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El escudo del Real Madrid: la historia

El escudo del Real Madrid: la historia

Escrito por: Antonio Valderrama26 agosto, 2015
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Es curioso rebuscar en la historia del Madrid, en los orígenes de la institución, por aquello de hacer caso al mármol que en Delfos les decía a todos los que iban a consultar el Oráculo que había que conocerse a uno mismo. La mejor manera de saber cuál es la naturaleza, digamos, esencial, de una entidad, es abrir de un tajo quirúrgico su Historia, y contemplarla ante la luz cierta de los acontecimientos. Los atributos externos del Real Madrid Club de Fútbol, entre los que se encuentran, qué duda cabe, el color de su camiseta, de su equipación, su escudo y su propio nombre completo, hablan de esta trayectoria azarosa a lo largo de los años. Aunque, cuando miramos desde nuestra olímpica tribuna cómodamente instalada en el presente, se nos aparezcan los clubes como creaciones ex profeso de nuestro tiempo, es imposible olvidar la huella indefectible del contexto en el que se desarrollaron los clubes deportivos españoles: es evidente que, como producto del entorno y del ambiente político y social de la España de finales del XIX y principios del XX, la génesis del Madrid está tan influida como la de cualquier otro club por la atmósfera coyuntural.

El Madrid, de definirse, sería burgués, hijo de la vanguardia intelectual y académica de la España del cambio de era; de los jóvenes españoles que a caballo entre el siglo viejo y el nuevo absorbían con la curiosidad inquieta de la vida que florece los cambios que iban produciéndose a tiempo real en el resto de Europa. En medio de un magma excitante y novedoso, de un bullir de conceptos e ideas cocidas en el trasiego comercial, ideológico y cultural entre la capital de España y Londres, París, Viena o Berlín, nace una institución que con el tiempo prevalecería entre las demás, en medio de una atmósfera hirviente donde el ejercicio físico al aire libre pasó, de súbito, a ser considerado como elemento imprescindible del nuevo estilo de vida moderno y, por tanto, del catálogo pedagógico con que instruir a los jóvenes españoles. Los rancios usos sociales, arterioescleróticos, dieron paso a un torrente de nuevas preocupaciones relacionadas con el cuerpo y el movimiento: de ahí la abrupta proliferación de nuevos clubes y sociedades deportivas. En la gestación del Madrid aparecen, como estrellas titilantes en el firmamento, nombres poderosos que evocan la brisa de renovación que invadía los principales centros urbanos españoles, expuestos al oleaje de las corrientes intelectuales que batían Europa: la Institución Libre de Enseñanza, el Liceo Francés de Madrid, la burguesía catalana, los ingenieros de minas, el Sky, los comerciantes británicos de la capital.

En 1876, un grupo de catedráticos díscolos y en abierta confrontación con la Universidad española a cuenta de la defensa de la libertad de cátedra, fundaron en Madrid la Institución Libre de Enseñanza, un rayo de Zeus que vino a iluminar, con efímero fulgor, la forma de enseñar a los niños y jóvenes en este país. Francisco Giner De los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Nicolás Salmerón, Hermenegildo Giner, Augusto González de Linares y otros tantos eruditos de primer orden conformaron un centro de saber asimilable a la Casa de la Sabiduría de Bagdad en el siglo IX, o a la Escuela de Traductores de Toledo del siglo XIII: una academia alrededor de la cual germinaron varias generaciones de españoles nuevos, avezados en el cientifismo, en el institucionismo, influidos por las corrientes de pensamiento y filosofía centroeuropeas; alejados, en suma, del rigor supersticioso y del rictus confesional predominante en la escuela española del último tercio del siglo XIX. Sin la Institución Libre de Enseñanza y sus templos de erudición adyacentes, como el Centro de Estudios Históricos o la famosa Residencia de Estudiantes, el núcleo de lo que se dio en llamar Siglo de Plata de la cultura española no hubiera tenido lugar.

Emulando a la Institución, nace en 1884 el primer Liceo Francés de Madrid, otro centro de estudios estructurado en torno a la razón crítica, el pensamiento científico y los nuevos métodos procedentes de Europa. Estas dos escuelas serían importantes en el devenir del Madrid, pues de ellas saldrían sus precursores: los primeros directivos y los primeros futbolistas, y dos de los clubes que fueron fermento posteriormente del Madrid: la Sociedad de Foot-Ball (cuya identificación con el mítico Sky Foot Ball Club es puesta en duda muy seriamente por los autores Luis Javier Bravo Mayor y Víctor Martínez Patón en su trabajo La aguja del pajar: el origen del fútbol en Madrid), matriz madridista, y la Associaton Sportive Française, aparecida poco después, y que terminaría integrándose en el Madrid con el paso de los años, abandonando sus colores azules y verdes originales.

