Las mejores firmas madridistas del planeta

E.T.

Escrito por: Fred Gwynne1 mayo, 2017
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En mi planeta el fútbol no existe. Ni el deporte. Ni el sudor. Hay indicios de que en un tiempo pasado (más de cuatrocientos millones de años de su Sistema Solar) los habitantes de Rascayulín practicábamos algo parecido a lo que ustedes llaman fútbol. Según los archivos que he consultado en el juego participaban dos equipos y el objetivo  era introducir una especie de caja de miscrabio (un maleable metal extraído de las minas de nuestro subsuelo norte) en el ano (morfológicamente éramos muy parecidos) del contrario. El miscrabio se controlaba con la mente y, aunque en un principio tenía forma de caja rectángular, a lo largo del partido, y según la habilidad de los participantes, esta apariencia iba mutando en un puntiagudo misil, en un corcho gigante o en cualquier forma, por muy inverosímil que esta fuese, que facilitase o impidiese el objetivo final. El campeonato más importante de nuestra duodécima era se ganó gracias a la habilidad de un jugador que fue capaz de transformar el miscrabio en el capitán del equipo contrario. Durante unos pocos segundos este mítico jugador consiguió, aprovechando el desconcierto del capitán al ver que a su lado trotaba un tipo idéntico a él y la consiguiente relajación de su esfínter por la sorpresa, marcarle un increíble sgrruglurrus.

Ni que decir tiene que introducir todo el miscrabio en el capitán daba la victoria independientemente del tanteo que luciese el marcador en ese momento.

Un sgrruglurrus es, como ya habrán adivinado, nuestro equivalente a su famoso gol.  Naturalmente nuestra escritura no utiliza ninguna de las grafías usadas en el planeta Tierra, pero si pronuncian sgrruglurrus como si aspirasen por una pajita el final de un refresco, leyesen un tuit de D’Alessandro o sorbiesen rápidamente un helado que se les está derritiendo en las manos, tendrán una ligera idea de cómo suena en nuestro idioma su gol.

Un sgrruglurrus es, como ya habrán adivinado, nuestro equivalente a su gol

Llevo en la Tierra cien años de su era. Es el tiempo estimado que dedicamos a realizar un exhaustivo informe y concluir si un planeta merece ser colonizado o no. Dentro de unas pocas semanas tendré que dar el veredicto a mis superiores y volveré a mi hogar. No seré el único en hacerlo. Otros seis rascaluyenses harán lo mismo. Si la decisión final es colonizarlos no se preocupen, no sufrirán ningún daño, simplemente ocuparemos sus mentes y viviremos sin apenas inmiscuirnos en sus triviales asuntos.

Nosotros hace muchos millones de años que abandonamos la esclavitud de tener que vivir en un cuerpo. Somos nómadas. Vamos de aquí para allá aunque la mayor parte del tiempo vivimos en nuestro planeta. Ocupamos cuerpos como otros ocupan apartamentos vacacionales. Nuestro viaje astral lo realizamos con la mente. No necesitamos más. Ni platillos volantes, ni naves del misterio, ni zarandajas de ese tipo. Eso son inventos bien condimentados por Iker Jiménez, uno de nuestros más ilustres infiltrados.

La velocidad de la luz la dejamos atrás hace años y realizamos nuestros viajes por el espacio con el pensamiento. La tierra está a cuatro ideas, un propósito y dos bosquejos de nuestro planeta. Si lo piensan bien somos casi vecinos.

En su planeta podemos permanecer vigilantes, en un estado de perpetua reflexión por encima de sus cabezas, o actuar y ocupar sus cuerpos a nuestro antojo. Yo he probado los dos estados y prefiero permanecer ajeno a sus quehaceres. Es menos cansado. Son ustedes hiperactivos. Puede que eso compute a su favor para no colonizarles.

En el informe que he preparado para mis jefes analizo toda su existencia: fauna, flora, ciencia, amor, sexualidad, reproducción, guerra, política, cultura, deporte…En el fondo somos muy parecidos. Lo único que les falta es eliminar el hambre y las guerras. A nosotros nos costó miles de años darnos cuentas de nuestra estupidez pero desde que lo conseguimos nos reproducimos más placenteramente y hacemos mucho más turismo.

