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El exorcista

El exorcista

Escrito por: Pepe Kollins29 septiembre, 2015
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El miedo está presente en cualquiera de los muchos rostros que atesora el diablo. Todos los temores son manifestaciones de una amenaza: el miedo a la muerte, al sufrimiento, a la pérdida... pero si hay uno especialmente angustioso que engloba a gran parte de aquellos, es el miedo a ser perseguido. Cuando uno escapa de un peligro siente la pérdida durante la huida, padece como si no avanzara y muere a cada zancada. El demonio no podía ser ajeno a ello.

mourinho muy serio

Por ese motivo, cuando Florentino Pérez decidió firmar a José Mourinho no lo hizo en el convencimiento de contratar a un técnico sino a un exorcista. Si Mourinho triunfó en el Real Madrid (cosa que hizo) no fue por lograr vencer al Barcelona de Guardiola (que lo consiguió aunque no en la suficiente medida como para tildarlo de éxito) sino por librar al madridismo de la inquietud que le asolaba hacía tiempo, la congoja por ser alcanzado.

Desde mediados de los sesenta hasta las postrimerías del siglo XX el Real Madrid se acomodó, conformista con su dominio en el ámbito nacional, cediendo el pulso en el que había sido el escenario propiciatorio de su eclosión: la Copa de Europa. A la ausencia de orejonas durante más de tres décadas se unió una sensación de pérdida de músculo institucional. El club envejecía a la par que su alma máter, don Santiago Bernabéu, de cuya muerte le costó reponerse. Aún así, la afición blanca jamás perdió la compostura. Cualquier afrenta en torno a una presunta decadencia internacional era neutralizada, al momento, con una mención al pin que engarzaba en el ojal del malintencionado interlocutor y que contrastaba con las condecoraciones madridistas, tan rebosantes como las de un oficial del frente de Stalingrado.

Pero la calma no perduró. Cuando ya en el siglo XXI, el de Setúbal se detuvo por primera vez delante de la fachada de Valdebebas, entre las tinieblas de la madrugada, cual padre Karras, con las siglas J.M. grabadas en la solapa de su chaquetón, alumbrado apenas por un haz de luz proyectado desde el piso de la residencia de jugadores, supo que en aquél lugar no había margen para la paz.

Desde principios de los noventa el madridismo percibió que una amenaza de otro calibre se cernía sobre ellos. Ya no se trataba de la posibilidad de una racha puntual por parte de un rival, sino de la ejecución de un plan a largo plazo con el objetivo de darles caza. El acecho tuvo sus vaivenes pero nunca se detuvo. La tensión, no obstante, sirvió para que el Madrid retomase su idilio con la Copa de Europa y tras la llegada de Florentino Pérez alcanzó momentos de verdadero lustre que devolvieron al merengue a donde, hasta ese momento, solo la melancolía era capaz de transportarle.

La relajación que, con posterioridad, suscitaron dos ligas seguidas y los indicios de declive del primer gran ciclo del Barcelona, con moción de censura incluida, abonó el sobresalto cuando, de imprevisto, el aliento del perseguidor resonó más próximo que nunca. Durante tres cursos todos los estamentos (plantilla, cuerpo técnico, dirigencia y seguidores) vivieron condicionados por la desazón de quien sentía su histórica supremacía cuestionada. En los enfrentamientos directos el equipo adoptaba una insólita actitud numantina, un entrenador fue destituido al confesar su incapacidad para doblegar al máximo rival y la afición se consumía en vísperas de cada clásico.

Desde su radicalidad, el miedo no atendía a un contexto objetivo sino al hipotético peor escenario posible. De nada servía que el medallero del contrincante, ahora sí más pesado, siguiese perdiendo holgadamente en la comparación, que la institución de Concha Espina dejase constancia de su musculatura financiera o que el reprise del adversario respondiese a factores transitorios. El hipotálamo del madridista tocaba a rebato. La respuesta de Florentino Pérez fue contratar los servicios de quien ya había acreditado poder doblegar a la bestia.

José Mourinho se entregó a la salvación de la criatura exponiéndose a la amenaza del maligno. Desde el primer día proclamó su fe, abjuró de santerías y lanzó abominaciones. El luso era consciente de enfrentarse a una fuerza mayor. Sabía que la única forma de vencerla era sacrificando su propia alma. Cada vez que invocaba un "¿Por qué?" la oscuridad se revolvía, lanzando invectivas y tratando de repelerlo. Extenuado, marchó habiendo purgado la expresión diabólica del miedo en el rostro del madridismo. El equipo ya no se arrugaba ni en sus visitas al Camp Nou, los aficionados blancos se ilusionaban con la llegada del clásico y nuevamente podían  encarar a esos hinchas rivales que, durante los últimos años, habían aguijoneado el cruce de miradas con una sonrisa provocadora.

El apaciguamiento permitió una perspectiva más adecuada para calibrar a la entidad: El Madrid continuaba siendo un referente deportivo, económico y mediático de primer orden, pero la distancia favorable con su rival inmediato se había reducido en los últimos años, más por méritos de su oponente que por deméritos del club blanco, estableciéndose, en la actualidad, una disputa enconada, tan pareja que cualquier detalle podía reducir aún más la diferencia o bien incrementarla.

Un sector de la afición (haters) dedujo que el equipo estaba obligado, por su historia, a una superioridad incontestable. Cualquier atisbo de equilibrio con otro rival, y ya no digamos de derrota, era la constatación de un Real Madrid enfermo y de resultas de dicho diagnóstico comenzó a escrutar síntomas obsesivamente. En el extremo opuesto, otro bando (happys) reclamó su derecho a no sufrir más, por lo cual redobló su insistencia en el  vigor de la entidad, obviando sequías y negándose a reconocer cualquier resquicio de debilidad. Aunque antagónicas, ambas facciones (negacionista e hipocondríaca) eran paradójicamente coincidentes en su incapacidad de asumir la derrota, a la que convertían en su nuevo eje de acción, ya sea escapando a su evidencia o regurgitándola sin cesar. Y así hasta hoy.

Que el Real Madrid, en su esencia implique "no renunciar jamás a la eternidad" (a la victoria) no significa que vaya a ganar siempre (circunstancia que hasta desde una perspectiva histórica ha sucedido menos que más). El madridismo es una inercia, no se manifiesta en su gloria sino en la aspiración obsesiva por conseguirla que suele ser el camino más recto para experimentarla. Un convencimiento que en ocasiones, incluso, puede transcurrir, en su evolución, por el sendero de alguna derrota (como sucede con todos los ganadores en cualquier ámbito de la vida). Reclamar una crítica constructiva para no caer en la autocomplacencia es necesario. Consolidar un entorno positivo y conceder confianza a los integrantes del club cuando flaquean también. Pero siempre de una forma equilibrada, relegando el único ejercicio de fanatismo a la natural aspiración a ganar. Poner énfasis en el perder es abrirle, de nuevo, la puerta al diablo.