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Nuestra Señora de Lisboa

Nuestra Señora de Lisboa

Escrito por: Mario De Las Heras13 junio, 2020
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Dice el diario Bild que el Madrid va a jugar su eliminatoria contra el City en Lisboa. Y que allí también va a jugar el Barcelona la suya contra el Nápoles. Tanto hablar del factor campo y de su supuesta pérdida con la utilización del Alfredo Di Stéfano, y resulta que la Copa de Europa le va a dar al Madrid ese poder de forma natural, del mismo modo que va a meter al Barsa en el lugar donde al Madrid y al madridismo se le apareció Dios disfrazado de Sergio Ramos.

No podía haber mejor escenario que el del milagro de la Décima para lanzar y conseguir la remontada. El Madrid va a jugar en casa y la ausencia de público va a acrecentar esa sensación. El ambiente favorable lo van a proporcionar las gradas vacías y los muros como de iglesia, como de catedral, como una Notre Dame vacía donde todo el mundo sabe, por ejemplo, que Napoleón se coronó emperador.

Esas paredes susurran que el 24 de mayo de 2014, en el minuto 92 y 48 segundos de la final de la Copa de Europa, Sergio Ramos marcó el gol que dio el empate al Real Madrid para conseguir después la Décima en la prórroga del encuentro. Todo esto debe de escucharse al entrar en ese campo. Imagínense sin ruido.

Imagínense ustedes solos en Notre Dame. Imagínense que las esculturas y las imágenes de los cuadros y de las vidrieras cobran vida y le asaltan en su imaginación como a los profesores narcotizados de El secreto de la pirámide. Por supuesto, esto no le pasará a usted, madridista, sino a todo aquel rival. Y no habrá ningún joven Sherlock Holmes para descubrir el misterio. Imagínense a Pep corriendo despavorido por la banda, presa de extrañas visiones. Imagínense a los citystas descolocados sobre la yerba, viéndose protagonistas de inexplicables sucesos.

Será la Décima, como si fuera Nuestra Dama, la que producirá esos efectos, mientras el Madrid avanzará imbuido del espíritu que sabía, al borde del precipicio (con el miedo y la serenidad y también la media sonrisa de Cary Grant conducido a toda velocidad por Grace Kelly a través de las curvas vertiginosas de las carreteras de la Riviera francesa), que al final de ese acelerón efímero sólo le esperaba el triunfo.

Piensen ahora en el Barcelona amedrentado por esos ecos fantasmales. Es la ópera de París (otra vez París, siempre nos quedará París, o Saint Denis) y su fantasma. Un jorobado y un fantasma. Tiene que haber una novela romántica y gótica del Estadio da Luz. La titularemos Nuestra Señora de Lisboa. A saber, el madridismo gótico del estadio de Lisboa, donde un niño madridista del barrio de Alfama se va a vivir secretamente al coliseo lisboeta, como Erik y Quasimodo, para hacer perdurar en el tiempo el recuerdo de la gran gesta blanca.

Nadie puede descubrirle. Llamémosle Monteiro, como aquel personaje de Tabucchi. Bajo los cimientos del estadio, el joven Monteiro, el secreto lisbonense madridista, tiene su hogar y puede acceder a cualquier parte a través de pasadizos secretos. Nadie sabe que pasó con el balón de aquella final. Desapareció misteriosamente en los vestuarios. Lo mismo que algunas camisetas y pantalones de los jugadores del Real Madrid.

Monteiro está listo para el regreso de los blancos y el estreno de los azulgranas. Monteiro y Lisboa construirán el ambiente que necesita el Madrid en ausencia de público. Todo esto ya lo saben en Manchester y en Barcelona. Mejor dicho, no saben nada. Tan sólo que en el estadio lisbonés los asientos vacíos susurran madridismo y el fantasma evoca imágenes espeluznantes como la de Xabi Alonso con traje y corbata saltando al vacío para celebrar el glorioso cabezazo de Bale.