Mi estancia en la Tierra ha sido relativamente agradable. He ido confeccionando mi informe y he tenido tiempo para ir conociéndolos poco a poco. Todo iba bien, sin ninguna incidencia razonable, hasta que llegué al deporte y ahí me encontré con el fútbol. ¡Ah! el fútbol. Confieso que hasta mediados del siglo XX no le hice mucho caso, pero en cuanto empecé a estudiarlo me di cuenta de que ese rudimentario deporte era diferente a todo lo demás. Ahí no existe ninguna racionalidad. El fútbol no sigue ningún patrón conocido en su planeta. Nuestro antiguo fútbol era algo totalmente diferente, es más, después de visitar unos doce sistemas solares y ver cientos de deportes parecidos, puedo asegurarles que no he visto nada igual a lo que sucede en este  juego. El fútbol es ridículo. Es un deporte sin pies ni cabeza. Pongamos por caso el Real Madrid, uno de los equipos más importantes del mundo. Sus aficionados son capaces de pasar en una semana del optimismo al pesimismo más absoluto. Son irracionales. Hace unos días jugó con el Deportivo de La Coruña y hasta el cero a dos aseguraban que era el mejor partido de la historia del Madrid, con el uno a dos daban la Liga por perdida y con el dos a seis se emborrachaban con alcohol. Es incomprensible. Es una actividad en la que no rigen los parámetros que rigen en el resto de las actividades humanas. Es, permítanme utilizar una expresión suya muy adecuada para estos casos, un sindiós. Y lo dice alguien que admira su religiosidad pero vive en un planeta sin ningún tipo de deidad. El fútbol es una especie de tobogán que soy incapaz de entender. Tienen un montón de jugadores maravillosos y andan a la gresca (esta expresión terrícola me encanta) discutiendo si hay que jugar con el equipo A, con el B o con no sé qué gilipolleces (esta también).

Puedo asegurarles, y aquí tendrán que fiarse de mi profesionalidad, que no conozco ninguna actividad más inútil y estúpida que esta, aunque si les soy sincero, les confieso, que a mí, poco a poco, sin que supiese muy bien el porqué, esto del Madrid me ha ido enganchando. No lo vivo como lo viven ustedes, no se engañen. Yo soy completamente racional y mis emociones son tan matemáticas como su arcaico número Pi. Es simplemente que veo jugar al Real Madrid y noto cierto cosquilleo occipital que me agrada. Una especie de gustirrinín en mi sistema límbico que impide, a pesar de que lo intento, que pueda concentrarme en cualquier otro de mis cometidos. Me avergüenzo un poco ya que en mis informes he tenido que ocultar estas desviaciones, pero suceden, vaya si suceden, sin ir más lejos, cada vez que empieza un partido no puedo evitar meterme en la mente de un tal Fred Gwynne y sufrir como el que más. El tipo se pasa el partido cambiándose de camisetas y calzoncillos pero cada vez que el Madrid mete un gol genera tal cantidad de endorfinas que entre los dos seríamos capaces de amar a toda la humanidad.

Hasta los años cincuenta yo no entendía mucho de este deporte. Sabía que existía una gran afición pero estaba muy ocupado intentando comprender la filosofía y las diferentes religiones. Recuerdo que estaba enfrascado entre la Santísima Trinidad y una teoría presocrática cuando vi por primera vez a la persona que iba a cambiar mi vida. Y ahí sí, ahí todo cambió. ¡Qué cojones! ¡Lo confieso! ¡Tengo que confesar! Yo vi a Di Stéfano y me hice Madridista. No puedo seguir ocultando lo que soy. Soy Madridista. Extraterreste, sí, a mucha honra, pero del Madrid. Del mejor equipo del mundo. Y de la galaxia.

Yo vi a Di Stéfano y me hice madridista

Di Stéfano, Puskas, Gento, Kopa, Rial… ¡Esos sí! ¡Esos cambiaron mi vida! Yo era un marciano del montón, un pringao, alguien que se pasaba la vida haciendo estúpidos informes y recorriendo planetas llenos de seres imbéciles, cuando conocí al Real Madrid, cuando encontré algo que me dio la vida, que me hizo sentir, saltar, abrazar, tener otra vez cuerpo y alma. Estoy harto de fingir, de ser un extraterrestre formal, cabal, de rellenar miles y miles de estúpidos formularios.

Y ahora me importa una mierda el informe, y mi mundo, y la colonización, y todas esas idioteces. Ahora lo único que me importa es ganar este año la Liga y la Champions. Y en cuanto las ganemos pediré a mis jefes una excedencia de cien años para ver como el Real Madrid se convierte en el mejor club de su Siglo XXI.

Quiero ir a Cibeles y mezclarme con todos ustedes, con sus mentes, con sus cuerpos, y llorar de alegría, y reír y gritar, gritar bien alto, hasta que todas las galaxias se enteren de quién es el mejor equipo del mundo. Gritar hasta los más lejanos confines del universo:

¡HALA MADRID!