello que llamamos competitividad no es una cualidad sino un estado. Es una tensión que surge de la confianza de un grupo en sí mismo, como producto de la inercia ganadora derivada de otros factores como la calidad, el equilibrio, la convicción en el proyecto, la desconfianza del rival, etc.

Y es colectiva y no individual. En este punto tenemos que diferenciar lo que es el liderazgo de lo que es el carácter competitivo. Un líder es aquel que encabeza un proyecto, sobre todo en un momento importante. Un áurea que deviene de la mezcla de calidad y determinación. El jugador que toma la responsabilidad en los instantes trascendentales. El tipo que agarra la bola y se juega la canasta. Nocioni o Rudy son un buen ejemplo de ello. Messi y Puyol también. Pero el que lidera se distingue, toma el mando. El liderazgo es exclusivo y por definición nunca generalizado; no hace, por tanto, mención a ese sello de calidad que llamamos espíritu competitivo y que referimos a un grupo que forma un todo. El Barça vence con contundencia en el Bernabéu sin su líder, Messi, pero con un Sergi Roberto pletórico. La temporada pasada Mathieu fue clave en varios partidos. Los jugadores del Barça son muy competitivos, reza el mantra. Pero lo mismo podríamos decir de los del Sevilla, o de los del Bayern de Múnich. Sencillamente porque ganan títulos y todos se contagian de dicho ambiente.

Y esa es, a la inversa, la principal acusación que reciben los jugadores del Madrid: no ser competitivos. No disponer de esa fuerza añadida que proporciona el hambre de ganar y terminar, en la desconfianza de cada derrota, incrementando la inercia contraria: la duda de que el objetivo sea posible. Pero, ¿podrían estos jugadores que algunos tildan ahora de poco competitivos, convertirse en ganadores tal y como ha sucedido en otros muchos casos mencionados? Por poder sí. Sería necesario, en todo caso, subsanar aquellas carencias que impiden que el equipo arranque un ciclo ganador: calidad diferencial, equilibrio, liderazgos definidos y sostenibilidad de un proyecto.

Cuesta más creer que aquellos que ya acumulan un periodo de derrotas demasiado prolongado (algunos de hasta casi siete años) puedan revertir esa situación en este mismo equipo. Nada es imposible, pero por sí mismo resulta un hándicap. Si un análisis frío y objetivo invita a descartar la idea -recurrente para un aficionado cada vez más frustrado- de que los jugadores se acomodan -algo difícil de creer en un clima de enorme exposición y presión-, sería bueno que el club y que ellos mismos sondeasen la posibilidad de un cambio de aires para, por un lado, regenerar el ambiente de derrota que ahora invade Valdebebas y, por el otro, darse ellos mismos la posibilidad de un nuevo escenario donde dar fe de su calidad. Ambas cosas son posibles y todos saldrían ganando.

En cualquier caso, no conviene olvidarlo: La victoria es previa al ganador.