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Florentino de los monos

Florentino de los monos

Escrito por: Mario De Las Heras13 agosto, 2019
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No he visto nunca a ningún abajofirmante de #FlorentinoDimisión. Tengo por ellos una curiosidad infantil como la que tenía entonces por los nativos africanos de las películas de Johnny Weissmuller. Me imaginaba que todos los africanos eran iguales: salvajes sanguinarios sin alma que querían destruir las bonitas posesiones de Tarzán en medio de la selva.

Me acuerdo del ascensor que hacía subir y bajar el simpático elefante adiestrado. Un ascensor de madera que conducía a una no menos inverosímil choza de lujo sobre una enorme acacia. Y me acuerdo de cómo Tarzán recorría la selva de liana en liana. Era un mundo ideal, con Boy, Jane y Chita, amenazado ligeramente por esos aborígenes malvados, inútiles y asustadizos, pues les bastaba el famoso grito del héroe para tomar rápido el olivo.

En la pantalla, en blanco y negro, esos nativos eran muy oscuros. Normalmente se les veían sus dentaduras blancas sobre el fondo de la cara negra cuando sonreían, maquiavélicos, o cuando caían malheridos por la fuerza incomparable de Johnny, a quién también recuerdo peleando de tú a tú con los cocodrilos en el agua dando vueltas con ellos sobre la superficie del río.

Esto es una cosa que hacía a diario Tarzán: ir a bañarse, pegarse un rato con un cocodrilo y luego con un león, antes de volver a casa a comer. No sé por qué veo a Florentino Pérez, el mejor presidente de la historia del Real Madrid después de Santiago Bernabéu, como si fuera Johnny Weissmuller, y a los del #FlorentinoDimisión como a esos pobres hombres amedrentados de aquellas películas alucinantes.

Recuerdo que les tenía miedo. Esos hombres/animales de lengua ignota y de costumbres terribles. Pienso en un abajofirmante de #FlorentinoDimisión y me entra un poco de escalofrío nostálgico de cuando pensaba en ellos y cerraba los ojos. Cosas de niños. De todos modos, ahora que lo pienso bien, recuerdo que una vez en el Bernabéu, creo que después de ganar en semifinales de la Copa de Europa al Manchester City, dos aborígenes africanos abajofirmantes gritaron al final del partido: “¡Florentino, dimisión!”.

Recuerdo que me quedé mirándolos con asombro e incontrolable fascinación. Incluso levantaban sus brazos allí, en medio de la grada, rodeados de madridistas felices con perspectiva de jodienda. Yo creí que aquello había sido como cuando de pequeño me levanté de la cama una Nochebuena y al llegar al salón me pareció ver la sombra de Papá Noel en la terraza, perfectamente recortada, mientras se bebía el vaso de vino que mis padres le habían dejado.

Recuerdo que casi me desmayo y que regresé a la cama despavorido y electrizado como un nativo africano de película de Tarzán y allí me quedé bajo las mantas, completamente helado de terror. Pero no. Había sido real lo de los del “Florentino, dimisión”, y de verdad me encontré en un día de gloria en el Bernabéu a dos individuos que gritaban eso sin atisbo de sonrojo. Es una sensación extraña. En mi caso una sensación de la infancia. Eran esos aborígenes con sus faldas a los que yo miraba con los ojos como platos, como tratando de averiguar de qué lugar remoto provenían, y qué cosas remotas e ininteligibles pasaban por sus cabezas.

Confieso que sentí el impulso de acercarme y olerlos. Tenían que oler como a especias lejanas, a pertenencia a atmósferas recónditas. Luego desaparecieron entre la multitud y se me olvidaron, como si hubiese sido un sueño. Ayer al parecer hicieron de su lema trending topic en Twitter como si se hubieran reunido todas esas tribus contra Johnny Weissmuller: la de Tarzán de los monos y la de Tarzán y su compañera, la de La fuga de Tarzán, Tarzán y su hijo, El tesoro de Tarzán, Tarzán en Nueva York... y así hasta doce, que fueron las películas de Johnny.

Hasta trece Copas de Europa ha llegado el Madrid con Florentino Pérez. Tres de ellas consecutivas, siendo el Real Madrid considerado por todos como el mejor club del mundo y de la historia. El club más admirado. El más rico, el más seguido y todas esas cosas y muchas más (a pesar de todo) que no deben de comprender esos aborígenes feos y malvados (pobres estereotipos) a los que les gustaría destruir (y no van a poder, igual que siempre) las bonitas posesiones de Tarzán en la selva, como el ascensor de madera manejado por el elefante y otros prodigios florentinianos.