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El dorsal que nunca escogimos

El dorsal que nunca escogimos

Escrito por: Carlos Mayoral10 enero, 2016
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Zidane aterrizó en España cuando todo lo que aterrizaba en mi vida iba acompañado de una halo de misterio. Yo acababa de cumplir mis catorce primeros años, y por aquel entonces nos agarrábamos a todo como el que se agarra a una última oportunidad, desconociendo que a esas alturas si algo sobra son oportunidades. Pero aterrizó como un Bradomín de guante blanco, luciendo traje y corbata negros, la mirada de Bruto hundiendo la hoja.

Le colocaron el cinco a la espalda, el número que nadie quería cuando elegíamos dorsal en el barrio. Confesaré que nunca creí las cosas que de él contaban. Decían que su elegancia en el campo era inigualable, pero nosotros habíamos aprendido que un tipo que rozaba el metro noventa no tenía derecho a ser elegante en esto del fútbol. También decían que era un ganador, pero habíamos crecido al amparo de la Séptima de Ámsterdam y allí pudimos verle agachar el rostro, derrotado, gritando mudamente como Michael Corleone en la última escena de "El Padrino".

Así que no era de extrañar que Zidane fuera pitado en sus primeras apariciones por el templo blanco. Porque el público del Bernabéu tiene catorce años para siempre, y se agarra a todo jugador madridista que pisa ese pasto como el que se agarra a una última oportunidad. El público del Bernabéu no silbaba a Zidane, silbaba a las expectativas que él mismo había colocado sobre Zidane.

Por eso, cuando el cinco (ya empezábamos a elegir este dorsal de vez en cuando) explotó, lo que más nos llamó la atención fue que lo hizo destrozando las mismas expectativas que silbábamos meses atrás. Por eso los pitos hicieron grande a ZZ, porque alguien que ve colmadas las expectativas que poco antes ni siquiera rozaba tiende a convertir al protagonista en leyenda.

zidane numero 5

Recuerdo perfectamente el momento en el que tiró la puerta abajo. Era una noche fría, no recuerdo el mes. El Dépor había llegado a Madrid como el casero que llega dispuesto a cobrarse los meses de retraso. Zidane recogió un balón dentro del área y bailó el "Juego de Dados" de Mozart mientras encañonaba a Mauro Silva: "Anda, alégrame el día", y sonó click al amartillar el arma. La bala se incrustó en la portería gallega, en el currículum del galo y en el entrecejo de todo el madridismo.

Zidane ya había convencido a la parroquia, había superado las expectativas más altas y había justificado el precio más caro pagado jamás por un jugador. Así llegó Glasgow. Al ver cómo el balón de Roberto Carlos se elevaba hasta bajar con nieve, nadie podía decirnos que, al pestañear, todo cambiaría. El gol traspasó todas las fronteras que el ego madridista, ya de por sí ambicioso, había soñado traspasar.

La volea de Zidane acarició la escuadra del Leverkusen mientras nosotros acariciábamos su leyenda recién nacida como, volviendo a "El Padrino", Marlon Brando acariciaba a su gato sabiendo que cuanta más ternura exhibiese más achantaría a sus rivales. Estoy seguro de que los niños del futuro verán ese gol una y otra vez, incluso sin saber quién lo marcó, como la mayoría de la gente no sabe que Bob Dylan escribió gran parte de la música que hoy escuchamos.

Recuerdo que, en cierta ocasión, un periodista le preguntó a Thuram, central titular con la Selección de Francia, quién debía ganar el Balón de Oro de aquel año.

-Si el Balón de Oro es para el mejor, que le devuelvan a Zidane los diez últimos- contestó.

Se marchó un día caluroso de junio. Nos engañó llorando en la despedida, como en un último intento de hacernos creer que era mortal cuando, a esas alturas, ya todos sabíamos que había cruzado el Olimpo. Aquel año funesto, ya todos los chavales del barrio seleccionaban el 5 de Zidane cuando de elegir dorsal se trataba.

Han pasado innumerables siglos y algún cabezazo desde entonces. Recurrimos a él como el pagano que se agarra a Dios en un último intento de salvarse, corrompido y aligerado como "Nucky" Thompson apurando la última copa de alcohol de contrabando. Las expectativas son más altas aún que en su etapa de jugador, pero ya saben a lo que tiende aquel que ve colmada su expectativa.

PD: Charlando con @fantantonio sobre su último y maravilloso artículo dedicado a Zidane, él me comentó lo siguiente: "Estamos cortados por ese patrón, los que éramos adolescentes cuando fichó ZZ. Aquel Madrid condicionará siempre nuestra visión del club y del fútbol. No podemos despojarnos de esa memoria". Qué gran verdad. Viviremos para siempre con ese estigma, como el dandy que ya no intenta conquistar a nadie porque no cree en sus michelines. Y por esto, Zidane, siempre te adoraremos.

Madrileño y madridista. Filólogo en mi tiempo libre.