Esta es la atmósfera que pare al Madrid. Ya en 1879 se fundó en la ciudad una sociedad deportiva pionera: el Cricket y Foot-Ball Club de Madrid. Una década después, hacia 1889, la hornada de jóvenes profesores de la Institución Libre de Enseñanza (destacando el célebre Manuel Cossío) que habían perfeccionado su maestría en Oxford, Cambridge o Eton, transmiten a sus alumnos los modos de aquel extraño sport que causaba recelo y admiración entre las buenas gentes de Madrid. Maestros y chiquillos patean con brusquedad los primeros balones alrededor de los campos y praderas de la Puerta de Hierro y la vera del Manzanares; nadie sabe muy bien cómo funciona aquel juego caótico, y tienen que venir algunos súbditos de la Albión como sir Arthur Johnson -el primer entrenador del Madrid, quien fue de los primeros en recomendar a los delanteros que evitasen fumar junto a los guardametas rivales mientras esperaban a que les llegasen los balones en franquía- o el suizo, empleado de banca, Paul Heubi, para enseñarles a todos a organizarse sobre el albero. Creciendo conforme al cosmopolitismo de sus cercanos docentes -los paseos matutinos por el campo, las meriendas comunes, el desarrollo de la actividad física como complemento básico de la educación teórica de la juventud, eran preceptos absolutamente establecidos en la cultura pedagógica de la Institución- un grupo de aquellos alumnos, ya mozos y muchos de ellos estudiantes superiores o universitarios, fundaron La Sociedad de Foot-Ball. Era 1898 y los colores del patriarca del fútbol madrileño eran el rojo de la casaca y el azul oscuro de los calzones y las medias.

La Nueva Sociedad de Julián Palacios

Esta Sociedad carecía de escudo. Un año después, un grupo de descontentos encabezados por Julián Palacios, casi todos procedentes de la Escuela de Ingenieros de Minas y del equipo del Association Sportive Française, se escinde formando la Nueva Sociedad de Foot-Ball. Muchos de aquellos jóvenes habían vivido algún tiempo en Inglaterra a expensas de sus familias, todas ellas burguesas y de buena posición. De eso conocían la fama del Corinthian de Londres, el equipo amateur más célebre de la Historia del fútbol británico. Los jugadores del Corinthian lucían una camiseta blanca de seda muy llamativa que era percibida como un venerable icono de pureza. Por esta influencia, y por la de sir Arthur Johnson, se decidió que la camiseta de la Nueva Sociedad fuese blanca. Esto disgustó a quienes aún permanecían fieles a la memoria de la vieja Sociedad (confundida en la mayoría de las fuentes con el Sky). Ambos grupos habían acordado reunirse en una taberna para unirse en una misma entidad. No se llegó a un acuerdo y los leales a la vieja Sociedad fundan el Sky Foot-Ball Club, cuyos colores continuaron siendo los mismos que los de la vieja Sociedad.

Un jovencísimo Julián Palacios

Un jovencísimo Julián Palacios

En octubre de 1901, el Sky languidece y muchos de sus futbolistas se unen a Julián Palacios y su Nueva Sociedad: deciden entonces darle un empaque diferente que resuelva todas las antiguas rencillas, y nace el Madrid Foot-Ball Club, sociedad convergente de aquellos esfuerzos pioneros, esporádicos y fragmentados. A pesar de ello, el Sky seguiría vivo, rebautizado tras el nacimiento del Madrid como New Foot-Ball Club. Su escudo se formó con las iniciales en acrónimo: NFC, entrelazadas. Probablemente inspirasen el primer escudo netamente madridista, que habría de esperar todavía unos meses. La actividad del Madrid no se regularía oficialmente hasta la fecha, ya imperecedera, del 6 de marzo de 1902, cuando se formalizó su primera Junta Directiva; y más adelante, el 22 de abril siguiente, cuando se levantó el acta fundacional y se celebró la primera reunión de la Junta. En ella se constataba el alquiler del primer terreno de juego (junto a la Plaza de Toros de Goya) y se disponía cómo había de ser la indumentaria del nuevo club:

Pantalón y blusa blancos, medias negras con vueltas, y cinturón con los colores nacionales, completándose con un casquete azul oscuro”. La blusa está cruzada por una ancha banda morada, representativa del austero color de Castilla, en la que figura el escudo de Madrid bordado en colores.”

Están aquí los tres elementos principales que marcarán la esencia del escudo del Madrid a largo plazo: el blanco, el escudo de Madrid y la franja morada. Se decidió que tres grandes letras, al uso del New Foot-Ball Club, lo compusieran: la C, la M de menor tamaño, y la F sobrepuesta entre la M. En las fotos de la época, ora aparecen las letras en azul oscuro sobre el pecho blanco de las camisetas, ora blancas insertas en un óvalo azul. Sea como fuere, hasta casi la tercera década del siglo XX, el escudo propio del Madrid hubo de alternarse con el oso y el madroño del distintivo de la Ciudad, ya que la normativa con que se regularon los primeros Concursos o Copas de la Coronación obligaba a los equipos madrileños a utilizar la heráldica local en los