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Doctor Luis Enrique o Míster Lucho

Doctor Luis Enrique o Míster Lucho

Escrito por: Athos Dumas12 septiembre, 2018
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No es una temeridad afirmar que Luis Enrique Martínez es profundamente antimadridista. Lo ha declarado él mismo en diversas ocasiones: “Me veo en cromos y en televisión y me siento extraño vestido de blanco". También dijo, por ejemplo, que "en el Bernabéu es donde más orgulloso me siento de ser culé”. O aquello de “la época del Real Madrid no me trae buenos recuerdos”. Pueden ustedes bucear por la red y encontrarán sin mucho esfuerzo varias sentencias por el estilo como la de “el 2-6 en el Bernabéu fue un orgasmo futbolístico". No voy a seguir porque estoy enfermando por momentos...

Sin embargo, si nos remontamos al verano de 1991, concretamente al 3 de julio de aquel año, en la portada de Marca lucía Luis Enrique Martínez una sonrisa de oreja a oreja y proclamando, radiante de felicidad, “estoy en una nube”, posando por primera vez con la elástica del Real Madrid (la mítica camiseta de Otaysa, nada menos), y declarando, también, lo siguiente: “Todavía no llego a creerme que soy jugador del Real Madrid”.

213 partidos jugó de blanco (aunque se sienta extraño verse de esta guisa en los cromos) y marcó 18 goles en cinco temporadas. Jugando como madridista en la selección española actuó 28 veces (fue titular en el Mundial 1994 por ejemplo), anotando 5 dianas. Todo madridista recuerda que en aquella fría noche de enero de 1995, en la que Luis Enrique anotó el cuarto tanto de la célebre manita al Barça de Romario, y por su forma de celebrar el gol como un auténtico poseso, francamente, a mí no me pareció que se sintiera extraño vestido de blanco y celebrando lo que estaba siendo un enorme “tantarantán” al célebre Dream Team de Johan Cruyff.

Algo muy muy grave sucedió a finales de ese mismo año 1995, el año en el que en noviembre dimitió Ramón Mendoza y fue sustituido por su entonces vicepresidente Lorenzo Sanz. Al asturiano Luis Enrique, que por entonces seguía siendo titular muy a menudo, aunque jugando a veces en puestos en los que no se sentía particularmente cómodo (lateral derecho, volante derecho), le finalizaba su contrato en junio de 1996, y ni Mendoza, ni Sanz, vieron como estrategia prioritaria la renovación del guaje.
Ya en 1996, cuando el jugador podía negociar abiertamente con otro club, sucedió el célebre episodio de su revisión médica por el Barcelona, y el Madrid, que se estaba desangrando con la decadencia de la Quinta del Buitre, y a los mandos, por decir algo, del veterano Arsenio Iglesias (sustituyó a Valdano tras el Guilhermazo del Rayo en el Bernabéu), dio definitivamente la espalda a Luis Enrique, que terminó por desaparecer de las alineaciones.

Conozco personalmente a unos cuantos componentes de la plantilla de aquel año y, aparte de la buena relación que tenían con el gijonés (con alguna excepción conocida como la de Quique Sánchez Flores), el que más y el que menos hablaba de su cariño por el Madrid en aquellos años. De su madridismo, en definitiva. Y no, no me he vuelto loco. Este señor llegó a ser madridista, créanlo.

Han pasado 22 años desde su partida de la Casa Blanca y nadie, repito, nadie en su sano juicio puede decir hoy en día que a Luis Enrique le queda algún poso de aquel madridismo que, obviamente, caló en él (en mayor o menor medida) durante cinco temporadas en Concha Espina.

Indudablemente, las ocho campañas que estuvo en el FC Barcelona como jugador, más sus etapas como entrenador (tres años con el Barça B, una de ellas en Segunda A, más otros tres años en el primer equipo), hicieron mella notablemente en él, exacerbando año tras año un profundo resentimiento hacia todo lo blanco, acompasado con gestos impresentables y desplantes varios (en especial en el estadio Bernabéu), y con una batería de declaraciones profusamente agrias y revanchistas.

Sería absurdo, además de osado, decir ahora, tras sus primeros pasos como seleccionador nacional, que Luis Enrique ya no es antimadridista. Es muy difícil que ese resentimiento, que fue alimentando durante tanto tiempo, se vaya a disolver por arte de magia en unas pocas semanas o acaso meses. Pero sí que me atrevería a afirmar que, una vez que Lucho (porque Luis Enrique se transformó en Lucho en Barcelona a finales de los 90, nadie lo llamaba así en el Madrid) se ha ido alejando poco a poco de ese venenoso foco de aquelarres antimadridistas que supone convivir en las cercanías de los medios deportivos y genuflexos de la Ciudad Condal, aquellos de pensamiento único y permanentemente obsesionados con el Madrid (esa obsesión enfermiza y endogámica capaz de corroer a los seres humanos como aquél inspector Javert de “Los miserables” de Víctor Hugo que estaba perturbado de tanto perseguir al buen ciudadano rehabilitado Jean Valjean).

sería absurdo decir que luis enrique ya no es antimadridista

Una vez, repito, que el de Gijón se ha alejado algo de esas nefastas compañías y de ese entorno nauseabundo, puede que haya esperanza: no que se vaya a convertir próximamente en un neomadridista, ni mucho menos (tampoco necesitamos eso). Pero sí que al menos su presencia delante de los medios sea más o menos aceptable y que se convierta en un entrenador algo respetuoso con nuestro club favorito, con su capitán (ahora que parece que están en pleno periodo de enamoramiento), con sus jugadores. Que los llame y que los alinee con la convicción de que eso es lo mejor para la selección, no para ningunearlos en el banquillo ni para machacarlos haciéndoles jugar minutos prescindibles.

Yo, sinceramente, aún no me fío de él. 22 años de resentimiento cercano al odio son muchos años. Mientras tanto, reconozcamos sin tapujos que sus dos primeros partidos como seleccionador han resultado impecables. Su decidida apuesta por hombres como Nacho, Saúl, Rodrigo y Asensio han culminado en una enorme exhibición (6-0) ante Croacia.

Esperemos que, cuando haya reveses (o algún tropiezo), el Doctor Luis Enrique no vuelva a transformarse en un agrio y desagradable Míster Lucho. Que los aires serranos de Las Rozas le sienten bien.