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Es la cultura, Florentino

Es la cultura, Florentino

Escrito por: John Falstaff1 diciembre, 2015
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Culture eats strategy for breakfast (Peter Drucker)

 

El Real Madrid, y con él todo el madridismo, debería mirarse en el espejo. Pero no en un espejito mágico que nos diga que somos los más guapos, los que más títulos tenemos y los que más envidia despertamos en el mundo mundial, sino en un espejo de verdad. Un espejo que nos devuelva fielmente nuestra imagen, sin maquillajes y sin afeites y con sus luces y con sus sombras, que cada vez son mayores y más oscuras, hasta el punto de amenazar con eclipsar a las primeras. Un espejo, por ejemplo, como los que lúcidamente han puesto ante nuestros ojos en fechas recientes Fantantonio y Mr Sambo en estas mismas páginas. El Real Madrid, y con él todo el madridismo, haría bien en dejar de hacerse trampas al solitario.

floper hablando por teléfono

Yo miro al espejo del Real Madrid y la imagen que me devuelve es la que certeramente describía Jesús Bengoechea, trasnmutado en C.S. Lewis, en la réplica que daba a Fantantonio: que la falta de compromiso de la plantilla, la desidia, la  autocomplacencia y el aburguesamiento se han enseñoreado del Real Madrid desde hace, ay, varias décadas. Pero la conclusión a la que me lleva la observación de tal circunstancia es la opuesta a la que alcanza el muy querido y admirado editor de esta publicación. Viene a defender Bengoechea que, teniendo el mal una naturaleza poco menos que endémica en nuestro club y aun a pesar de tratarse de un padecimiento del que convendría sanar, habida cuenta de que hasta el momento la enfermedad no se ha mostrado capaz de acabar con la inercia victoriosa del club, no es asunto tan grave convivir con ella. Sería, en la visión de Bengoechea, algo así como una dolencia crónica que cursa con achaques a veces dolorosos, pero que no impide llevar una vida normal, lo que tratándose del Real Madrid equivale a continuar con su trayectoria de acumulación de éxitos.

Como digo, no puedo estar más en desacuerdo (lo siento, Jesús). En primer lugar, por una cuestión de valores (los valores son para el madridismo lo contrario que para el barcelonismo: algo de lo que raramente presumimos pero que constituye nuestra esencia primera y última). El Real Madrid ha sido siempre el club del esfuerzo, de la lucha hasta el último minuto, del no dar un balón por perdido. Nada repugna más, por tanto, al madridismo -al menos al madridismo como yo lo entiendo- que el talento desaprovechado, los títulos dejados de ganar o directamente regalados al adversario por pura indolencia, por falta de ganas, por ausencia de espíritu competitivo. Pero también, sin necesidad de principios grandilocuentes (aunque auténticos) estoy en desacuerdo por una consideración de orden meramente práctico, egoísta si se quiere, que es en la que me interesa incidir en este artículo: porque la organización que amamanta una cultura en que se aceptan la abulia, la desgana y la holgazanería -pongan ustedes el sinónimo que prefieran-, está abocada a la mediocridad y al fracaso. Los vicios, como las enfermedades, tienen por naturaleza una vis expansiva que les lleva a crecer y a extenderse aniquilando cuanta virtud encuentran a su paso. Ya saben, la manzana podrida en el cesto de manzanas sanas. Precisamente por ello es preciso combatirlos; es cuestión de supervivencia.

Piensen ustedes en cualquier organización, en el mundo de la empresa, del deporte o en cualquier otro ámbito de naturaleza competitiva, que sea conocida por su éxito indiscutido y continuado en el tiempo, por haber sido admirada e imitada a lo largo de los años y de las décadas. Sea cual sea la organización que hayan traído a su imaginación, les apuesto doble contra sencillo a que una de las características que la definen -me atrevo a decir que la única característica que realmente la define- es la de tener una cultura ganadora firmemente arraigada. No es posible el éxito sin una cultura ganadora. La cultura ganadora es la salsa secreta, el ingrediente indispensable en toda historia de éxito. Y en mi opinión, es precisamente la falta de una auténtica cultura ganadora el gran problema del Madrid que va desde la Quinta del Buitre a nuestros días.

