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El trueque galáctico de Bartomeu

El trueque galáctico de Bartomeu

Escrito por: Fred Gwynne23 mayo, 2020
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El primer contacto con una civilización extraterrestre se produjo el año pasado, a finales de marzo, en un chalet de Cedeira cercano a la Praia da Madalena. Los dueños del chalet, asturianos de origen, habían invitado a unas cincuenta personas para celebrar la espicha, una reunión festiva para catar la nueva sidra que año tras año elaboraba con gran éxito Selmo (visto el número de litros que se consumían en el evento), el dueño del chalet. Se preveía un día primaveral, fresco a primera hora, cuando el rocío todavía no se había evaporado, y lo suficientemente cálido al mediodía como para madrugar y montar dos largas mesas en el jardín para celebrar la fiesta.

Para las doce, cuando los familiares y amigos invitados empezaron a llegar, el olor de los oricios, nécoras, centollas, jamón, queso, huevos cocidos y bollu preñáu se mezclaban con el de los cerezos, perales y ciruelos que florecían en el jardín.

Unas horas más tarde, en pleno jolgorio, después de escanciar más de cien botellas de sidra, cuando la anfitriona, jaleada por todos los presentes, salió al jardín sujetando sobre su cabeza una bandeja con una enorme empanada de más de un metro de larga, se produjo el primer contacto extraterrestre de la historia de la humanidad. No fue uno de esos clásicos avistamientos en el cielo precedidos de un resplandor cegador ni un OVNI levitando sutilmente y luego desapareciendo a la velocidad de la luz en el horizonte, no, fue un contacto mucho más cercano e impactante para todos los presentes: Selmo, el dueño del chalet, al pasar su mujer con la empanada a su lado, dio un salto, abrió una enorme boca y se tragó de un solo bocado la empanada, bandeja metálica incluida.

—Hay fame, ¿eh? –alcanzó a decir su mujer, segundos antes de desmayarse.

Aquel día, Selmo, mejor dicho, el alienígena que habitaba desde hacía más de dos décadas aquel cuerpo y cuyo nombre sonaba como hacer gárgaras con tirafondos, se dejó llevar. Como buen extraterrestre toleraba muy bien el alcohol, pero beberse dieciocho litros de sidra como hacían aquellos bárbaros le cogió por sorpresa. Cuando se quiso dar cuenta estaba borracho como una cuba.

Y a él el alcohol le daba un hambre atroz…

Un segundo después de tragarse de un bocado la empanada se dio cuenta de su error. Estaba seguro de que sus congéneres, repartidos por toda Galicia, no iban a perdonar esa merma en su seguridad y le convocarían al Consejo Galáctico Gallego (CGG) para dar explicaciones.

Ante la gravedad de sus actos, decidió escurrirse como una comadreja y mudarse de casa inmediatamente. Vomitó la bandeja (el hierro fundido le daba gases), abandonó el cuerpo de Selmo y se dejó llevar por la brisa marina buscando un nuevo humano que ocupar.

Afortunadamente para su integridad, la Guardia Civil, después de tomar declaración a aquel grupo de borrachos que se empeñaban en decir que uno de los presentes, que tumbado cuan largo era en la hierba afirmaba no recordar absolutamente nada de lo sucedido, se había zampado de un bocado una empanada de bonito de un metro de largo, dio carpetazo al asunto y el incidente quedó en unas cuantas risas en el cuartel.

