Las mejores firmas madridistas del planeta

El Copón

Escrito por: Nacho Faerna25 febrero, 2016

Hace unos días se celebró la Super Bowl, la final del campeonato nacional de fútbol americano, un acontecimiento que demuestra año tras año que el Imperio está en decadencia, y lo digo con cierta pesadumbre dado que soy un gran admirador de los Estados Unidos. Porque ¿a quién le importa realmente, fuera de las amplísimas fronteras de los cincuenta estados y el distrito federal, lo que ocurre en el dichoso Super Sunday? ¿Acaso algún niño chino lleva una camiseta de los Denver Broncos, de los Carolina Panthers o sabe el nombre de alguno de sus respectivos quarterbacks? El único amigo que tengo que sigue la NFL lo hace para llevarle la contraria al mundo, para demostrarnos su desprecio mayúsculo por el soccer. Es de Calahorra y ya se sabe lo que dice la popular jota: aquello parece Guasintón, que tiene obispo, casaputas y frontón. Lo primero que hará mi amigo cuando lea esto será realizar una búsqueda en Google imágenes (niño chino con cachirulo camiseta Broncos) para demostrarme cuán equivocado estoy. Es muy burro, pero por eso mismo lo queremos.

Para el resto del mundo, la Super Bowl es Beyoncé y su agit-hip-pop, Lady Gaga cantando a la tierra de la libertad y el hogar de los valientes, Coldplay dando la brasa y la noticia del desorbitado precio por minuto de los anuncios de la tele en el descanso. O sea, que el partido es sólo una excusa para montar una súper gala de José Luis Moreno, un circo con majorettes y cheer-leaders, como decía aquí Número Uno la semana pasada, en el que, por cierto, no desentonaría la pretendida genialidad de Lindo Pulgoso y Patán en la ejecución de la penosa pena máxima. El mayor espectáculo del mundo, es decir, una payasada para niños.

Cuando un imperio no consigue imponer a sus súbditos sus ritos ancestrales es que tiene los días contados. El amigo americano nos ha colonizado el subconsciente con su cine, tal como acertadamente diagnosticó Wim Wenders, ha disparado nuestro colesterol con hamburguesas y el elixir de la chispa de la vida, pero ha fracasado estrepitosamente en la exportación de sus dos principales pasatiempos nacionales: el fútbol americano y el béisbol. Tuvo más suerte con el baloncesto, inventado por un canadiense, pero tampoco se ha convertido en casi ninguna parte en eso tan cursi que llamamos el "deporte rey", desde luego no en la Vieja Europa. Aquí reina el fútbol sin apellido, aunque en ciertos lugares tenga que disputarle el trono al rugby y a otras disciplinas minoritarias en el resto del continente.

Al baloncesto, que me encanta, le falta ese aliento épico de los grandes deportes al aire libre. También lo apuntaba Número Uno la semana pasada. (Acostúmbrense: yo soy Número Tres porque me limito a reciclar con mayor o menor fortuna lo que Uno y Dos ya han dicho, mucho mejor y con infinita mayor erudición que yo). La evolución del basket lo ha ido convirtiendo en una exhibición, deslumbrante y asombrosa, de acrobacias y desafíos varios a la ley de la gravedad que han condenado al ostracismo a los Harlem Globetrotters por fagocitación. Véase si no el concurso de mates del All-Star Game de la NBA, que también tuvo lugar hace unos días. Con Jordan se borró definitivamente, para bien o para mal, la frontera entre exhibición, competición y danza contemporánea.

En cambio, el fútbol, el nuestro, va ganando poco a poco popularidad en los Estados Unidos. Ya en el año 90 me sorprendió ver a muchos universitarios practicándolo en sus campus; también curiosamente muchas mujeres, quizá más aún que aquí en Europa. Grandes jugadores de este lado del océano han acabado sus carreras en la liga americana, desde Neeskens y Beckenbauer hasta Raúl pasando por Beckham. Y si Donald Trump no lo evita y la población latina sigue creciendo al ritmo que viene haciéndolo en la tierra prometida, no me extrañaría que en un par de décadas el Súper Tazón acabara jugándose sin casco y con esférico.

Mientras tanto, el fútbol en Europa es soberano, cosa de hombres. Aquí los derbis, clásicos y grandes finales no necesitan coreografías ni teloneros. Hasta hace no mucho, con esa arrogancia tan propia del Imperio, los campeonatos de la NBA y la NFL se autoproclamaban "mundiales"; ahora se conforman con añadirle el "super" a todo como si fuera ketchup. Puro marketing. Todo el mundo sabe que no hay nada más grande que una Final de la Champions, antes conocida como la Copa de Europa, que es como yo prefiero seguir llamándola. Para que no me llamen viejuno, sin embargo, asumiré la nomenclatura, pero como buen madridista lo haré en cristiano: la Liga de Campeones es la competición deportiva más importante del planeta.