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Desclasificación del Clásico

Desclasificación del Clásico

Escrito por: Julia Pagano1 diciembre, 2019
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Por fin los dueños de La Liga se dignaron a poner fecha al partido más importante del año y así quedó, casi cayéndose del calendario, a punto de naufragar en mares de sidra y acantilados de turrones navideños. Que si tardaban un poco más, el pitazo inicial iba a sonar apenas el árbitro designado acabase de tragar la última de sus doce uvas, como parte de la banda sonora para recibir el año nuevo.

Con todo, ahora me salta el resquemor de si acaso, de tanto demorar, no se habrán anticipado demasiado. ¿Quién garantiza que en las semanas que median hasta el 18D no se suscite otro ‘estado de excepción’ de cualquier índole que imponga un nuevo aplazamiento?

En esta sucesión de incompetencias, la verdadera competencia fue quedando tantas veces relegada, que a estas alturas daría la impresión de que el trámite estaba más dispuesto a priorizar el encadenamiento de las reprogramaciones que a terminar de una vez por todas con ese juego que aún nunca ha podido dar inicio.

Una de las paradojas más interesantes que nos ofrece este berenjenal es que quien haya encabezado esta suerte de campaña de sabotaje por dilación, sea un sujeto cuyo apellido coincide con el nombre de la capital del antiguo imperio egipcio y de la homónima griega, cuna de Cadmo, Edipo y Dioniso.

Pero, aunque sé que vendrán a por mí, reconozco que en ésta estoy con Tebas. Cuanto más se posponga el cotejo mejor, y mejor aun que no se juegue nunca más; ni en Liga, ni en Copa del Rey, ni amistoso, ni a beneficio, ni en Fantasy ni en la play. Y sobre todo que dejen de llamarlo ‘clásico’ de una maldita vez.

Nada más renegado con el espíritu clásico que pretender alinear en una sola categoría dos elementos de signo opuesto, incompatibles entre sí, que se repelen mutuamente de manera tan ostensible. ¿A qué criterio escarpado se le pudo ocurrir que el Real Madrid y el Barcelona pueden medirse sobre un mismo terreno como si de pares se tratara? Una equiparación tan forzada como enlazar en la misma estrofa los homéricos ‘Canta, oh diosa, la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo’ con ese ‘¿Cómo te llamas, baby?/ Desde que te vi supe que eras pa' mí’ que viene copando las listas de reproducción y los estímulos reproductivos de media humanidad.

Observemos, si no, en qué reside el concepto de lo clásico desde lo más elemental. La entrada correspondiente en el DLE nos aporta una decena de acepciones, ninguna asimilable ni por aproximación con los ingredientes que han constituido históricamente los duelos entre merengues y culés; pero a efectos de no abusar de la paciencia del lector, me quedo sólo con tres suficientes para demostrar la impropiedad del mote instituido por fuerza de una equívoca tradición:

  1. adj. Dicho de un período de tiempo: De mayor plenitud de una cultura, de una civilización, de una manifestación artística o cultural, etc.
  1. adj. Dicho de un autor o de una obra: Que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia. U. t. c. s. m.
  1. adj. Dicho de la música y de otras artes relacionadas con ella: De tradición culta.

Si bien las esferas deportivas quedan al margen de las definiciones del diccionario (es sabido que en la RAE el fútbol no goza de mucho favor), basta inclinar un poco la metáfora para caer en la cuenta de que ningún Real-Barça se podría considerar como exponente de valores supremos, ni expresión suprema de la cultura, ni modelo a imitar por nada ni nadie.

Entre la colección de proyectiles lanzados al campo de juego, los actos de violencia dentro y fuera del campo de juego, los arbitrariedades arbitrales, los insultos racistas, las pancartas, banderas y listones exhibidos en tribunas y banquillos, las proclamas, las protestas y las provocaciones de los listillos de turno y el manoseo perpetuo de la prensa registrados a lo largo de décadas, malo sería componer un manual de estilo o comportamiento con bases académicas.

Tampoco parece un objeto de emulación muy sólido, un evento que ha demostrado ser susceptible de toda clase de modificaciones ante la menor susceptibilidad expuesta o sospechada. Si de estos organizadores dependiese, el caballo nunca habría traspuesto los muros de Troya.

  • Quita eso de ahí inmediatamente, o es que quieres que nos caigan encima esos que van contra el maltrato animal.
  • Pero si es de madera…
  • Tanto peor, que últimamente andan alborotados unos que se oponen a la tala de árboles. Vaya a saber cuántos cientos de pinos han bajado para fabricar ese armatoste.

La maga Circe no hubiera corrido mejor suerte.

  • ¿De dónde has sacado todos esos cerdos, mujer? ¿No ves que con semejante profusión de suinos vas a ofender a los amigos musulmanes? ¿Qué necesidad de llenar un capítulo con animales impuros? ¿Por qué, mejor no dejas en paz a esos argonautas o los conviertes en conejos o canarios o, mejor, en algún bicho fantástico tipo pokemones o unicornios que son más decorativos y le caen bien a todo el mundo?

Está visto que el que llama ‘clásico’ a cualquier cosa no tiene pálida idea de lo que son los clásicos. Una de las tantas consecuencias imprevistas de la decadencia de los estándares educativos y el progresivo abandono de los hábitos de lectura, quizás…

Algo de ello se habría olido Ítalo Calvino cuando reunió catorce escritos suyos en un librito que se ha vuelto de culto titulado ‘¿Por qué leer los clásicos?’; y que resulta oportuno traerlo ahora a colación pues desde el prólogo nos proporciona una serie de claves infalibles para identificar un clásico, algunas de las cuales vienen muy a propósito de la tarea de refutación que me he propuesto

VIII. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.

XIII. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.

XIV. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.

 Mientras tanto, el pretendido clásico del fútbol español levanta mucha, muchísima polvareda cada vez que ha de jugarse, que no pocas veces se ha confundido con densas nubes de humo que todo los envuelven; pero cuando se disipan las nieblas, lo que nos va dejando es mucho ruido y pocas nueces, y de las nueces, sólo las cáscaras.

Pues en todo caso de eso se trata, de un clásico de mampostería, como esos partenoncitos de papel maché que colocan encima de los escaparates de las tiendas de rebajas, o las columnatas jónicas de escayola pintada de verde que ha puesto mi vecina en el balcón sin otra pretensión ‘clásica’ que sostener un par de geranios.