Selmo era uno de los, según el último recuento oficial, 471.836.397 de Extraterrestres Madridistas (EM) que vivían en la Tierra. Primero llegaron unos cuantos colonos, bon vivants galácticos, que se instalaron en la Galicia rural, atraídos principalmente por el clima suave (en sus planetas de origen la temperatura solía variar entre los -227 y los 112 grados Celsius), el lacón con grelos y el orujo de hierbas. Con el tiempo se extendieron por Euskadi (los chipirones en su tinta y las kokotxas , además de recordarles a ciertos congéneres de sus planetas, los volvían locos), Aragón y Cataluña. Desde allí, a lomos de los hermanos Padrós, llegaron a la capital y fundaron el Real Madrid, expandiendo década a década su prestigio por todo el universo. Hay también extraterrestres de otros equipos repartidos por el mundo, pero normalmente están a sueldo, pagados por los madridistas más pudientes para representar un ficticio papel de antimadridistas en el bar, el trabajo o en las tertulias de radio y televisión. Son de pega, como los luchadores del Pressing Catch, sus golpes son de mentirijilla, sirven para darle más calor y emoción al fútbol y para hacer de sparring. Dentro de estos actores también hay una escala salarial, los más cotizados son los del Atlético de Madrid, aclamados en toda la Galaxia por bordar en la Copa de Europa la misma actuación desde hace más de un siglo y unos cuantos jugadores del Barcelona expertos en el Teatro de Vanguardia, hacer al revés el “Saludo al Sol” y achicharrarse vivos una y otra vez.

Selmo, su nombre extraterrestre original podéis encontrarlo camuflado en varios tuits de Jorge D’Alessandro, pasó un tiempo vagando libremente por los vientos de Europa, de brisa en racha, de remolino en galerna, en busca de un nuevo hogar. En España, donde los cuerpos estaban cotizadísimos, intentó asentarse en dos humanos, uno amante de los naúticos y otro de las fichas de colores, pero ya estaban ocupados. No tenía ninguna prisa, podía permanecer más de diez años fuera de un cuerpo y quería echar raíces, elegir alguien cómodo que se amoldase a sus gustos.

 

Bartomeu repasó una vez más el plan trazado. El trueque exigía trabajo, constancia y muchos sacrificios, no podía uno presentarse delante de los italianos siendo un inexperto con gafas, cara de empanado y pinta de cervatillo. Había que jugar muy bien las cartas. Recordó la famosa frase del póker y la hizo suya para motivarse: “Si a los diez minutos de sentarte a jugar una partida no sabes quién es el pardillo, entonces el pardillo eres tú”.

Había decidido practicar a todas horas, en casa, en el supermercado, en el trabajo, en el kiosco, quería sentarse a negociar con aquellos espaguetis de tres al cuarto sin ser el pardillo de la partida.

Comenzó en la gasolinera:

—Son 90 euros, señor Bartomeu, ¿Tarjeta o metálico?

—Trueque.

—¿Trueque?

—Sí, bienvenido al futuro, primero fue el dinero, luego las tarjetas de crédito y ahora llega el trueque. ¿Nadie le ha avisado?

—Pues no, primera noticia.

—Perdone que sea sincero, pero veo a su empresa un poco desfasada. ¿Dinero? ¿En el siglo XXI? Por el amor de Dios, toda compañía que se precie ya trabaja el intercambio, hay que erradicar de una vez el dinero de nuestra sociedad, el trueque es más cómodo y democrático, iguala a las personas. ¿Qué le parece cambiarme esos 90 euros de gasolina por un autógrafo de Todibó?

—Hombre, mucha ilusión no me hace, yo es que soy del Español...

—Pues no se hable más, le cambio el dinero por un abrazo del presidente del Barcelona. ¿Hay algo más valioso que la fraternidad y el respeto entre aficiones rivales?

—Mire, mejor me paga y luego, si eso, ya nos abrazamos.

De la gasolinera pasó a la panadería y de ahí a la carnicería, la farmacia, el súper, la sastrería y el taller mecánico. Llevó su obsesión por el trueque hasta su casa, no podía perder un minuto sin practicar.

—Cariño, pásame la mermelada, por favor.

—Hombre, ¿así? ¿sin más?, deberíamos hacer algún trueque, ¿no? ¿Te parece bien que tú me pases la mermelada y yo te acerque un par de tostadas de pan?

—Ya tengo tostadas, Barto, dame la mermelada y déjate de tonterías, voy a llegar tarde al trabajo.

—¿Y si a las dos tostadas le sumo la mantequilla y el café con leche?

—QUE ME DES LA MERMELADA.