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Formas del querer

Formas del querer

Escrito por: Pepe Kollins12 julio, 2016
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Modric se quebró en un llanto desconsolado y el madridismo se derrumbó. Al aficionado del Real Madrid no le importaba que la causa le fuera ajena. Tampoco que aquella derrota sirviese para que Cristiano Ronaldo se acercase un poco más a su ansiado Balón de Oro. Cada imagen publicada del croata sollozante era como una cuchillada en el corazón de los merengues. No era la primera vez que contemplaban a un jugador de su equipo llorando, pero esta vez el trago les resultaba insoportable. Luka era el niño de sus ojos.

En las formas del querer el madridista ha sido siempre convenientemente cuidadoso. No se quiere del mismo modo a un padre que a un hijo, o a un hermano que a tu pareja. De tal guisa, en el Bernabéu no se ha dispensado el mismo aprecio al de casa que al forastero, al artista que al irreductible, o al novicio que al veterano.

Los aficionados blancos han suspirado por sus grandes estrellas foráneas como por esa mujer que te hechiza hasta volverte loco. Pedja Mijatovic, Zinedine Zidane o Cristiano Ronaldo son ejemplos de algunas de esas conquistas. La estrella extranjera ha sido, para cada generación, la chica anhelada, posteriormente cortejada y por fin amada y presumida por donde quiera que deleitaba con sus goles y jugadas ante la atenta mirada del resto, prendados por su belleza.

En cambio, por la figura consagrada de la cantera se ha profesado el mismo amor que por una madre. Emblemas como Butragueño o Raúl, procedentes del embrión de la entidad, establecían un vínculo umbilical con la afición. Eran sangre de nuestra sangre y por ello se les brindaba un cariño descarnado, sin apenas seducción, casi biológico.

A otros nacionales, no canteranos, que ejercieron de líderes del vestuario y sobre el terreno de juego, como Pirri, Camacho o Hierro se les ha estimado como a un hermano mayor. Constituían el referente a seguir, el ala  donde cobijarse cuando venían mal dadas, el valor de la experiencia. En estos casos, se trataba de un afecto más honorífico aunque henchido de respeto.

Otros que destacaron, por el contrario, por su carácter díscolo ejercieron como ese amigo al que todo se le perdona. Juanito, Guti y hasta Míchel sufrieron la bronca de una grada que les afeaba sus desmanes con la misma fuerza con la que les abrazaba convencidos de la sinceridad de su amistad. La reprobación, cuando se daba, no suponía más que el reconocimiento de lo mucho que, en el fondo, les importaban. Estos rebeldes sin solución, eran el compañero ideal con el que divertirse, provistos de la fantasía del que no obedece a preceptos ni con la pelota en los pies.

llora modric

Pero si ha habido una predilección del madridista por alguien ha sido por aquellos a los que han proyectado como si fueran sus propios hijos; tal es el caso de Luka Modric. La actitud de estos duendecillos, tan alegres como las mocitas madrileñas, se asemeja a la de esos niños que improvisan un partido en mitad de la calle con dos porterías conformadas por las mochilas del colegio. Su conexión con la tierra, a tenor de su estatura infantil, les convierte en especialistas de la arrancada y el giro. Su vivacidad, en una garantía de improvisación. Su júbilo, en una fuente de motivación y esperanza.

Uno de estos ojitos derechos de la afición, durante más de una década, fue Roberto Carlos. Lo que más me impresionó la primera vez que lo vi en directo fue cómo jugueteaba con los propios aficionados en el transcurso de los partidos. El brasileño no era solo un torbellino con un despliegue físico capaz de abarcar toda la banda, de punta a punta, sino que además también lo hacía a ambos lados de la línea de cal.

Durante el encuentro, Roberto conversaba con los aficionados de primera fila como si estuviese apostado en la ventana de cháchara con el vecino de enfrente. “¡Roberto, la próxima vez chuta!”, le gritaba un tribunero. Y Roberto Carlos volvía a intentar la incursión y esta vez disparaba. “Ahora sí que he podido”, replicaba al aficionado nada más recuperar la posición. “¡Roberto, qué grande eres!”, le espetaba otro. Y el lateral contestaba carcajeándose “¡Pero si soy un tapón!”. Y así, entre subidas, chupinazos, risas y bromas, discurría el partido hasta que sonaba el timbre de la escuela y todos se recogían. Ni que decir que la afición lo adoraba como ahora adora a Luka Modric.

El seguidor del Real Madrid observa cada actuación del croata con la satisfacción de un padre agrandado por el talento de su hijo. Como si fuera una actuación de fin de curso, Modric baila entre contrarios con el mismo desparpajo que apostado sobre un autobús tras la conquista de una Champions. Cuando Luka garabatea uno de sus ya célebres golazos das un codazo al de tu lado a modo de “¡Ese es mi niño!”. No obstante, su calidad indiscutible no impide que lo que más te enorgullezca de él sea su nobleza. Porque lo más importante de tipos como Roberto Carlos, Jaycee Caroll o Luka Modric es su categoría personal. Esa candidez que parece compensar el exceso de divismo habitual en la élite. Como cuando tras una actuación memorable, el técnico decide cambiarlo para que reciba el aplauso de su familia y él agacha, levemente, la cabeza cohibido por la timidez de quien no sabía que le estaban mirando mientras jugaba.

No llores Luka, que ya regresas a casa.

Redactor jefe de La Galerna. Nombre: Javier Alberdi @JavierAlberdi. Antaño participé activamente en Ecos del Balón, El Asombrario y The Last Journo. Coordinador y coautor del libro "Héroes": https://bit.ly/2JC6kwx