Las mejores firmas madridistas del planeta

El maestro

Escrito por: Angel Faerna20 noviembre, 2016

La foto de Guillermo Otero, célebre a estas alturas, de los diecisiete escolares sentados en el suelo del patio escuchando con desigual atención las palabras de su profe de gimnasia dio pie hace un par de semanas a una serie de estupendos artículos de algunas de las mejores firmas de La Galerna. No creo que desde el madridismo se pueda escribir nada más ni mejor sobre aquella imagen que lo ya escrito y publicado aquí. Sin embargo, me pregunto si en este caso ser madridista no será un estorbo para llegar hasta el fondo de la foto, del mismo modo que quienes no sienten el menor interés por el fútbol corren el riesgo de pasar por alto su profunda seriedad. Supongo que yo me he librado de tal riesgo porque el fútbol me interesa, si bien moderadamente, mientras que quizá mi madridismo, siendo cabal pero no lo que se dice absorbente, me ha dejado algún resquicio para mirar más allá de los nombres estampados en las camisetas que aparecen en la imagen. Porque, para lo que yo veo en ella, la aportación de esos nombres —«Messi», «Ronaldo»— está solo en su fuerza icónica, no en los equipos ni aun en las personas con que los identificamos. Ya he empezado por decir que a mí esos niños no me parecen jugadores de un equipo infantil (para eso deberían ir uniformados y estarse quietecitos) sino escolares indisciplinados y ruidosos, y que el adulto me recuerda a un humilde maestro de primaria en chándal más que a un míster con licencia federativa. O sea, esto es una estampa de la vida y sus modestas grandezas, no del fútbol y sus rimbombantes pequeñeces.

Messi Cristiano niños

Si algo hace la vida detestable, es el moralismo. Tenemos la suerte de vivir en un universo variado y variable, y la suerte aún mayor de no poder hacer nada para evitarlo. Pero los moralistas quieren evitarlo a toda costa, piensan que el mundo sería mejor si para cada cosa dentro de él hubiera una única manera de ser «buena», y creen además que tienen el poder de conseguirlo (o que alguien debería dárselo). Figúrese usted que lo consiguieran. Imagine a toda la humanidad llevando la misma clase de vida consagrada al mismo tipo de bien, imagine que todo el mundo es bueno a la manera en que algún moralista entiende qué es «ser bueno». Suponga, si quiere, que esa versión del bien es la que usted mismo comparte. A pesar de todo, ¿no encontraría ese estado de cosas invivible? ¿Seguiría usted pensando que su bien es el mejor si ya no tuviera con qué compararlo, si ya nadie lo discutiera o lo desafiara? ¿No empezaría usted a buscar, entre tanto espíritu beatífico, a alguien sencillamente diferente?

Esos dorsales de los niños representan en mi lectura personal de la imagen la versión del bien que cada uno de ellos ha elegido, o la que sus padres le han proporcionado para empezar a andar por la vida, que para eso están los padres. Pero para captar la fuerza de la foto hay que olvidarse de que está tomada en algún lugar de Argentina, dato que le quita trascendencia al significado de lo que vemos (y que supongo que ocultarían cuidadosamente los barcelonistas al difundirla pletóricos en las redes). Mírela como si recogiera lo que está ocurriendo en cualquier lugar del planeta (que es como esos moralistas del Barça pretendían que la miráramos). ¿No es inquietante? De hecho, si no es aterradora es por el niño que defiende su propio y contestatario bien desde la esquina inferior derecha de la imagen. Por favor, suprímalo mentalmente por un instante y dígame si entonces querría llevar a su hijo a ese colegio, o si tan siquiera volvería a declarar públicamente que es aficionado al fútbol. No lo digo porque sea usted madridista; suponga que no lo es, o si esto es pedirle demasiado, suponga que todas las camisetas llevan el nombre de Cristiano. ¿Ya no le aterra? Entonces, señor, usted y yo no tenemos más que hablar.

Me pregunto qué les está diciendo a esos niños su profe. Vale que es la hora de educación física, pero eso sigue siendo educación. Me tranquiliza mucho que se esté dirigiendo al sector de Messi, o por decirlo menos capciosamente, que no se esté dirigiendo al único punto que queda fuera de ese sector. Porque si en vez de ser un maestro fuera un moralista, es por esa blanca oveja negra por la que se interesaría exclusivamente. Pero no, parece que esos niños tienen suerte y han caído en buenas manos. Seguramente les está diciendo que hay muchas formas de ser «bueno», incluso de ser «el mejor», y que la clase, el universo y el fútbol son también mejores de esa manera. Y que alguna vez, si a Messi y Cristiano les diera por intercambiarse la camiseta después de un clásico, demostrarían que de verdad merecen que ellos les admiren tanto. Que para eso están los profesores.

 

Número Dos

Ángel, el segundo de los Faerna, es profesor de universidad. Procura enseñar Filosofía sin hacer más daño del inevitable. Su especialidad, si acaso, es la epistemología y el pensamiento clásico norteamericano, extravagancia que compensa con una desmedida afición por los buenos arroces.

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