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El paraíso culé

El paraíso culé

Escrito por: Mario De Las Heras29 noviembre, 2016
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Un ejemplo no sólo de una prensa enferma sino de una sociedad enferma, por lo generalizado de la opinión, son las palabras del periodista José Joaquín Brotons: "No perder durante treinta y un partidos es casualidad. El Real Madrid está jugando desastroso". Quizá hubiera sido más correcto escribir: "...El Real Madrid está jugando desastrosamente", lo cual acerca la decadencia, la caída más bien, de la sintaxis al hundimiento de la información y de la razón, que al fin también es el hundimiento de la moral. Vivimos en la famosa abadía benedictina de Umberto Eco.

El ejercicio del F.C. Barcelona en los terrenos de juego (más allá de la calidad indiscutible del equipo y de sus jugadores), repleto de simulaciones, de vicios de la carne y del espíritu, de presiones a los árbitros, de demostraciones inequívocas de saberse protegidos por todos los estamentos, hace tiempo que ha sobrepasado los límites de su burdo soterramiento. El monstruo crece sin el control de sus creadores y hay hombres, como yo mismo, que huyen despavoridos por las calles ante la violencia y el misterio, ya ni siquiera desfachatez como en un principio, del engendro.

En Anoeta todo el mundo pudo asistir a la enésima muestra del terror barcelonista, sustentado incluso en el teatro del absurdo (que pasa por realismo) que improvisan los jugadores y sus padrinos y sus vates. Todo esto salió bien hace mucho tiempo. La comunión entre distintos poderes que creó un sistema en el que el Real Madrid era el nudo del antisistema: el Maligno. El pueblo está convencido de este estado de las cosas. Es un estado mental en el que hasta el aficionado madridista se mueve igual que en una pecera donde el barcelonismo le echa de comer como si fuera el pobre monje Salvatore. El fútbol vive en un ecosistema perfecto: el paraíso culé.

La corrupción y el fraude extendidos en el paraíso no es que no existan, que sí, pero no trascienden. Las condenas personales e institucionales no se publican como no se publican en directo ni en diferido los fueras de juego. Hasta la trascendencia de las cosas está tomada como la casa de Cortázar, que al final del cuento se tiene que marchar y tirar la llave a la alcantarilla. En España hay millones de personas que han tirado la llave a la alcantarilla felices de que les expulsen de su hogar (del hogar de su libertad y de su libre pensamiento) con tal de poder decir que Cristiano es un pecador y Messi es un genio, el nuevo mantra lanzado a través de los micrófonos.

messi y cristiano se dan la mano

Piqué no es un provocador ni un maleducado. Piqué es un valiente y un ocurrente. El odio derramado hacia el rival de siempre por individuos como Stoichkov se guarda en un frasco de perfume. Bernardo Gui es un santo. Busquets no es un hombre vil por sus conocidos manejos extradeportivos sino un hombre humilde y discreto y piadoso, lo cual no es problema para que sea travieso y divertido. Un chico sano, como Jordi Alba, que no finge mutilaciones en directo sino que en cada partido no hay día que no haga por esa banda suya su particular camino del Calvario. "Jordi Alba nos salvó a todos", dirán en un futuro, como Jesucristo.

El expresidente Rosell no les hacía repetir a los niños en un colegio: "¿Cómo es Messi?: bueeeno", y ¿cómo es Ronaldo?: maaalo". No. Les estaba contando la Verdad con una sonrisa en los labios. La misma Verdad que nació conociendo Xavi Hernández, el sabio que conoce los peligros de la "lujuria del intelecto", y que es el conciliador amigo íntimo de Casillas, el yerno de España y enemigo de Mourinho, la némesis barcelonista, Fray Guillermo de Baskerville o el antisistema hecho hombre.

El home del sac que obró el "milagro" de la Liga (como me decía ayer Jesús Bengoechea) tuvo que salir de aquí perseguido, él y toda su familia, no por una turba iracunda sino por amables ciudadanos buenos y bienintencionados como el periodista José Joaquín Brotons o como el comentarista Michael Robinson, que ayer durante la transmisión del encuentro en San Sebastián se repetía a sí mismo lo imposible que era que el equipo culé no tuviese centro del campo a pesar de lo evidente, mientras yo le imaginaba santiguándose, delante de Carlos Martínez y su tonsura y del tal Maldini con su lujoso hábito inquisidor, temerosos todos de la blasfemia.