¿Pero qué es una cultura ganadora? Desde luego, una cultura ganadora no consiste en mirar al pasado glorioso para presumir de él y confiar en que, por el solo hecho de lucir un determinado escudo en el pecho, la historia volverá a repetirse en el futuro. Una cultura ganadora no rehúye la introspección y el análisis de lo que hay que mejorar so pretexto de la persecución de la prensa y de los árbitros. Una cultura ganadora no vuelve los ojos a la realidad, pero no para quejarse de ella sino para combatirla, y sobre todo no utiliza a los enemigos externos (por muy numerosos que sean y por muy formidable que sea su fuerza y munición) como excusa para justificar sus propias debilidades. Una cultura ganadora huye de la autocomplacencia como de la peste y persigue la excelencia de forma incansable, sin concederse un respiro. Una cultura ganadora premia el mérito y el rendimiento y los hace prevalecer sobre los años de antigüedad o sobre el amiguismo. Una cultura ganadora no tolera la indolencia y la holgazanería, por más que después se pida perdón con lágrimas de cocodrilo en la televisión o en las redes sociales antes de acudir a la próxima cita con el peluquero. Una cultura ganadora lucha con igual fuerza contra la injusticia a la que pretenden someterla sus adversarios que contra la deslealtad y el egoísmo con la que pretenden dinamitarla quienes deberían defenderla.

Una cultura ganadora es una cultura incómoda, que exige esfuerzo continuo, demostrar la valía constantemente y perseguir siempre la mejora. Es antipática para los miembros de la organización y es antipática para sus dirigentes, que tienen que tomar decisiones incómodas, con frecuencia impopulares, con la frialdad y la asepsia del cirujano que extirpa el apéndice infectado. Es una cultura en la que sólo unos pocos se encuentran a gusto porque es una cultura sólo para los ganadores,  y por definición éstos son escasos. Es una cultura muy difícil de instaurar y de mantener; por eso hay tan pocas. Es la cultura -los madridistas lo sabemos muy bien-  que construyó don Santiago Bernabéu, otro ilustre antipático (muy oportuno el ejemplo que nos traía Mr Sambo de Di Stefano acabando sus días en el Español), y que desgraciadamente el Real Madrid ha perdido.

Florentino Pérez, a lo largo de sus dos mandatos, ha fichado extraordinarios jugadores y ha conformado plantillas rutilantes y difícilmente mejorables. El balance general de títulos, habida consideración de la calidad de nuestros futbolistas, es extremadamente pobre, sin que dicho balance haya variado mucho con un entrenador o con otro. (Hablo, claro, de Ligas y de Copas de Europa, que son los únicos títulos que de verdad nos importan a los madridistas, porque los títulos de menor cuantía -entre los que incluyo la Copa, por emotivas que fueran las ganadas por Mourinho y Ancelotti- no son los que construyeron nuestra grandeza ni los que han de mantenerla.) Los episodios de dejadez de los jugadores se han repetido con entrenadores paternalistas y con entrenadores exigentes. Incluso en la temporada de la Décima, los jugadores renunciaron a una Liga que tenían ya casi ganada en un caso de desinterés e indolencia como nunca se había visto y que constituía una afrenta a la historia del club.

¿Obedece todo ello a que Florentino Pérez tiene especial acierto al fichar a los futbolistas más vagos del mercado? Es posible, pero altamente improbable. Lo más probable, en mi opinión, es que los jugadores, al llegar a nuestro club, encuentran una cultura que no exige la excelencia y el esfuerzo continuo, donde los pesos pesados del vestuario, en lugar de inculcar a los nuevos lo que significa defender el escudo -como en tiempos hicieran Juanito, Stielike y otros muchos- hacen mohines en el campo, se declaran "tristes" o incluso se permiten retorcer el brazo del presidente para echar al entrenador. Donde son idolatrados y nunca exigidos, y donde la deslealtad y la falta de profesionalidad no sólo no son castigadas, sino que a veces son recompensadas con renovaciones al alza de los contratos. Pretender que en ese caldo de cultivo brote y arraigue el esfuerzo, la sed de vic